Sábado 19 DE Octubre DE 2019
Domingo

“La erupción que sacudió a Guatemala”

Daniel Wilkinson es un escritor y abogado de Nueva York –actualmente director adjunto para las Américas de Human Rights Watch– que vivió en Guatemala a principios de los años noventa. De esa experiencia escribió Silencio en la montaña, que en el 2003 ganó el prestigioso premio PEN y, finalmente traducido al español, será presentado en la librería Sophos el próximo jueves 25 de agosto. En esta entrevista cuenta parte de la historia detrás de las historias del libro y los motivos que lo han llevado a presentarlo al público guatemalteco. Admite que una de las lecciones que aprendió al colectar historias en Guatemala es que “lo más revelador es lo que la gente omite en sus relatos”.

Fecha de publicación: 21-08-16
Daniel Wilkinson, escritor y abogado
Por: Redacción elPeriódico

¿De qué trata “Silencio en la montaña”?

– Es un relato, casi una novela detectivesca, pero no es ficción. Es la historia verdadera basada en una investigación que hice en una finca cafetalera en San Marcos. Cuento la historia de la finca y, a través de ella, la historia del país.

Entiendo que el libro se publicó en inglés en 2002 y ganó el premio PEN en 2003. ¿Por qué se publica hasta ahora en español?

– Porque hasta ahora no había encontrado ninguna editorial dispuesta a publicarlo en español. Lo intenté varios años, sin suerte. Incluso estuve a punto de desistir. La única razón por la cual no bajé los brazos fue que seguía habiendo guatemaltecos que me decían que habían leído el libro en inglés y me instaban a publicar una versión en español para que otros guatemaltecos pudieran leerlo. Decían que nunca habían leído algo así, y que el libro contenía muchas enseñanzas sobre su propio país, a pesar de haber sido escrito por un gringo.

¿Le sorprende que los guatemaltecos podamos extraer enseñanzas sobre nuestro país de un libro escrito por un extranjero?

– Para nada. Muchos consideran que el libro más importante e influyente sobre Estados Unidos fue el que escribió un francés, Alexis de Tocqueville, quien visitó ese país durante algunos años en el siglo XIX y escribió sobre lo que observaba. Lo que sí me sorprendió fue que mi libro tuviera esta respuesta entre guatemaltecos de la más variada procedencia social, política y económica.

¿Incluso finqueros?

– Especialmente finqueros.

Pero el libro describe muchas injusticias que sucedieron en las fincas cafetaleras…

– Sí, así es. Pero no todo es negativo, y no todas las fincas eran iguales. Algunos finqueros me dijeron que no estaban de acuerdo con todas mis conclusiones, pero creían que el libro era justo y conseguía mostrar algunas facetas de su mundo que les resultaban familiares y otras que desconocían. El libro sin duda describe algunas injusticias y atrocidades terribles. Pero no busca demonizar a nadie, ni pretende sermonear. Tampoco adhiere a ideologías, sean de izquierda o de derecha.

Siendo usted un abogado de derechos humanos, eso equivale para muchos guatemaltecos a decir que es de izquierda.

– Es un mito que intentan instalar algunas personas en Guatemala. Los derechos humanos no son una cuestión de derecha o izquierda. Se trata de derechos universales que corresponden a todas las personas. Es cierto que en algunos países me han tachado de zurdo, y en otros me han acusado de ser de derecha; por ejemplo, en Venezuela. De hecho, la última vez que presenté un informe sobre derechos humanos en Caracas, Hugo Chávez me detuvo y me expulsó del país.

¿“Silencio en la montaña” podría provocar una reacción similar?

– ¡Espero que no! (risas). No, en serio, esta es una situación muy diferente, y un tipo de libro muy distinto. Es verdad que el libro documenta algunos abusos gravísimos, pero va mucho más allá. Intenta comprender las causas y consecuencias de la violencia, sobre cómo el país terminó tan polarizado, y qué llevó a personas de todos los bandos a hacer las cosas que hicieron. Puse realmente mucho empeño en intentar reflejar experiencias y perspectivas de la mayor cantidad posible de personas. Entrevisté a cuantos pude: campesinos y finqueros, indígenas y ladinos, guerrilleros y militares.

