Domingo 24 DE Marzo DE 2019
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Fortalecer el sistema de salud con la comunidad

Más de un centenar de terapeutas mayas conforman una red en el área de salud de la aldea Guineales, de Santa Catarina Ixtahuacán, Sololá, en un proyecto que ha logrado reducir casi a cero la mortalidad materno infantil y dos puntos porcentuales la desnutrición crónica. Todo gracias a un modelo que fue incomprendido.

Fecha de publicación: 18-09-16
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Juan D. Oquendo • joquendo@elperiodico.com.gt –Si a una madre no le baja la leche, la solución es llevarla al temazcal y sobarle hoja de café. Si un bebé tiene pujilla, hay que envolver carbón, bigote de chompipe y alucema y pasarlo nueve veces sobre el enfermo. Si un niño fue ojeado, hay que frotarle por el cuerpo ruda y flor de muerto, se le da la gota de un limón y luego se le pasa un huevo de gallina criolla. Si el paciente tiene lombrices se le da apazote y hierbabuena, mientras se le unge con aceite el estómago. Si hay caída de mollera, con los labios se succiona la fontanela. Si hay dolor de estómago se soba con jabón negro.

Pero si la enfermedad persiste, entonces la comadrona refiere a su paciente al Centro de Atención Permanente (CAP) de la aldea Guineales, una aldea que se ubica en la bocacosta de Sololá, en el municipio de Santa Catarina Ixtahuacán. Una comunidad un tanto diferente a cualquier otra, porque hay un trabajo en paralelo entre el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS) y los terapeutas mayas.

Mientras la ciudad y las redes sociales criticaron la nueva política pública de la ministra Lucrecia Hernández, Guineales ha recibido premios y compartido su experiencia que se ha replicado no solo en Guatemala, sino en Perú y Bolivia. La mortalidad materna ha disminuido, igual que la desnutrición infantil. El Modelo Incluyente en Salud (MIS) lleva 15 años de investigación e implementación. Pero un comentario de 15 segundos de Hernández y un titular desafortunado en los medios le valieron la desaprobación inmediata.

En la ciudad de Guatemala, a cuatro horas de la aldea que vio nacer el MIS, muchos aún se preguntan qué es. Otros piensan que ahora el Ministerio curará a los ojeados y a los chipes. Que se gastará impuestos para eso. Que los doctores se volverán curanderos. Que a la Ministra “se le fue la vara” con semejante alucinación. El racismo y la controversia desatados. Todo por ese titular que ella califica de “mala leche”. Para aclarar esas dudas y otras más, conversamos con Hernández, con un etnólogo, con la doctora que ha piloteado el proyecto desde el principio, con una comadrona y con una huesera.

 

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fotografias de William Gularte > elPeriódico

 

La ensoñación del terapeuta

Un hombre de blanco colocaba la mano sobre ellas. No era la primera vez que lo soñaban. La escena se había repetido de distintas formas. Juana Tzep lo miraba curar, le enseñaba las técnicas. Antonia Tambriz solo era vigilada por el hombre de blanco, quien le indicaba cómo cambiar de posición a los bebés en el vientre de sus madres. Cuando despertaron no sabían qué significaba todo eso.

Juana Tzep había estado en cama durante un año, con unos dolores inexplicables. Así que una madrugada, despertada por el sueño, comenzó a orar. Se curó. Y luego curó a su nieto. Y después comenzó a llegar la gente para que la curara. Así ella se convirtió en huesera y profetiza.

Pero Antonia no entendía hasta que una profetiza le explicó su sueño: tenía que ser comadrona. Antonia no quería aceptar la responsabilidad. Negaba sus capacidades hasta que comenzó a enfermarse. Su vista se nublaba. “Si no toma ese trabajo, se va a quedar ciega”, le advirtió la profetiza. Así que en uno de sus embarazos ella misma cambió de posición a su hija, compró hilo, cuerda y tijeras, y se atendió a sí misma.

Cada una comenzó a trabajar por su cuenta hasta que, hace menos de seis años, unos auxiliares de enfermería las visitaron. Cuando se instaló el MIS en Guineales en 2004 se comenzó por un trabajo comunitario que identificara a todas las familias en un mapa y su comunidad. El CAP cubre a 25 mil habitantes, una población cien por ciento k’iche’. Tienen 35 comadronas identificadas, así como hueseras y curanderos. La tasa de analfabetismo rondaba el 60 por ciento cuando comenzaron en 2004, pero para 2016 se redujo a 31 por ciento. Solo cuatro de cada diez mujeres hablan español y kiché, mientras que los hombres son seis de cada diez.

