Jueves 21 DE Febrero DE 2019
Domingo

El individualismo neoliberal y la “naturaleza humana”

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 30-10-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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Al menos desde el historiador griego Tucídides, las reflexiones sobre la naturaleza humana parecen confirmar la tesis de que el ser humano tiene en poca estima la ley y la justicia cuando se trata de conservar y aumentar el poder. Dicho postulado, de hecho, juega un papel importante en la hipótesis del contrato social, formulada precisamente por uno de los traductores de Tucídides, Thomas Hobbes. Dicho contrato, en efecto, se constituye, en la opinión de Marco Revelli, en el “paradigma político de la modernidad”. En la opinión del autor italiano, es revelador que la figura demoniaca del Leviatán asume que el mal figure como “condición primera y esencial de lo político, como su presupuesto constitutivo”.

Para situar en perspectiva las enseñanzas de Tucídides, se debe recordar que el pesimismo filosófico suele agudizarse en épocas de crisis. De hecho, la guerra del Peloponeso, narrada por Tucídides, es parte fundamental del turbulento marco en que se desarrollan las ideas de Sócrates, Platón y Aristóteles; ese esfuerzo desemboca en ideas –siempre cuestionables, siempre mejorables– por las que iban a transitar las sociedades posteriores. Estos pensadores clásicos tratan de comprender las causas de la corrupción que socavaba la sociedad ateniense de su tiempo; su reflexión proyecta enseñanzas válidas hasta nuestros tiempos. En esta dirección, la tesis de la maldad intrínseca del ser humano no debe eclipsar la verdad de que libertad constitutiva de este lo hace capaz de elevarse a la altura de los dioses y degradarse al nivel de las bestias.

La visión negativa de la naturaleza humana se acrecienta en épocas de crisis porque en estos periodos se agotan los referentes espirituales que le otorgan significado a la vida. Este fenómeno se evidencia con más fuerza cuando el poder se expresa en el dinero, el cual es, en las palabras de José Ortega y Gasset, “el único poder social que al ser reconocido nos asquea”. Para el filósofo vitalista, “el dinero no manda más que cuando no hay otro principio que mande”.

La situación es tal que, en un libro reciente, el filósofo español Luis Sáez Rueda sostiene que la civilización occidental se encuentra en su ocaso; esta crisis “no es meramente económica e ideológica, sino que se funda en el desfallecimiento de su subsuelo cultural en profundidad: es una crisis de espíritu”. Este diagnóstico sugiere que no podrán identificarse nuevos paradigmas sociales y económicos si no se identifican bases espirituales que fomenten un nuevo sentido de misión para una sociedad que ha perdido horizontes globales de futuro.

¿Cómo puede, por ejemplo, enfrentarse la amenaza del cambio climático siguiendo la tesis de que la inmensa complejidad de la vida humana se reduce a la necesidad de incrementar la ganancia? La creencia de que la conducta humana debe ser interpretada, como se ha esgrimido desde la obra de Gary Becker, en términos económicos, es un error gigantesco que solo puede tomarse en serio en una época marcada por una desigualdad tan irracional.

Desde luego, en la sociedad generada por el capitalismo globalizado, esa lógica reductiva adquiere su “racionalidad” –precaria, si se quiere, pero funcional para una sociedad repleta de sujetos despotizados, incapaces de reconocer la alienación que distorsiona su espíritu. La miseria espiritual consiste simplemente en renunciar a vivir una vida auténticamente humana.

Con base en lo anterior, puede lanzarse la hipótesis de que la aberrante lógica del neoliberalismo –familia de doctrinas cuyo aparato conceptual se reduce a defender los intereses de la plutocracia global– depende de una visión limitada del ser humano. Es revelador que este esfuerzo “teórico” sea útil para cuestionar las dimensiones utópicas del pensamiento humanista, así como para promover la idea de que las inclinaciones negativas de la humanidad pueden garantizar, a la larga, el progreso de esta.

En este sentido, la presente época despliega una refutación histórica de la supuesta necesidad de instrumentalizar las motivaciones egoístas del ser humano
–presupuestas por el proyecto de Hobbes y postulado sagrado del irracionalismo neoliberal– para buscar un “progreso” que oculta la cuenta de las pérdidas.

Se puede concluir, pues, en que los esfuerzos por construir la sociedad justa suelan naufragar no constituyen argumento definitivo en contra de la idea de justicia. ¿Acaso la inminencia radical de la muerte lleva a renunciar a la vida? En medio de la lucha contra la muerte, la vida adquiere su razón de ser, su hermosura, y últimamente su sentido. La resistencia y la esperanza es un dato antropológico que muestra las dimensiones afirmativas de la dignidad humana.

Al final de El reino de este mundo, obra del cubano Alejo Carpentier, a Ti Noel, testigo de la terrible experiencia de la revolución haitiana, se le hace evidente que la “grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es”, aun cuando la felicidad que el humano ansía siempre está “situada más allá de la porción que le es otorgada”. En tanto terrenal, el ser humano no puede vivir en “el Reino de los cielos” en el que “no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite”.

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