Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Domingo

Por qué persiste el ISIS

JEFFREY D. SACHS
ECONOMÍA Y JUSTICIA

Fecha de publicación: 31-07-16
ILUSTRACIÓN VÍCTOR MATAMOROS > EL PERIÓDICO
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Los letales ataques terroristas en Estambul, Dacca y Bagdad demuestran el alcance criminal del Estado Islámico (ISIS) en Europa, el Norte de África, Oriente Próximo y partes de Asia. Mientras más se mantenga en sus bastiones de Siria e Irak, más matanzas de este tipo generará su red terrorista. Sin embargo, no es una organización particularmente difícil de derrotar. El problema es que hasta ahora ninguno de los estados involucrados en Irak y Siria, entre ellos Estados Unidos y sus aliados, lo ha tratado como a su principal enemigo. Ya es hora de que lo hagan.

El ISIS tiene una fuerza de combatientes de pequeño tamaño, de 20 mil a 25 mil hombres en Irak y Siria, y aproximadamente otros 5 mil en Libia, según lo estimado por Estados Unidos. Se trata de cifras minúsculas en comparación con el personal militar activo desplegado en Siria (125 mil), Irak (271 mil 500), Arabia Saudita (233 mil 500), Turquía (510 mil 600) o Irán (523 mil).

A pesar de que el presidente estadounidense Barack Obama prometiera en septiembre de 2014 “socavar y finalmente destruir” al ISIS, Estados Unidos y sus aliados, entre ellos Arabia Saudita, Turquía e Israel (entre bastidores) se han centrado en su lugar en derrocar a Bashar al-Assad en Siria. Piénsese en la franca afirmación que hace poco hiciera el mayor general israelí Herzi Halevy (me la citó un periodista presente en un discurso donde Halevy la pronunció): “Israel no quiere que la situación en Siria se resuelva con la derrota del ISIS, la salida de las superpotencias de la región y la realidad de quedarse solo ante unos Hezbolá e Irán fortalecidos”, Israel se opone al ISIS, pero su mayor preocupación es el apoyo que Assad recibe de Irán, y que le permite apoyar a Hezbolá y Hamas, los dos enemigos paramilitares del Estado hebreo. Por tanto, prefiere derrocar a Assad a derrotar al ISIS.

En el caso de Estados Unidos, guiado por los neoconservadores, la guerra en Siria es una continuación del plan de hegemonía global lanzado por el secretario de Defensa, Richard Cheney, y el subsecretario, Paul Wolfowitz, al término de la Guerra Fría. En 1991, Wolfowitz dijo al general estadounidense Wesley Clark:

“Pero si algo aprendimos (de la guerra en el Golfo Pérsico) es que podemos usar nuestras fuerzas militares en la región (en Oriente Próximo) y los soviéticos no nos detendrán. Tenemos entre cinco y diez años para limpiar esos antiguos regímenes soviéticos (Siria, Irán (sic), Irak) antes de que la próxima gran superpotencia venga a desafiarnos.”

Las muchas guerras de Estados Unidos en Oriente Próximo (Afganistán, Irak, Siria, Libia y otras) han apuntado a quitar de la escena a la Unión Soviética, y luego a Rusia, y dar el poder hegemónico a Estados Unidos. Han fracasado estrepitosamente en ese cometido.

Al igual que para Israel, para Arabia Saudita el objetivo principal es derribar a Assad, con el fin de debilitar a Irán. Siria es parte de una amplia guerra de intermediarios entre el Irán chií y la Arabia Saudita suní, que se desenvuelve en los campos de batalla de Siria y Yemen y en las amargas confrontaciones entre chiíes y suníes en Bahréin y otros países divididos de la región (incluida la misma Arabia Saudita).

En el caso de Turquía, el derrocamiento de Assad afianzaría su posición regional. Sin embargo, hoy enfrenta a tres enemigos en su frontera sur: a Assad, el ISIS y los nacionalistas kurdos. Hasta ahora, el ISIS ha sido una prioridad secundaria ante su urgencia en torno a Assad y los kurdos. Pero los ataques terroristas planeados por el ISIS en el país pueden estar cambiando eso.

También Rusia e Irán han buscado impulsar sus propios intereses regionales, mediante guerras de terceros y el apoyo a operaciones paramilitares. Sin embargo, ambos han señalado que están dispuestos a cooperar con Estados Unidos para derrotar al ISIS y, tal vez, solucionar otros problemas. Hasta ahora EE. UU. ha desdeñado estas ofertas porque se centra en derrocar a Assad.

Las instituciones y personeros de asuntos exteriores de Estados Unidos culpan al presidente Vladimir Putin por defender a Assad, mientras que Rusia culpa a EE. UU. por querer derrocarlo. Puede que parezcan quejas simétricas, pero no lo son. El intento de Estados Unidos y sus aliados de derrocar a Assad viola la Carta de las Naciones Unidas, mientras que el apoyo de Rusia a Assad va en la línea del derecho de autodefensa de Siria en virtud de dicha carta. Sí, Assad es un déspota, pero la Carta de la ONU no da licencia a ningún país a elegir qué déspotas quiere derrocar.

La persistencia del ISIS subraya tres debilidades estratégicas de la política exterior de Estados Unidos, junto con un error táctico fatal.

Primero, la cruzada neoconservadora para lograr la hegemonía estadounidense mediante el cambio de regímenes no solo es de una sangrienta arrogancia, sino una clásica extralimitación imperialista. Ha fracasado donde sea que Estados Unidos ha intentado hacerla realidad. Siria y Libia son los últimos ejemplos.

Segundo, por largo tiempo la CIA ha armado y entrenado yihadistas sunníes mediante operaciones financiadas por Arabia Saudita. A su vez, estos yihadistas dieron origen al ISIS, que es una consecuencia directa, aunque no prevista, de las políticas de la CIA y sus socios sauditas.

En tercer lugar, la percepción de EE. UU. de Irán y Rusia como enemigos implacables está caduca en muchos sentidos, y acaba por ser una profecía autocumplida. Es posible un reacercamiento con ambos países.

Cuarto, y ya en el aspecto táctico, ha fallado el intento de Estados Unidos de librar una guerra a dos frentes contra Assad y el ISIS. Siempre que Assad se ha debilitado, el vacío se ha llenado con yihadistas sunníes del ISIS y el Frente al-Nusra.

Assad y sus contrapartes iraquíes pueden derrotar al ISIS si Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudita e Irán proporcionan apoyo aéreo y logístico. Sí, Assad seguiría en el poder. Sí, Rusia mantendría un aliado en Siria y, sí, Irán tendría influencia allí. Sin duda que continuarían los ataques terroristas y quizás el ISIS se los seguiría atribuyendo por algún tiempo, pero se eliminaría su base de operaciones en Siria e Irak.

Un resultado así no solo acabaría con el ISIS en el terreno de Oriente Próximo, sino que sentaría las bases para reducir las tensiones regionales en términos más generales. Estados Unidos y Rusia podrían comenzar a revertir su nueva y reciente guerra fría mediante esfuerzos conjuntos por eliminar el terrorismo yihadista. (Sería también de ayuda el compromiso de no ofrecer a Ucrania ser parte de la OTAN ni elevar la carrera de defensas misilísticas en Europa Oriental) .

Hay más. Un enfoque de cooperación para derrotar al ISIS daría a Arabia Saudita y Turquía una oportunidad de encontrar un ‘modus vivendi’ con Irán. La seguridad de Israel mejoraría si se llevara a Irán a una relación económica y geopolítica de cooperación con Occidente, lo que a su vez aumentaría las posibilidades de un acuerdo de dos estados con Palestina, que es un asunto pendiente desde hace mucho tiempo.

El ascenso del ISIS es un síntoma de las insuficiencias de la estrategia occidental, y particularmente la de Estados Unidos. Occidente puede derrotar al ISIS. La pregunta es si Estados Unidos emprenderá la reevaluación estratégica necesaria para tal fin.

 

Traducido por David Meléndez Tormen

© Jeffrey D. Sachs es profesor de Economía y Director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia. También es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para los Objetivos de Desarrollo del Milenio. © Project Syndicate 1995–2016.

 

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