Luego del trabajo comunitario, se identificaron a los líderes y Cocodes. Se hizo una convocatoria para buscar a jóvenes que tuvieran educación primaria para capacitarlos. Durante diez meses se entrenó a 25 integrantes de la comunidad que ahora son los enfermeros auxiliares. Un personal de salud multifuncional, dice la doctora Silvia Rodríguez, quien comenzó el proyecto piloto de Guineales y quien luego gestionó recursos para que el Ministerio de Salud absorbiera el CAP.

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Estos auxiliares son la diferencia clave. No solo son de su comunidad, sino que interactúan con las autoridades, atienden en las clínicas, hablan el idioma predominante, y hacen las visitas a los terapeutas mayas para reunir información sobre las enfermedades que curan, sobre sus conocimientos de herbolaria y para consensuar las herramientas que usarán para el trabajo en paralelo.

Cuando llegaron con la huesera Tzep, esta se puso contenta, porque era un reconocimiento a su labor pedirle que formara parte de la red de terapeutas, ya sea para referirle pacientes y viceversa, cuando ella no puede curarlos. Lo mismo con la comadrona Tambriz. Ellas, junto con los auxiliares de enfermería, hacen un intercambio de conocimientos y participan mes a mes en capacitaciones de atención y prevención. De esta forma el CAP cuenta con conocimientos de herbolaria de la comunidad y definiciones de caso para cada enfermedad.

Una mirada fuerte

Cualquier empleado de salud del CAP de Guineales, sea un médico, un enfermero o un auxiliar, conoce a profundidad sus pacientes porque han recabado datos no solo comunitarios sino familiares. Cuando el MIS define un territorio, lo hace a partir de la posibilidad de que un auxiliar pueda llegar a la familia más remota. Luego hacen un estudio de sus condiciones y determinantes, así como hábitos higiénicos y alimenticios. Por ejemplo, las familias que no hierven el agua o aquellas que aún cocinan con el fuego en el suelo. O si la casa es de lámina, o tiene piso de tierra. Y las plantas que tienen sembradas.

De esta manera el equipo de la doctora Rodríguez reconoce a las familias que no han recibido vacunas, que no tienen controles prenatales, a las que no quieren ayuda, y en las que hay casos de violencia, violación y desnutrición. O enfermos crónicos que no pueden llegar al CAP. Así las intervenciones son inmediatas. Después del diagnóstico, los auxiliares hablan con la familia sobre los cuatro pilares del MIS: derecho a la salud, género, interculturalidad y medioambiente.

Esto le ha permitido al centro de atención generar proyectos comunitarios. De tal forma que cuando identifican familias con los mismos riesgos, se les invita a capacitaciones grupales para mejorar prácticas de salud. De esta forma hacen un trabajo de prevención en áreas rurales dispersas. Pero cuando todo esto falla, el CAP atiende de manera individual a sus enfermos, y claro, los cura.

Si llega un paciente, el médico identifica a su familia y vivienda en el sistema de información. Pide que le cuente sobre el motivo de la visita y la enfermedad. Luego lo entrevista sobre sus síntomas y que por qué cree que los tiene. Si el paciente dice estar ojeado, el médico hace la evaluación. Por ejemplo, se determina que es neumonía, y se le da tratamiento bio occidental. Pero el doctor tiene una herramienta de las enfermedades mayas populares identificadas en la comunidad.

Él sabe que el ojeado, como las otras enfermedades de Guineales, se relacionan con un desequilibrio de calor/frío. El ojeado está clasificada como caliente y se puede dar por una mirada de borrachos y mujeres embarazadas, que despiden más calor. Entonces tiene que recetar plantas para este tipo de padecimiento.

El sistema de información señala que en la casa del paciente hay manzanilla. El doctor entonces receta un té y explica cómo hacerlo. Incluso si hay desabastecimiento de salbutamol para la tos, el CAP cuenta con un huerto en el que hay buganvilia. Se le receta una infusión con la hoja para aflojar la flema.

La consulta médica termina con la pregunta: “¿y ya se fue a curar de ojo?”. Si el paciente dice que no, entonces el doctor identifica al terapeuta maya más cercano que pueda curar ojeados y lo refiere con una boleta especial que tiene imágenes consensuadas con los terapeutas. Así el ciclo de proyectos comunitario, familiar e individual del MIS está completo.

La crisis

El rostro de la ministra Hernández apenas cambia cuando habla de la crisis hospitalaria. “Tenés que tomar medidas urgentes. Tenés que tener un plan de acción más rápido. Eso implica detener el colapso”. La Ministra sube la mano izquierda al aire como si detuviera una pila de dominós que se le viene encima, mientras con la otra crea cimientos nuevos: el MIS.

Los fallos a los que se enfrenta el MSPAS son de abastecimiento, personal pagado y alimentación. “Pero no se solucionan con meter más plata. Incluso cuando el Ministerio de Finanzas ha hecho algunos aumentos al presupuesto original, hay deuda de años pasados y los proveedores no quieren entregar. Se deben bonos a los trabajadores”. El problema es también administrativo.

