Lunes 20 DE Mayo DE 2019
Domingo

Sobre médicos, brujos y chamanes

“…  te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo, y donde quiera que se apodera de él, le derriba y le hace echar espumarajos y rechinar los dientes y se queda rígido…, pero si algo puedes, ayúdalo por compasión hacia nosotros. Díjole Jesús: … todo es posible al que cree… (Y Jesús) mandó al espíritu impuro, diciendo “Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él y no vuelvas a entrar en él”.  Marcos 9, 17-27

Fecha de publicación: 18-09-16
fotografia de William Gularte > elPeriódico

POR: José García Noval

El tema de la pertinencia cultural de los servicios de salud, que ha abierto un gran debate en la prensa posteriormente a las declaraciones de la Ministra del ramo, nos enfrenta, en mi opinión, a tres dimensiones de su necesidad. Pero antes que describirlas prefiero exponer ejemplos que nos aproximen a ellas.

Desde la antropología: de la efectividad por sí misma a la efectividad estratégica

Hace ya muchos años (1959), John Guillin publicaba en la sección Algunos aspectos psicológicos, de un volumen del Seminario de Integración Social, el artículo El espanto mágico. Habla de un síndrome conocido como “susto”.  Forma parte de un grupo de minuciosas investigaciones antropológicas realizadas en la comunidad de San Luis Jilotepeque en los años cuarenta. Dice Guillin que este “espanto mágico o susto” es algo más que una mera curiosidad etnológica. Y, en efecto, es mucho más. Describe Guillin la sintomatología de una paciente, el proceso terapéutico por parte del chamán o curandero, en el cual se ponen en evidencia tres mecanismos psiquiátricos conocidos: la catarsis emocional, un proceso de “transferencia” y un espacio de tranquilidad proporcionado por el curandero. Además, contribuye a los fines terapéuticos la organización de un grupo social alrededor de la paciente y la relajación de tensiones intergrupo; finalmente, se obtiene un claro éxito terapéutico. Hay otros datos de interés que el espacio no permite describir, pero tengo que enfatizar el asesoramiento psiquiátrico de Guillin por parte del psiquiatra Otto Billing y de lo que parece su propia incursión en esa disciplina.

El segundo ejemplo corresponde a un excelente artículo del médico pediatra y antropólogo Juan José Hurtado, titulado Algunas ideas para un modelo estructural de las creencias en relación a la enfermedad en el altiplano de Guatemala, publicado por el Instituto Indigenista Nacional el año 1973.  Dice el doctor Hurtado: “Anteriormente no me interesaba en este tipo de información, pero he estado desaprovechando algo que podía ser interesante de analizar con más cuidado… este tipo de información probablemente me permitiría manejar los marcos de referencia que la gente está usando y probablemente ayudará a la comprensión de este tipo de fenómenos”. Posteriormente hace una descripción minuciosa del significado y semiología (como conjunto de síntomas, signos y su utilidad clasificatoria) de algunas enfermedades descritas dentro de la cultura maya.  Me llamó la atención, por su minuciosidad, la descripción de “la mollera caída”, la lógica del tratamiento tradicional y la forma de abordaje del médico occidental, en este caso el pediatra Hurtado, quien se basa en una idea fundamental: “No existe grupo humano que no haya desarrollado un sistema de creencias muy definidas, un sistema lógico y bien estructurado en relación a aquello que causa frustración, tensión y ansiedad”. Adelante añade “…debo interesarme en categorías conceptuales que la gente está empleando y debo tratar de entender cómo están ordenadas…”

Hurtado llega al final de su artículo a exponer los objetivos del interés en la aprehensión de la interculturalidad en el ejercicio médico : a) comprender y mejorar el nivel de comunicación, b) desarrollar formulaciones que nos permitan operar mejor en una cultura que nos es desconocida, c) predecir comportamientos y actitudes frente a diferentes problemas que permitan actuar de manera más dinámica en los problemas de salud de una comunidad y d) el conocimiento del sistema de creencias en relación a salud y enfermedad nos permitirá encontrar puntos de referencia en los que el trabajador de campo pueda anclar sus propios conocimientos.

