Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Domingo

La patria que murió

César A. García E.

Fecha de publicación: 18-09-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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El cambio de era, está basada en un vertiginoso cambio constante, como forma de vida, nos arrastró hacia situaciones y decadencias insospechadas. Nos acostumbramos –trágicamente– a ver el mal como bien, o al menos a ser indiferentes, ante el retroceso. Por ejemplo, asimilamos “muy bien”, los asesinatos –diarios– de gente inocente, así como la muerte –en vida– de un millón de niños descerebrados menores de cinco años, o ver al lago de Amatitlán como inmensa letrina… aunque hace pocas décadas remábamos en él y hasta nadábamos. Nos acostumbramos a la aparición de basureros clandestinos, por todas partes… y hoy sabemos que estamos cerca de Xela porque ya pasamos el basurero que afea el bello paisaje, así como cualquier turista sabe que se aleja de Antigua, porque observa un espantoso basurero, a la orilla de la ruta. Los zopes anuncian el inicio de una pronunciada bajada a la costa sur y dan los buenos días, en la ciudad –cada mañana– posados sobre las muchas vallas que –paradójicamente– comunican felicidad, plenitud, calidad de vida y comida. De pronto nos acostumbramos a vivir entre la maldad y la inmundicia y parece que nada nos inmuta. El –otrora– soberbio río Motagua, cambió su esplendor y dejó de ser portador de vida –para los humanos y animales silvestres– convirtiéndose en un basurero móvil que transporta toneladas de excremento, plásticos, químicos y otros residuos letales, cada día… ¡es una tragedia! y nos vende –ante el mundo– como un país de depredadores, inconscientes y salvajes. En pleno siglo veintiuno –desde muchos buses atiborrados, y hasta desde suntuosos automóviles– salen volando, como proyectiles, latas de gaseosa, bolsas de comida rápida y cualquier variedad de porquerías.

Qué lejos está la Guatemala en que crecí. Siempre era pobre, pero mucho más educada, siempre existía la ominosa marginación, pero coexistía mucho más conciencia, siempre tenía problemas, pero también mucha identidad. Eran los tiempos donde –en lugar de kétchup– comíamos salsa de tomate, –en lugar de jeans– usábamos pantalones de lona. Las vacaciones eran eso y no “vacas”; se asistía a reuniones y no se estaba en “reu”… estar en Reu, significaba viajar casi doscientos kilómetros. Se asistía a la iglesia no a la “igle” y se iba al centro comercial y no al mall. Eran tiempos de muchísima más identidad; el pino y la marimba –hoy considerados “shumos”– eran ingredientes, indispensables, casi de cualquier fiesta. Eran los años cuando –con gran esfuerzo– uno se podía comprar unos zapatos “chileros” y si excedía este estándar eran “bien tuanis”; años de fregar la pita, de tener traida y de no poder “echar un cuaje”, cuando había muchos “clavos”, porque algún “maje” nos arruinaba la vida. Años de dar mil “colazos” en cicle, y cuando era impensable que un ladrón nos la quitara a la fuerza. Aunque la Policía –que era entonces “la tira”– “jocoteaba” a los niños, pidiéndoles papeles de la cicle, y cuando no se tenían, simplemente la quitaban.

Eran los años cuando al que robaba se le llamaba ladrón, cuando el que iba a la cárcel era un preso y no “privado de libertad”, cuando un hospital no era nosocomio, y cuando se hablaba de tránsito –eventualmente porque no era un problema casi nunca– no había que agregar el vocablo “vehicular”, porque no existía el riesgo de que, algún “baboso”, lo confundiera con tránsito “intestinal”. Años cuándo había hombres y mujeres… no féminas… y cuando todos los cadáveres eran todos occisos y ninguno “respondía” a ningún nombre. Años cuando llegar a viejo no era un delito y con cariño llamábamos a los mayores viejitos –sin ánimo peyorativo– y no como hoy e hipócritamente “adultos mayores”. Eran años de sanción moral, cuando ser sinvergüenza era ser un bagre, y no cumplir la palabra, acobardarse, o traicionar, era ser hueco. Años de simpleza franca, de hablar sin tapujos y donde un chapín se reconocía en cualquier lado por “buena gente” y no por ser “chanchullero”. Eran tiempos cuando amábamos lo nuestro, el ser rebelde se manifestaba –llanamente– usando caites con suela de llanta y un morral de Sololá, moda que entonces no significaba aludir ni excluir, a ninguna “clase” social, era solo sana “fregadera”.

Toda la identidad –chapina– se ha perdido se fue –como si se tratara de basura– junto con los desechos que anegan y matan –criminalmente– a diario a Amatitlán… nuestros valores chapines viajaron, como desperdicios, tal y como lo hace la inmundicia, por el río Motagua… nuestra identidad y viejos valores mueren rápidamente. Demasiados chapines quieren ser lo que no son, Guatemala está llena de “europeos”, o “mayas”, olvidándose que todos somos guatemaltecos; los mariachis desplazaron a la marimba y nuestros modismos son –ahora– mexicanos o gringos… la jerga particularmente chapina, se fue –tristemente– a la “chingada”. El “espanglish” se volvió la norma y ahora vamos de “shopping”, no de compras; amamos ver “movies”… en todo caso vemos una “peli” y no una “lica”, como antes, y nos encanta estar “cool”… y ya no “nítidos”. La comida rápida terminó con el gusto por disfrutar la diferencia, estandarizó el sabor y ahora todo sabe a cartón y a gordura. Las cadenas de zapaterías de plástico pulverizaron la variedad por el gusto y desapareció –casi por completo– el calzado de calidad, igual de cómo se extinguieron los sastres y zapateros. La diferencia entre ropa de hombre y mujer es –cada vez– más sutil y hoy casi todas las prendas son ¿unisex?, diseñadas no se sabe por quién ni para quién, con el propósito de “igualar” los géneros. De pronto resultamos llamando a lo malo bueno y ser popular es sinónimo de ser ambivalente. Poco que celebrar en el día de la independencia, porque nos convertimos en dependientes y amantes de la dependencia plena que –indudablemente– ha significado decadencia… y pérdida de la patria. ¡Piénselo!

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