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Domingo

Mingo, el grande


César A. García E.

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Su secretaria, de muchos años, Rosario, una verdadera dama, es testigo de mis visitas –de tiempo en tiempo– a su despacho. Las antesalas siempre brevísimas, eran seguidas de un caluroso ¡Que tal Usted!, desde un escritorio pulcro al fondo de una amplia y elegante oficina. Luego venía la charla de variopintos temas; no había favores que pedir, ni dádivas que entregar, tampoco había agenda… era simplemente una visita de cariño que no buscaba otra cosa, sino mostrar gratitud por los favores hechos, muchos años atrás, mismos que él insistía, eran recíprocos. Un buen día me dijo, con una sonrisa: “usted es de las pocas personas que me viene a ver sin agenda, solo para platicar, ¡que alegre!”. Siempre agradecido por la oportunidad que me dio en el lejano 1990, le respondí, y –la última vez que le vi, al igual que en otras ocasiones– me repitió “¡hicimos un gran banco!”. Las reuniones terminaban también sin hora, y él –mientras su salud se lo permitió– me acompañaba hasta la puerta de su oficina, siempre amable y caballeroso, como fue –ampliamente– conocido. Sin embargo, la última vez que le vi contento… no fue en nuestras últimas reuniones, sino cuando me mostró un juego de ajedrez de incas versus españoles que le pareció un lindo regalo… que ignoro quien le dio; platicamos brevemente del bonito objeto y luego charlamos con amplitud de política, de Guatemala y de la familia.

En mis últimas visitas –que no fueron frecuentes pero si francas– su semblante era sombrío, sus ganas de vivir se habían ido, desde que –destrozado– vio bajar a la tierra, el ataúd de su hijo mayor José Jorge –un tipazo– quien murió tres años antes que él, ocasión en la que me dijo, mientras le abrazaba: “hubiera sido yo, no él”… poco después, también le tocó afrontar la muerte de su esposa y varios años antes de ambas tragedias, había sufrido un accidente automovilístico que minó su salud y sobre todo sus competencias físicas que para él –un deportista empedernido desde su juventud– eran muy importantes. Las épocas de gloria y dicha habían quedado atrás. De unos años, para acá, aunque se esforzara por reír y mantuviera su trato amable… su alma se estaba apagando y él –claramente– era infeliz. Recuerdo que en nuestra penúltima reunión, hablamos de la insoslayable cita –a la que todos debemos acudir– con muerte, de Dios, la trascendencia y el legado; fue una charla inusitada y profunda, como ninguna otra… fue de las pocas veces que atisbó su humanidad que siempre estuvo, a buen resguardo, dentro de la investidura de “Don Jorge”.

Durante largos y breves diez años –de los veintiséis que duró nuestra relación– compartimos sueños y emprendimientos. En 1990 me confió la implementación de
Conti-Credit Visa, empresa que organicé desde cero y dirigí durante algunos años y posteriormente, me confió –junto al Consejo de Administración– la gerencia general de Banco Continental que mostró una expansión, sin precedentes en la historia centroamericana de hasta entonces… fue un banco que rompió todos los paradigmas e inventó la “cultura de servicio bancaria” que luego fue emulada –con excelentes resultados– por otros bancos. Compartíamos la saludable ambición por hacer crecer aquellas empresas y la dupla, sin duda, resultó ganadora… jamás estorbó mi ímpetu o ideas, solamente intervino –desde la presidencia del banco que ocupaba– para matizar la acelerada y exitosa marcha de “nuestro” proyecto y para aportar entusiasmo. Lo conocí en su etapa plena, rondando los cincuenta años, lleno de vida, de anhelos y fanático de sus hijos, a quienes trató –siempre– de inculcar el deporte… en esos años, yo estaba en mis treintas y también me aconsejó –hasta la saciedad– que hiciera deporte, faena en la que no tuvo ningún éxito. Disfrutamos a ratos, gratas charlas de carros, gusto que compartíamos, e incluso compramos, juntos, dos nostálgicos escarabajos –en 1998– los cuales me encargué ataviar con extras y dejar agraciados; el de él era un rojo y el mío negro… y los usamos gustosos como carros de diario; jamás lo acompañó un guardaespaldas en aquellos felices años. También le conocí disgustado, y la única vez que la contraparte de su desazón fui yo, ocurrió cuando le presenté mi renuncia –a la gerencia general del banco– iniciando el año 2000, cuando estaba por arribar yo, a mis veinte años de banquero y quería emprender mis propios proyectos. Ya verbalmente lo había hecho un año anterior, recibiendo como respuesta una carcajada y un abrazo afectuoso. Al leer mi carta, se molestó –sin demostrarlo demasiado– y tuvimos meses grises, de relativa incomodidad que nunca entendí del todo… tiempo breve que fue superado por el cariño y respeto mutuo, para luego retomar –sin que mediara nexo laboral alguno– una relación eventual, siempre de aprecio y valoración recíproca, que se hacía cercana, cuando charlábamos y él se mostraba contento y enterado de todo lo que yo iba logrando, durante mis años de independencia y emprendimientos… la última vez que lo vi, fue hace poco menos de un año y supe –inmediatamente, al darle un abrazo– que nos estábamos despidiendo, para siempre.

Tendría él cincuenta y cinco años, cuando un día –sin duda de agobio suyo, que era imperceptible pues sabía ser inexpresivo– me dijo: “ahora vienen los años pura #$%&?* César”. Con dos décadas menos, de edad, no entendí su apreciación, hasta que alcancé mis cincuentas y empezaron los achaques, entonces supe lo que quiso decir. La edad sin embargo, la llevaba bien pero fueron los reveces de la vida, los que lo debilitaron paulatinamente. El evento más dramático y que marcó un punto de inflexión, por terrible e inesperado, fue la muerte de José Jorge a quien dediqué una columna que titulé “José Jorge siempre contento”  y a la que él reaccionó enviándome el siguiente texto por correo electrónico, el mismo día de la publicación: “El día de hoy al llegar a mi casa vi el artículo que escribió sobre José Jorge, realmente lo identifica muy bien en lo que comenta de su personalidad, alegre, ocurrente, conciliador, muy querido por la gente y siempre dispuesto a ayudar al que lo necesitara, pero quiero por este medio agradecerle esa deferencia en la que me demuestra su amistad y cariño, la cual valoro mucho. Saludos y buen fin de semana”. Como es la vida, el pasado 15 de junio, buscando un contacto en mi computadora, me topé –de nuevo– con su referido correo y decidí saludarle y desearle parabienes por la misma vía; no recibí respuesta, lo cual era raro por inusual… ahora intuyo, estaba ya malito y esperando la muerte.

Titulé esta columna “Mingo el grande”, porque las veces que lo vi más contento, era cuando –al banco– recibía una llamada –siempre ligera y grata– de su amigo Juan José Serra, a la sazón ministro de economía del gobierno de Álvaro Arzú, quien llamaba afablemente “Mingo”, a quien era conocido –en todas partes por su personalidad y sin duda, por la importancia de los cargos que le acompañaban – como “Don Jorge”. Pocos conocimos su lado humano que por cierto no dejaba notar demasiado, pocos lo vimos ilusionado por algo e íntimamente devastado por la tragedia. A muchos –estoy seguro– nos dio una gran oportunidad en la vida y por ello viviré eternamente agradecido, lo cual –en vida– entre risas y también en medio de la tristeza le expresé reiteradamente, porque lo sentía y porque “es de bien nacidos ser agradecidos”.

Estoy seguro, disfrutaba más la libertad y la dicha de ser deportista, papá, abuelo, esposo o Mingo… que los atavismos que lo convirtieron e impusieron ser “Don Jorge”, pero esa es tan solo mi percepción. En todo caso, pienso que lo importante, para nosotros –los mortales– es vivir lo más posible, el rol que más disfrutamos y menos, aquel que nos cargue la sociedad tramoyista y fatua en la que vivimos. Hoy Mingo el grande, está mucho mejor que hace solamente una semana… otra vez –creo– es feliz y más pleno que nunca. Un saludo respetuoso y un sentido abrazo, a quienes quisieron o amaron a Jorge Domingo Castillo Love, estoy para servirles. ¡Piénselo!

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