Jueves 14 DE Noviembre DE 2019
Domingo

Doroteo Guamuch y un puño de tierra

Manolo E. Vela Castañeda

manolo.vela@ibero.mx

Fecha de publicación: 21-08-16

Entre los deportistas suele decirse que las medallas se ganan en los entrenos y se va a por ellas en las competencias. Y en la vida de Doroteo Guamuch esto se cumplió a cabalidad. Entre semana, su pista de entrenamiento era el viaje diario de su casa, en el antiguo camino a Mixco, a su trabajo como operario en una fábrica de tejidos, en la zona 8 de la Ciudad de Guatemala. Los fines de semana, Doroteo no se guardaba para sí un poquito de piedad. En esos días el apremio era mayor, máximo. El entreno iba de su casa al mirador de la salida a occidente. Un terreno con una elevación constante, que no ofrece planos (para la recuperación) en ningún segmento.

Ahora, en esos kilómetros que, en un domingo cualquiera, usted recorre cuando va de paseo a San Lucas o a La Antigua Guatemala, metiendo el acelerador de su carro o a bordo de una camioneta, puede decirle a sus hijos que esta fue la pista donde Doroteo Guamuch ganó la maratón de Boston y todas sus otras medallas.

Porque Doroteo Guamuch Flores es reconocido por haber ganado la maratón de Boston en 1952, pero en 1954 estuvo cerca de alcanzar otra gran meta, gigante: hacerse con el oro en tres pruebas de fondo del atletismo: los 5 mil, y los 10 mil metros y la maratón. Quedó cerca, porque en los 10 mil metros entró segundo. Esto fue en los Juegos Centroamericanos y del Caribe que se celebraron en la Ciudad de México. En esos juegos regionales, durante 12 años (1946, 1950 y 1954), él estuvo en el tope de los ganadores de la maratón. Y en el ciclo olímpico, su mayor reconocimiento lo alcanzó en 1955, en los Juegos Panamericanos, donde ganó la maratón.

Doroteo, pues, no es Boston, es una trayectoria de un esfuerzo descomunal, con lluvia, frío o sol, en solitario, en silencio, escuchando nada más el toque de los zapatos contra el piso y el ritmo que lleva la respiración. Quizá ese enfrentarse consigo mismo, a diario, en cada entrenamiento, ese ser capaz de salir del adorable infierno del agotamiento extremo, ese llevar el cuerpo y la mente a los límites, y tomar consciencia de ellos, le llevó a que, ya retirado, siguiera siendo un hombre humilde, a quien la fama nunca se le subió a la cabeza.

Pero de Boston, lo que Doroteo Guamuch más recordaba era la “colina de la angustia”. Correr una maratón no es nada más correr 42 kilómetros y 195 metros. Una maratón puede ser vista, también, como correr los últimos 12 kilómetros y 195 metros, después de haber corrido ya 30 kilómetros. Es en ese momento –los últimos 12– cuando los niveles de cansancio pueden llegar al extremo. Justo entre esos kilómetros, en la maratón de Boston se halla una subida, que lleva por nombre la “colina de la angustia” (o, en inglés: heartbreak hill). La lucha entre el cansancio, el crepitar de tendones y músculos, el tiempo y la distancia recorrida, y esos grados de elevación, en ese preciso punto, fue uno de los momentos inolvidables, grabado a fuego, en el álbum de recuerdos de Doroteo.

Y su victoria en Boston es grande, también, en otro sentido: nos recuerda que el carácter de una persona no debe ser juzgada por la forma como celebra las victorias sino por lo que hace cuando sufre una derrota. Porque para que Doroteo ganara Boston en 1952, tuvo que correrla en 1947, cuando ni siquiera alcanzó llegar a la meta.

De aquella hazaña de 1952, quedan, como reliquias, muy bien guardadas, la playera y la pantaloneta, y muchas fotos, diplomas (como para llenar varios cuartos) y plaquetas que tapizan la sala–comedor de la que fue su casa, que, entre medallas y trofeos, dejan poco espacio para ver el color verde con el que están pintadas las paredes. Su casa fue una casa de barrio, con los pisos de antes, de cuadrados rojos y amarillos.

En un confuso incidente, con la victoria de Boston le nombraron de otra manera: Mateo en lugar de Doroteo; y sustituyeron su apellido paterno, Guamuch, por el segundo, Flores, y así fue nombrado –en 1952– el estadio de fútbol de Guatemala. Pero Doroteo Guamuch nunca dejó de ser Doroteo Guamuch. Doroteo Guamuch nunca llegó a ser Mateo Flores. En el barrio, con sus amigos, cuando se presentaba, para todos él siempre fue Doroteo Guamuch. Y el error de 1952 hizo que en su cédula de vecindad se tuviera que colocar un razonamiento, indicando que el señor Doroteo Guamuch Flores también es conocido como Mateo Flores, o Doroteo Flores. A este hijo de campesinos, indígenas, peones, trabajadores agrícolas de la finca Santa Helena, Mixco, nunca se le olvidó de dónde venía.

En 2011, cuando falleció, a la edad de 89 años, lo único que dejó a los suyos –además de su casa- fue lo que quedó de su vieja moto NSU (Motorenwerke AG.), que entre los años cincuenta y ochenta, le llevó a él y a toda su familia, a todas partes. En el área de palcos del Estadio Doroteo Guamuch Flores, en la parte superior y en medio, había dos butacas con el nombre de “Mateo Flores”. Durante muchos años se le podía ver allí, sentado, con sus hijos, en los partidos de Municipal y de la Selección. Esa fue una de sus más preciadas propiedades. Ya ahora ni sus hijos pueden sentarse allí.

Pero lo más valioso de Doroteo no son las calles, los puentes, las escuelas que llevan su nombre ni siquiera el estadio nacional. Quizá lo más valioso sea su actitud, tenaz, y honesta, ante la vida. Don Doroteo sabía disfrutar de las cosas sencillas, y así vivió, sin acumular nada, y lo único que les dejó a los suyos fue su ejemplo de papá, de atleta y de trabajador incansable. Por eso, la letra de su canción de mariachi preferida, Un puño de tierra de Antonio Aguilar, nos recuerda que:  “…el día que yo me muera/ no voy a llevarme nada/ hay que darle gusto al gusto/ la vida pronto se acaba/ lo que pasó en este mundo/ namás los recuerdos quedan/ ya muerto voy a llevarme/ namás un puño de tierra.”