Las unidades ejecutoras de la cartera de salud deben ser ordenadas, en particular sus procesos, como las compras y contratación de personal. Pero mientras esto se arregla, también hay que mejorar los puestos de salud. La doctora ve que si el primer nivel de atención solo atiende a menores de cinco años y mujeres embarazadas por diarreas y neumonías, habrá otras enfermedades que se complicarán hasta llegar a los hospitales, donde no hay nada. “El MIS es un efecto en cascada, en el que el primer nivel de atención previene que una neumonía deba ser atendida por hospitales. Si no el tercer nivel será un barril sin fondo”.

La realidad encantada

El MIS ha logrado romper las barreras médicas en Guineales con una cobertura que supera el 92 por ciento de menores de un año y un 56 por ciento de las mujeres entre 20 y 60 años. “Si uno dice que no existe el ojeado, ya está poniendo una barrera médica”, reconoce Rodríguez. “La forma en que atendamos a un paciente puede cambiar la forma en que ve su enfermedad”. La interculturalidad es un eje central en el modelo.

Los médicos y enfermeros del CAP reconocen el “camino del enfermo” como una rana en un río. La medicina bio occidental solo ve los ojos sobre el agua, es decir, la enfermedad. Pero no ve el resto del cuerpo, ni el camino que ha recorrido para llegar a ese punto. La medicina maya ve el pasado, presente y futuro en la consulta médica. Hay una conexión permanente con lo sagrado, que resulta de una “constante interrelación entre universos simbólicos asociados a la cosmovisión maya con las acciones cotidianas que transforman la realidad objetiva”, explica la investigación El encantamiento de la realidad, que dirigió Sergio Mendizábal, investigador y etnólogo de la Universidad Rafael Landívar.

Los conocimientos de la huesera Tzep son el resultado de una observación, búsqueda, sistematización, clasificación y experimentación de la herbolaria, técnicas y métodos de curación que se han transmitido de generación en generación. La madre de la terapeuta fue comadrona, y ella de niña miraba a su mamá curar. Tzep espera que algún día una de sus hijas que la acompaña en su trabajo se convierta en curandera.

Mientras tanto, el Estado reniega de una política pública intercultural que vaya más allá del reconocimiento de la igualdad de derechos y la lucha contra el racismo. Mendizábal más bien plantea una interculturalidad que transforme las dinámicas de dominado y dominador en las relaciones económicas, territoriales, políticas y hasta militares. La salud por sí sola quizá no sea la solución, sino un Estado que defina políticas públicas interculturales para todos los sectores. Aunque el MIS podría ser la primera piedra.

Pensar un mundo diferente

Tambriz sale del CAP. Debe visitar a uno de sus 25 pacientes. Ella ya sabe cuándo referir pacientes: infecciones de garganta, complicaciones en el parto o enfermedades que no logra curar. Este no es el caso. Es un niño de dos años y medio que está ojeado. Hoy es la cuarta curación. La abuela del niño lleva la ruda, el limón y el huevo. No tienen flor de muerto. La mamá espera que su hijo deje de llorar y pueda dormir.

Entre sus manos nudosas Tambriz toma la ruda y la pasa por el cuerpo del niño. Toma el huevo y repite la acción. Ora. El huevo se queda entre el ombligo y la playera. La comadrona lo saca, y en un guacal con agua lo rompe dejando caer la yema y la clara. Su paciente está curado porque el amarillo de la yema está limpio. Era un mal de ojo fuerte, dice Tambriz, que asegura se debe a la mirada de algún bolo de los tantos que hay. La madre le agradece y ella sale porque tiene que ver a otro enfermo.

Mientras tanto la doctora Silvia reflexiona. Quizás hay que hacer caso a la psicología, y ver que las enfermedades son un 80 por ciento más psicológicas que somáticas. Pero también que estas prácticas socioculturales han logrado sobrevivir a procesos históricos, sociales, económicos y políticos en las peores circunstancias, pero que de alguna manera comienzan a abrir caminos a prácticas que proponen un mundo mucho más humano. Uno de respeto y colaboración mutua.

 

“El MIS es un efecto en cascada, en el que el primer nivel de atención previene que una neumonía deba ser atendida por hospitales”.

Lucrecia Hernández, ministra de Salud.

“Un sistema de salud tiene que ser la suma de todas sus instituciones para poder desarrollar la salud en la población”.

Doctora Silvia Rodríguez, directora del área de salud de Guineales.

“Aunque la gente no crea, esto es verdad. A veces la gente recibe medicina pero no hace efecto porque se necesita de plantas medicinales y oraciones”.

Juana Tzep,  huesera y profetiza.

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