Lo comprobable por la experiencia, incluyendo la de la ciencia occidental

Únicamente expondré algunos ejemplos relacionados con mi práctica médica e investigativa. Cuando llegué como estudiante externo al San Juan de Dios, me impactó la prontitud con que podían resolverse muchos casos de insuficiencia cardiaca congestiva. La primera aplicación de “digital” y diurético lograban superar los impresionantes cuadros de angustia por la congestión pulmonar. Sin embargo, creo que todos los nuevos externos recordábamos algo muy llamativo de nuestra clase de farmacología de años anteriores: que muchas medicinas que comerciaban en ese entonces las casas farmacéuticas y aplicaban los médicos, tenían antecedentes milenarios de uso popular. Entre ellas era notable el ejemplo de la Digitalis (lanata o purpurea). Antes de su utilización en la llamada medicina occidental había sido utilizada por otras culturas, al parecer desde el siglo X. Años después, en la Escuela de Medicina Tropical de Liverpool escuché a médicos notables, como Ian McGregor, que habían trabajado la malaria en África, hablar sobre recursos de la medicina popular sin las rigideces mentales (la ignorancia no reconocida) de otros médicos. Fue ahí donde escuché por primera vez del Qinghaosu (artemether), el tratamiento natural utilizado en China contra la malaria. El año pasado, Youyou Tu recibió el premio Nobel de Medicina por el desarrollo de artemisina extraída de la Artemisia annua. Posteriormente, durante una investigación sobre taeniosis/cisticercosis, como una observación marginal, pude constatar la eficacia de la semilla de calabaza, utilizada por diversas culturas para el tratamiento del parásito. Todas estas observaciones están inmersas dentro de una experiencia más amplia que el espacio no me permite ahora describir.

El componente universal de lo ético

Un principio básico tanto en la relación médico/paciente como en la de médico/comunidad es el respeto. Se trata de la valoración del otro, por el solo hecho de ser una persona. Este respeto incluye las de otras creencias y culturas. Evidentemente, los límites de ese respeto, individual o colectivo, se trazan donde, en consideraciones de igualdad, el otro violenta nuestra dignidad. La historia y el presente están plagados de la ausencia del respeto a grupos humanos sometidos largamente a exclusión. El sentido del epígrafe bíblico, en este artículo, es el de provocar algunas reflexiones sobre qué tipo de creencias aceptamos y cuáles rechazamos como superstición.  Puedo creer o no en el milagro de Cristo, pero nada me autoriza a menospreciar las creencias de unos a la vez de estar inmerso en otras, cuya categoría es similar, sin entrar en los oscuros terrenos de la incoherencia.

No obstante, es necesario enfatizar que ese respeto, para el trabajador en salud, no significa que deba aceptar como bueno todo lo que dice el paciente o la comunidad, sean estas cristianas, mayas, musulmanas o agnósticas. Desde la perspectiva de su trabajo; lo importante es reconocer la obligación de mantener una actitud de escucha y comunicación adecuada, lo cual contribuye a comprender y aprender de las personas que tenemos frente a nosotros.

En breve, las tres dimensiones que nos indican la necesidad de la pertinencia cultural en los servicios de salud, que extraemos de los ejemplos anteriores, se pueden resumir de la siguiente forma:

1.

Lo que podríamos llamar estratégica o “pragmática”, se refiere a aquella actitud que nos da una mayor oportunidad de ayudar a la persona enferma (que es el objetivo ético fundamental de nuestro trabajo). Por ejemplo, en el caso descrito por Hurtado de la “caída de la mollera” que, a pesar de una construcción lógica del cuadro por parte de las personas de una comunidad, el médico sabe que la conclusión no corresponde a su apreciación y necesita para la curación utilizar otros medios, especialmente la hidratación. En este caso, la actitud de escucha y entendimiento del trabajador de salud permitirá una acción terapéutica más efectiva. Además de que, de entrada, el familiar del paciente le está dando datos semiológicos importantes para su diagnóstico.

2.

Cuando su contenido es comprobable inclusive por los métodos de la ciencia occidental. Un ejemplo es la comprensión del fenómeno subjetivo del “susto” que puede ser resuelto por los propios métodos comunitarios (como lo comprueba Guillin y otros). Pero no solamente los fenómenos psicológicos entran en esta categoría, como ya se ilustró antes. Hay una enorme cantidad de métodos locales que merecerían atención (de hecho, hay muchos casos de tratamientos locales y ancestrales en la lupa de los laboratorios y las universidades).

3.

Por último, el componente universal de lo ético ya mencionado incluye todo lo anterior, lo deontológico (el respeto a la persona) hasta lo teleológico (las consecuencias logradas con ese tipo de actuar).

Finalmente, creo que si nos apoderamos del conocimiento ya desarrollado por la antropología médica, y otras ciencias, desde hace algunas décadas en relación al tema, si tenemos la humildad de eliminar la fantasía de una “cultura superior”, y si tomamos distancia de las imposturas como las ofuscaciones ideológicas que han flotado en el ambiente, seguramente veremos que la propuesta del actual Ministerio de Salud Pública puede ser de una notable ayuda al sistema de salud, incluyendo, por supuesto, el abrir más las posibilidades que la ciencia y técnicas de la medicina occidental permitan, si hay presupuesto que se les destine.