¿Todos estuvieron dispuestos a hablarle?

– No todos, pero sí muchos. Creo que lo más interesante del libro son las historias que me contaron. Son historias cautivantes, únicas, inspiradoras, algunas con pasajes muy divertidos y, en ciertos casos, profundamente conmovedoras.

Pero no es solo la historia de otros, es también, en gran medida, el relato de su propia experiencia. Usted también actúa en la historia.

– Cierto, y es que para entender las historias de ellos era necesario comprender el contexto en el cual me las contaron, es decir, cómo fue la interacción conmigo. Esto es importante: para mí fue difícil conseguir las historias, y eso explica en gran parte por qué la historia de Guatemala ha quedado olvidada y se conoce tan poco en el mundo. En muchos sentidos creo que lo más cautivante –y revelador– fueron las cosas que las personas no me contaron, lo que omitieron de sus relatos.

 

¿Por miedo?

– En muchos casos, sí; en otros el motivo es mucho más complejo. Por ejemplo, a comienzos de la investigación, cuando advertí que muchas personas eran renuentes a hablar sobre la guerra, me propuse preguntarles sobre un tema que creía que era menos espinoso: ¿cómo fue que sus familias terminaron viviendo en la plantación? Las historias que me contaron eran muy distintas: propietarios, que emigraron de Alemania, y trabajadores que procedían de comunidades indígenas del altiplano.

Pero todas tenían dos puntos en común. Por un lado, todos referían a la erupción del volcán Santa María en Quetzaltenango, en 1902, que tuvo un impacto catastrófico en esa región. Y, por otro lado, había algo que prácticamente todos omitían: el rol del Estado en la creación de las plantaciones cafetaleras. Uno podría haber pensado que el Estado era muy frágil o que no tenía presencia en sus vidas.

Por eso me propuse investigar si esto había sido efectivamente así, y concluí que en realidad ocurrió lo contrario. El Estado tuvo un rol clave en la creación de las plantaciones y en la migración de los trabajadores. Luego descubrí algo increíble: cuando se produjo la erupción, en 1902, el presidente incluso fue capaz de declarar por decreto ¡que la erupción del volcán no había ocurrido!

¡Absurdo!

– Pensé lo mismo, que era el típico disparate de los dictadores trastornados y sin límites. El presidente entonces era Manuel Estrada Cabrera, inmortalizado por Miguel Ángel Asturias en El Señor Presidente. Pero luego me di cuenta que el decreto tenía cierta lógica. En ese momento, Estrada Cabrera intentaba desesperadamente mejorar la imagen internacional del país para atraer inversiones. La noticia de que un volcán había destruido la cosecha de café en cientos de plantaciones no lo ayudaba a sus propósitos.

Muchos hoy día creen que los defensores de derechos humanos como usted no ayudan a la imagen internacional de Guatemala. ¿Qué opina?

– Que es otro mito. El mito de que los defensores de derechos humanos, y en especial aquellos que buscan justicia por las atrocidades cometidas en el pasado, dañan la imagen del país. Pero la realidad indica precisamente lo contrario. La noticia en la prensa internacional es que el Ministerio Público está investigando penalmente violaciones de derechos humanos y –con la ayuda de la CICIG– casos de gran corrupción. Eso, en muchos países, despierta envidia de la buena, pues las sociedades, en todos lados, quieren ver el fin de la impunidad de los poderosos.

El epígrafe del libro dice: “Siempre que haya humo, estaremos bien”. ¿Qué significa?

– Es una frase que me dijo un finquero. Estaba hablando del humo que sale todas las mañanas del volcán Santiaguito. La idea es que si el humo no puede salir y queda atrapado dentro, se acumulará presión hasta provocar una erupción. Fue lo que sucedió con el volcán Santa María en 1902. Y, a modo de metáfora, también es lo que ocurrió en la Guatemala del siglo XX. La represión de todos los intentos de reformas hizo que se acumulara presión política y eso llevó a la erupción de la violencia. Mi libro es, en definitiva, la historia de esa erupción.


“La idea es que si el humo no puede salir y queda atrapado dentro, se acumulará presión hasta provocar una erupción”.