Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Domingo

La Revolución de Octubre y el Estado democrático

Edelberto Torres-Rivas

Fecha de publicación: 23-10-16
Ilustración jorge de león > El periódico
Más noticias que te pueden interesar

La Revolución de Octubre, de la que celebramos ahora sus 72 años de aniversario, se orientó por fundar en el país un Estado democrático. Tal era la fuerza del movimiento, que no vaciló el voto ciudadano en aprobar una Constitución, elegir por vez primera a dos presidentes, crear el pleno reconocimiento para los partidos políticos y las elecciones, y asegurar la libre expresión oral o escrita de todos los ciudadanos. Tres generaciones después, hoy día, estamos luchando de nuevo por tener un Estado democrático y por ello se evoca con emoción aquellos momentos.

Es frecuente hablar de democracia como un ideal político y con la libertad que da el vuelo del pensamiento, imaginar el régimen perfecto, el poder sin fallas, la utopía de la ciudad feliz. En el interior de un proyecto práctico siempre es bueno que haya un ideal. Ahora en este 2016 ya tenemos que saber que frente a los terribles años de dictaduras queremos un Estado democrático, ya no más violencia estatal contra los ciudadanos, irrespeto a los Derechos Humanos e incapacidad para gobernar. Hemos experimentado gobiernos militares ilegales desde hace más de 80 años, una época en que el desarrollo social ya permitía el ejercicio de la libertad política. Cuando los ejercicios democráticos ya se implantaban en numerosos países de América Latina.

Una nueva época tiene que consolidarse: queremos ya un Estado democrático, es decir un poder que pueda distribuir el bienestar en provecho de todos y buscar la igualdad ciudadana. En Guatemala, los regímenes civiles desde 1986 han sido pobremente democráticos y al mismo tiempo incapaces de promover el desarrollo socioeconómico. En más de 30 años –1986/2016– la nación guatemalteca no ha podido alimentar a su población ni educarla. Ni vestirla ni alojarla. En estas tres décadas se mantuvo el analfabetismo, la incapacidad en la atención en salud. Ahora queremos implantar en Guatemala un Estado democrático, y ponerle fin al decadente modelo tipo perezmolina, el paradigma negativo de un gobierno incapaz pero corrupto, pleno de ladrones, pero inútiles.

Ha sido frecuente hablar del Estado autoritario por el carácter despótico que esas estructuras mantuvieron con la sociedad. O, llamarlo Estado oligárquico, para hacer mención a sus estrechos intereses de clase. La confusión culminó cuando se recurría a la figura del Estado fuerte. La literatura de hace tiempo con abundante evidencia identificó al Estado ‘fuerte’ o despótico con el Estado ‘grande’, confundiendo a nuestro juicio la fuerza moral con el tamaño institucional. La fuerza de la que se habla aquí es la fuerza política como expresión de consenso, de unidad política y moral, es decir, legítima. La unanimidad libre de la voluntad ciudadana vuelve el poder homogéneo. Cuando el Estado es legítimo se dice que es capaz de asegurar que se cumpla la ley, que tiene autoridad, comprende la capacidad para hacer cumplir las leyes. Para imponer la autoridad no importa el tamaño en términos del aparato administrativo, pues uno grande puede ser débil y uno pequeño, fuerte. Los diputados del Congreso del país electos todos por sufragio libre y mayoritario tienen poder, tienen fuerza.

La confusión se estableció más frecuentemente en América Latina donde las luchas por imponer la democracia llevadas a cabo por la fuerza bruta, se asoció con la noción de Estado fuerte, confundiéndose debilidad con democracia. Con la utilización del término Estado moderno se combinan los principios de la democracia liberal con la capacidad del poder legítimo de establecer su autoridad en todos aquellos espacios donde el orden y el progreso deben asegurarse. Es esta la versión que calificamos como el Estado Democrático, moderno, que no es grande, pero sí fuerte, que está animado por principios democráticos, pero no es débil. Las fuerzas populares de Guatemala, como las del movimiento ‘Semilla’ en estos momentos, se mueven en torno a los principios del Estado Democrático.

Se viene repitiendo, para aclarar los temas del movimiento, que no es suficiente decir que somos democráticos, y por aparte que buscamos organizar un nuevo Estado. No puede haber democracia sin una estructura de poder que la garantice. No es bueno un Estado que no asegura la igualdad de sus ciudadanos.

La pertinencia de conjuntar lo democrático como ejercicio del Estado fue posible porque ha habido cambios sustanciales en la estructura relacional socioeconómica y política universal, de la América Latina. En Guatemala las profundas huellas de las dictaduras militares no solo crearon condiciones para revalorizar la democracia sino también estimularon nuevas maneras de abordar las relaciones entre Estado y Democracia. No es una batalla radical sino difícil, establecer un Estado fuerte, una democracia fuerte. Como lo quisieron los revolucionarios de octubre, como lo busca la juventud hoy día. En ‘Semilla’ esa es nuestra meta.

Etiquetas: