Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
Domingo

Cuando las democracias padecen de ceguera

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 13-11-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
Más noticias que te pueden interesar

El ascenso de Donald Trump a la presidencia del país más poderoso del mundo confirma que vivimos en un mundo cuya irracionalidad es tan pronunciada que las metáforas médicas pueden ayudar a comprenderla. Es razonable, por tanto, que el autor británico-hindú Raj Patel, plantee en su libro Cuando nada vale nada: Cómo reformar la sociedad de mercado y redefinir la democracia, que la tendencia a contemplar el mundo con base en la ideología del libre mercado se puede equiparar al síndrome de Anton-Babinski.

Esta dolencia se caracteriza porque los afectados pierden la visión, aun cuando crean fervientemente que son capaces de ver. Ante la evidencia de su ceguera –por ejemplo, los múltiples tropezones en la vida diaria– los que sufren esta rara condición acuden a fantasiosas “explicaciones”. De hecho, lo que permite diagnosticar este problema son las historias increíbles que los afectados cuentan para explicar sus accidentes.

Siguiendo esta analogía, se puede decir que la creencia de que el mundo responde a la lógica del “libre mercado” ha repercutido en una particular ceguera política causante del progresivo deterioro de la democracia. De este modo, una sociedad que pensaba que sus fallas estructurales podían ser desactivadas mediante medidas políticamente correctas, sociales, se encuentra de repente con que un outsider, que exhibe impúdicamente su xenofobia y sexismo, es capaz de capitalizar el descontento de una sociedad progresivamente marcada por la desigualdad y la precariedad.

Parte del problema radica en que, desde hace al menos 40 años, la democracia liberal se ha mostrado incapaz de comprender los signos del abismo generado por la incompatibilidad entre la lógica mercadocrática y los valores promocionados por sus cartas constitucionales.  Se ha promovido un sentido de libertad que hace caso omiso de otros valores. Una visión del mundo basada en el ejercicio irresponsable del poder solo se da en una sociedad que padece de ceguera moral. El hecho de que la sociedad norteamericana haya optado por un discurso explícito de odio, ya es una señal de la desesperación que ha penetrado sus tejidos sociales más profundos.

La democracia, entonces, no es un asunto numérico, de mayorías, de mercadeo político. Menos aun cuando se carece de ideas, de proyectos. No hace mucho, la filósofa española María Zambrano hacia ver que: “Si se hubiera de definir la democracia podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no solo es permitido, sino exigido, el ser persona”.

Se sigue que la democracia no puede ser solo la expresión de una voluntad mayoritaria, expresada en procesos electorales: la democracia genuina, la substantiva, supone la aceptación del otro, la comprensión del sufrimiento. Este modo de convivencia solo adquiere razón de ser cuando se moviliza en un proyecto común de promoción de la dignidad colectiva. Una democracia es ilegítima en la medida en que niega sus condiciones de posibilidad.

Así, la democracia comporta al menos dos dimensiones: la expresión de la autodeterminación y contenidos substantivos que expresan la conciencia ética de la humanidad. Inclusive, la expresión de la voluntad se subordina a sus fines substantivos. Para decirlo en términos cercanos a Levinas, la democracia verdadera sería una interrupción ética de la sociedad alienada, una sociedad que renuncia a reconocerse en sus insuficiencias.

La problemática, pues, radica en el adelgazamiento axiológico de la democracia. Por mucho que haya sido apoyada por destacados pensadores, este modelo político no puede limitarse a ser un método de selección de gobernantes. La lógica del supermercado no puede gobernar la política por la sencilla razón de que tenemos que pasar por la política para legitimar las estructuras económicas. El mercado no es “natural”, precisa de procesos políticos y culturales.

Los fenómenos políticos que ahora nos angustian surgen, pues, cuando la desigualdad desactiva las capacidades reflexivas de la sociedad. No se pueden crear acuerdos políticos funcionales en medio de la desconfianza, la demonización del otro, el odio. Sin un sentido compartido de futuro, sin ideas, no queda más que el enfrentamiento, el odio. Las actitudes agresivas de Trump hacen recordar lo que decía José Ortega y Gasset en El hombre y la gente que “cuando los hombres no tienen nada claro que decir sobre una cosa, en vez de callarse suelen hacer lo contrario: dicen, en superlativo, esto es, gritan”.

La pregunta que debemos plantearnos es cuánta ignominia puede sufrir colectivamente una sociedad, aun cuando sea responsable de sus males. En un contexto de marcado divisionismo lo que se esboza es un periodo de lucha profunda. ¿Puede una sociedad en crisis perder la cualidad distintiva que Aristóteles atribuía al ser humano, esto es, la capacidad de “poseer de modo exclusivo, el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto”?

Para América Latina, la región que contribuyó con su sangre a la modernidad europea, la crisis de las democracias liberales plantea una oportunidad para recuperar perspectivas que, a no dudarlo, no deben ignorar el legado de la humanidad sufriente. Nuestras decisiones políticas fundamentales no pueden ser simple “reacción” ante los sobresaltos que pueda generar una política ciega. Hoy más que nunca es necesario defender nuestros modelos civilizatorios, especialmente aquellos que albergan el sentido necesario de comunidad que ha perdido la cultura occidental.

Etiquetas: