Martes 13 DE Noviembre DE 2018
Domingo

“Agustito”

Manolo E. Vela Castañeda

manolo.vela@ibero.mx

Fecha de publicación: 16-10-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
Más noticias que te pueden interesar

“–Si el teniente Alejandro de León está en esto, debe ser bueno, porque él solamente en cosas buenas está. Díganle que estoy a sus órdenes y que participo en la rebelión”. Con estas palabras, el subteniente Luis Augusto Turcios Lima selló su adhesión a la rebelión del 13 de noviembre.

Era 1960 y el haber permitido el entrenamiento de mercenarios anticastristas en territorio guatemalteco, la falta de pago a los oficiales, la corrupción en el Gobierno, la escasez de equipo (municiones, botas, uniformes), y las constantes payasadas del presidente, el general Miguel Ydígoras Fuentes, rebasaron los límites y una parte de la oficialidad preparó un plan para derrocarlo. Fracasaron, y en los meses que siguieron, entre 1960 y 1962, algunos oficiales decidieron continuar su lucha y entonces se encontraron con otros, los comunistas, y de esa coincidencia surgió la lucha armada en Guatemala. Lo que sigue es un intento de penetrar en la vida de Agustito, como le llamaba su mamá, cuando este aún no había llegado a ser Turcios, o Herbert, su nombre de guerra.

***

Turcios era el hijo mayor de una madre soltera, católica devota, doña Lilian. Su papá, telegrafista, había muerto cuando él tenía 8 años; un año antes se habían divorciado. Desde entonces, el salario de su mamá, que trabajaba como secretaria de juzgado, debió servir para todo: desde alimentar a los dos hermanos, José y Mélida, hasta pagar la renta de la casa, ubicada en el centro de la Ciudad de Guatemala (avenida Elena y 9a. calle).

En 1956, al terminar el tercer curso (de educación media), Turcios se fue a El Salvador. Su idea era hacerse religioso en la congregación de hermanos maristas. Pero la vida en el seminario no terminó de convencerle.

Fue entonces que, por sí solo, tomó la decisión de entrar a la Escuela Politécnica. Tenía 15 años. A pesar de tener pie plano logró pasar los exámenes –físico, médico, de conocimientos y psicológico–, que tenían lugar en enero, y obtuvo su pase de ingreso. Luis Augusto, el cadete número de antigüedad 1595, fue parte de la promoción 59. En esa promoción coincidieron Héctor Alejandro Gramajo Morales, Subjefe del Estado Mayor de la Defensa durante el régimen de Efraín Ríos Montt (1982-1983) y Ministro de la Defensa (1987-1989); Pablo Nuila, el fundador del curso Kaibil y Jefe del Estado Mayor Presidencial (1984-1985); y Luis Trejo Esquivel, otro miembro de la guerrilla.

Por sus méritos, durante sus tres años como cadete, Turcios alcanzó el grado de Sargento Dragón; un escalón por debajo del Sargento Efectivo y uno más abajo del Sargento Primero (en aquella promoción nadie alcanzó ese grado).

¿Qué circunstancias llevaron a que este niño, a sus 15 años, estudiante del Rafael Aqueche, decidiera, por sí solo, hacerse militar? Más allá de las motivaciones económicas, su esperanza de –con ese salario (el estipendio de Q10 mensuales que le daban a cada cadete desde su admisión)– colaborar con su mamá en la manutención del hogar, había en el joven Turcios, también, convicciones ideológicas: él era –entonces– un anticomunista convencido. Pero ¿de dónde provenían esas ideas? Su mamá, doña Lilian, nunca le sugirió, siquiera, seguir la carrera de las armas. Como buena mamá, supo guardarse las convicciones –negativas– que, sobre los militares, desde ese entonces, tenía.

En 1960, al graduarse, con el grado de subteniente, sus capacidades le valieron ser enviado a hacer el curso Ranger, en Fort Benning, Georgia. En 1960 aquel era el curso más demandante –en términos físicos y psicológicos– del Ejército de Estados Unidos. Allí tuvo que hacer frente a la acrofobia, ese miedo a las alturas que –con decisión– Turcios alcanzó a vencer.

A su regreso, fue nombrado comandante de pelotón de la Zona Militar No. 2, ubicada en Zacapa. Allí vio cómo mientras la tropa comía frijol y arroz, en reducidas cantidades, el oficial al mando se robaba el presupuesto. Mientras Turcios intentaba preparar unidades de combate para la lucha contrasubversiva, la moral y la disciplina de la zona militar estaban por los suelos. Entonces amenazó al comandante con que él iba a ser capaz –con un puñado de hombres– de tomar la guarnición. Y así lo hizo. Una mañana, el comandante despertó con el filo del cuchillo de Turcios en el cuello; y, en calzoncillos, le llevó a ver cómo las postas se habían rendido a la improvisada unidad de asalto, vestidos con pantaloneta y camuflados con lodo.

Después de su preparación para ser oficial, en la Escuela Politécnica, y el curso Ranger, en Estados Unidos, Turcios conoció a fondo –en Zacapa– la condición moral del Ejército al que debía servir. La decepción fue muy grande. Los oficiales de línea, corruptos, haraganes, panzones, bigotudos y borrachos, debían mandar a oficiales jóvenes.

Como castigo, arrestado, Turcios fue enviado a Poptún. En aquella base militar se hallaba preso Carlos Fonseca, quien luego iba a ser el fundador y líder del nicaragüense FSLN, el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Había sido capturado y el dictador, Luis Somoza Debayle, lo envió a Guatemala para que lo mantuvieran lejos. Carlos Fonseca compartió con Turcios las historias de Sandino y su batalla contra los marines, de cómo fue traicionado y asesinado; también le contó de la dictadura de los Somoza. Para que nadie sospechara, las conversaciones entre Turcios y Fonseca tenían lugar mientras ambos corrían en medio de aquel calor abrazador.

Hacia octubre de 1960, ya de regreso en Zacapa, Turcios viajó hacia la Ciudad de Guatemala, pidió permiso para ir a ver a su familia, y allí tomó contacto con sus compañeros de promoción. Ellos le contaron de los preparativos para el alzamiento del 13 de noviembre, pero no lograban convencerlo; hasta que le dijeron que uno de los organizadores era el teniente Alejandro de León Aragón, comandante de pelotón e instructor de Turcios en la Escuela Politécnica, donde por su rectitud, honestidad y empatía, se había ganado la autoridad, el respeto y la admiración entre los jóvenes cadetes. A su pelotón les llamaban los “angelitos”, por la “troza” que desarrollaba: era muy exigente. Lo demás es historia.

***

Para escribir este relato me fue de gran ayuda la entrevista de Lilian Lima, que originalmente fuera publicada en la ‘

Revista D, de Prensa Libre, el 26 de julio de 2009. http://bit.ly/2dZUqLK

Etiquetas: