Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Domingo

“No necesitamos una revolución, necesitamos un Estado democrático, un Gobierno ordenado y justo”

Este año la Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua) está dedicada al maestro Edelberto Torres-Rivas, ensayista, sociólogo, abogado y uno de los pensadores centroamericanos más importantes en la actualidad. Su trayectoria es extensa y sus facetas son múltiples, desde el estudio de los mecanismos de nuestro entorno social, político y humano hasta la fundación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) en Guatemala. Ha publicado obras imprescindibles como Las clases sociales en Guatemala (1964), La crisis política en Centroamérica (1981), La piel de Centroamérica: Una visión epidérmica de setenta y cinco años de su historia (2007), Revoluciones sin cambios revolucionarios. Ensayos sobre la crisis en Centroamérica (2011) y fue coordinador de los seis volúmenes de la Historia general de América Central (1993)

Fecha de publicación: 24-07-16
Edelberto Torres-Rivas, Sociólogo
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Marcela Gereda • elPeriódico

¿Qué hechos son los que han construido a la persona que es Edelberto Torres-Rivas?

– Algo que me marcó definitivamente fue la manera cómo renunció Árbenz. Entonces yo tenía 21 años, estaba en plena militancia. Aquella noche puse la radio y me apareció la voz de un Árbenz quebrado, llorando. Salí a la calle a buscar apoyo, a las embajadas. Me escondí seis meses. Nunca he estado tan deprimido ni llorando tanto como en esos días. Se terminó todo y esto es lo que no hemos logrado rehacer, aquello que se perdió esa noche. Guatemala volvió a ser aquello que conocí en mi infancia, es decir, un país de represión. Desde entonces trato de apoyar la justicia y la libertad, sin perder en ello la alegría.

Habla de una de las figuras emblemáticas de la Historia de Guatemala, y todos coincidimos que sigue existiendo una disputa sobre cómo escribir la Historia de este país. ¿Se puede llegar a un consenso?

– Venimos de una tradición perversa, porque la historia que se escribió en el primer siglo posindependencia, la escribieron los liberales, que son mentirosos de principio a fin. Hay un agujero negro de los 22 años de Estrada Cabrera. Frente a una historia mentirosa, hay una historia no contada y luego durante la Revolución estuvo sobreestudiada. La última etapa se ha hecho con visión partidaria. La izquierda cree que la guerra la hicieron ellos y la ganaron políticamente. Y la derecha no ha escrito la Historia bien. Tengo en el libro de las revoluciones [Revoluciones sin cambios revolucionarios, F&G Editores, 2011], un intento de aproximarme a la verdad. Ahí digo que como izquierda, débil y dividida, nos equivocamos, pues no solo perdimos sino engañamos (sin querer) a la gente. La conclusión es que somos un país sin Historia o con una Historia mentirosa. Hay que rehacer la historia.

A lo largo de esta Historia tortuosa, ¿cuál sería la constante que nos define como guatemaltecos?

– En una encuesta que hicimos, logramos llegar a tres conclusiones. La primera, que el guatemalteco es conservador; segunda, es desconfiado; y tercera, es que sabe ser alegre cuando hay que estar triste y viceversa (risas). Aquí hay un conservadurismo exacerbado que rebasa las categorías analíticas. Me llama la atención esa imagen del guatemalteco que ve siempre hacia abajo. Eso se siente más en la población indígena. Para que los indígenas dejaran de ver hacia abajo, tendría que pasar lo que pasó en Bolivia: la dignificación y educación de la vida indígena, un proyecto en el que ellos estén representados y participando. Sin los indígenas, no vamos a ningún lado como país.

Ha estudiado a las elites económicas ¿Por qué la elite económica guatemalteca no se cuestiona la desigualdad
ni la pobreza?

– El problema no es la desigualdad, sino el tipo de desigualdad que hay y porqué ocurre. Aquí hay desigualdad porque hay pobreza. Aparte de las desigualdades naturales, hay otras desigualdades porque la pobreza estimula la desigualdad. De cierta forma es cierto lo señalado por Adam Smith: “para que haya riqueza y progreso tiene que haber pobreza y desigualdad”, pero es falso el argumento de que siempre que haya riqueza habrá pobres. La desigualdad aquí es producto de un sistema, es una pobreza que se hereda; una cultura de la pobreza. Las elites se quedan felices porque la economía crece el tres por ciento o el cuatro por ciento. Pero es un absurdo, porque es un crecimiento que solo existe ante sus ojos, para los cafetaleros, para tal o tal sector, no para la población.

La economía puede crecer, pero el crecimiento demográfico crece 2.8 por ciento, entonces eso se resta. La economía se debe calcular según la población, esto no lo ve la burguesía. Yo no entiendo, es gente bien preparada, estudiaron en Chicago, pasan Navidad en París, pero son incapaces de aumentar los sueldos de los trabajadores. Sinceramente no sé a qué fueron a Chicago. Cualquier economista sabe que el país solo va a crecer cuando tenga un crecimiento del seis por ciento sostenido. Con un aumento del tres por ciento o cuatro por ciento solo la elite se beneficia, no cambian las estructuras del país: los pobres se quedan siendo pobres.

Si la estructura tan estratificada de la sociedad es el principal problema, ¿en qué consistiría un nuevo plan de país y quién lo podría orquestar?

– (Risas) Qué pregunta tan espantosa. En un nuevo plan, el Estado debe estar en el centro de la dirección, de tal manera que el desarrollo sea Estado-céntrico. Necesitamos ciudadanos con un poco más de esperanza, de confianza en sí mismos y en el país. En ello es imprescindible la participación plena de todos los sectores, especialmente las clases medias, por ello esta se debe informar, educar, instruirse. Para dicho plan, los Acuerdos de Paz son incompletos, porque no señalan quiénes son los actores de la modernización. Sí pueden ser un marco referencial, pero se necesita una redacción moderna, acorde a la sociedad de hoy que ya no es la misma.

¿Es decir, el proyecto político que vislumbra es la construcción de un Estado democrático?

– Sí, eso es. Un Estado democrático (es decir la democracia vuelta Estado) capaz de dirigir de acuerdo con las normas y leyes elementales para el reparto igualitario del poder. Todo esto obliga a tener respuestas para la salud, educación, etcétera. También supone otro tipo de relación con el Ejército, es decir modernizarlo y reducirlo, que cumpla con la función de defender la soberanía.

¿Qué diría que está frenando la democratización de la economía en el país?

– Hice un análisis comparativo de cómo fue la guerra en El Salvador y en Guatemala. En El Salvador la guerra afectó a la burguesía salvadoreña; esa oligarquía dejó de ser cafetalera y se convirtió en financiera. Con la burguesía guatemalteca ocurrió al revés, porque más bien reforzó su identidad cafetalera. Y así reforzaron su atraso. Mientras en El Salvador se modernizó la economía capitalista, aquí se aferraron más a los antiguos modos de producción. Digo que se modernizó la economía en el sentido político de democratización de la economía. Por democratización de la economía me refiero a salarios justos, a las condiciones de trabajo y la igualdad de competencia. Aquí las condiciones de los cortadores de café siguen siendo de una economía de condiciones infrahumanas, pero ahí estamos orgullosos de un crecimiento económico que solo los cínicos pueden afirmar. Los cafetaleros aquí siguen peleando las mismas cosas de hace cincuenta años. En casi todas partes del mundo capitalista, la industria ha desplazado la mano de obra barata, aquí no, porque es un capitalismo rudimentario, atrasado, por ello la Ley de Desarrollo Rural no ha sido aprobada.

Sobre la construcción de un Estado democrático, menciona en varios de sus escritos que este no nacerá de una revolución. Si la revolución es imposible, ¿de qué manera es posible una nueva izquierda?

– Para responder a lo que sucede hoy con la izquierda, es importante ver el pasado. Hubo una izquierda que existió desde 1950, con la aparición del Partido Comunista, que se fundó con cuatro de los cinco intelectuales más importantes del país y tres activistas de la categoría de Víctor Manuel Gutiérrez. Hubo una izquierda previa al conflicto armado (que yo le llamo Guerra Civil), una izquierda muy importante porque fueron sectores juveniles, gente joven de clase media los que se organizaron.

Luego se fueron formando dos izquierdas, la izquierda democrática y la izquierda guerrillera. La izquierda nació dividida, débil y poco organizada, siempre estuvo entre los demócratas, los partidarios de las elecciones, y la guerrilla que todavía creía en la lucha armada. Hoy en día el resultado es más o menos el mismo: En elecciones ganamos tres diputados pero eso no revela el esfuerzo popular, sino que son artilugios de la Ley Electoral que permite ese tipo de voto. No tenemos fuerza para movilizar ni articular ni convocar.

El punto más importante para analizar y entender la izquierda de hoy, es que no hay masas, hay pocos cuadros políticos y algunos intelectuales importantes. Estamos entre y ante una izquierda débil, como grupo orgánico, pero potencialmente fuerte como opinión pública. Somos pocos organizados, pero somos muchos como sentir colectivo. El desafío sería transformar esa opinión colectiva en militancia activa y concreta, que sea más que un sentir, una verdadera acción política. Creo que la posibilidad de una nueva izquierda es potencial porque las condiciones sociales de la realidad así lo exigen.

El año pasado, por primera vez en nuestra historia, tuvimos la sensación de que el clamor popular, de todos los sectores reunidos, derrumbó al gobierno de Pérez Molina y Baldetti. Sin embargo, para usted, no fue el movimiento en la Plaza la causa del descalabro del binomio presidencial.

– El movimiento popular surgió por la denuncia de MP-CICIG, fue la denuncia la que llenó de fervor a la gente, contra la corrupción y contra Baldetti. Además había un ánimo colectivo de denuncia y de protesta. No hubo consignas antisistémicas, solo contra la corrupción.

Lo sostengo: las manifestaciones como las que hubo aquí, no tumban gobiernos. Lo que ocurrió fue que Pérez Molina ya sabía que tenían todas las pruebas de lo que había hecho y que lo iban a capturar, y decidió renunciar. Y eso coincidió con que fuera al día siguiente de la llamada huelga general. El levantamiento fue espontáneo. Pero al día siguiente de esa manifestación, ya no congregamos a nadie a manifestar ¿Por qué? Porque los movimientos sociales son espontáneos para nacer y espontáneos para morir. Cuando un movimiento social muere, ya no lo levanta nadie.

Menciona que hay dos tipos de izquierda: la organizada y la que solo comparte un sentir colectivo. Desde estas, ¿diría que hay oportunidad de sacarle provecho al momento actual?

– Definitivamente terminó la posibilidad de un movimiento social con los que asistimos a la Plaza, pero el estado de ánimo que se movió, sigue estando ahí. Las elecciones tuvieron el efecto de romper a los dos principales partidos políticos: Lider y UNE. ¿Crees que el voto que rompió a Lider y UNE fueron votos casuales? Claro que no. La gente de la Plaza votó por Jimmy, un candidato que nadie conocía. Sacó millón y medio de votos porque las masas estaban ahí.

Nosotros como Grupo Semilla, lo que queremos es construir un Estado democrático, no rehacer el Estado. Queremos un Estado limpio. Solo así el país va a poder caminar. Malestar proizquierda hay en todos los rincones del país (por la estratificación social), pero lo que no hay es el grupo capaz de organizar y articular. Creo que los viejos nos debemos de retirar y delegar en los jóvenes para asumir un liderazgo organizativo y articulador. Este es el momento de los jóvenes.

¿Cómo podemos edificar una sociedad civil fuerte, informada y organizada?

– No necesitamos una revolución, necesitamos un Estado democrático, un gobierno ordenado y justo. Si la gente siente que las instituciones empiezan a funcionar, habrá confianza para construir un nuevo país con nuevas fuerzas sociales y con nuevos recursos, pero para ello hay que sentar nuevas bases, primero en lo económico, luego en lo político y lo social.

No me gusta este tono de queja que tengo ahora: subo la voz, muevo los brazos, pero es que veo que en esta sociedad hemos perdido la vergüenza, toleramos cada vez más la muerte, permitimos lo más surrealista, los actos más desleales hacia la humanidad. Hemos llegado a unos niveles inadmisibles de deshumanización. Todo lo que ocurre es culpa de la sociedad que está siendo corrompida desde hace mucho tiempo, la corrupción está en todos lados. Nos hemos convertido en una sociedad salvaje y para cambiar tenemos que ser creativos, para generar nuevos pactos sociales, nuevas formas de relacionarnos.

Ya que habló de que este es el momento de los jóvenes, ¿qué mensaje le daría a la juventud guatemalteca?

– Que no se tiren al agua sin antes conocer y entender a profundidad este país, que nos tomen en cuenta en lo que podamos hacer (los viejos), pero no en dirigir nada ni mandar, porque además de incapaces, la gente se ha vuelto cada vez más sectaria.

Les diría que estén seguros de que el país puede cambiar, que estén seguros que no va a cambiar si no participan, que va a cambiar si todos cambiamos. Les diría también que tenemos que seguir luchando por conocer la verdad, por construirnos una nueva Historia para este país. Les diría que la izquierda no es el comunismo que come niños (como se los han contado), sino que puede ser un humanismo capaz de sentir las injusticias hacia otros en lo más hondo de lo que somos.

Creo que es un momento oportuno para la transición. Es un momento en el que valdría la pena hacer un nuevo proyecto político para refundar una izquierda, porque hay un sentir colectivo proizquierda que es compartido por muchos.  Les diría que la lucha por la dignidad y la esperanza de un pueblo es un camino por el que tal vez sigue valiendo la pena caminar.

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