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Domingo

La violación sexual como una epidemia


El Centro de Epidemiología del Ministerio de Salud hace un análisis de los datos recabados en torno a casos de posible abuso sexual registrados por hospitales nacionales y centros de salud que presentan una Guatemala plagada de violadores y víctimas.

Silvia intentó librarse de sus manos pero los dedos de David se apretaban contra su piel. Ya estaba cansada del mismo ritual cada semana. Ella regresaba de la escuela en la tarde y sus papás aún en el trabajo, en la oficina, haciendo mandados. Donde fuera menos en su casa. Todo había cambiado desde que David llegó a vivir con ellos. El tío de Silvia había perdido su trabajo y estaba viviendo donde su hermana un tiempo, en lo que se recuperaba. Un par de meses apenas.

Para Silvia el tío David siempre fue uno de esos familiares lejanos que ocasionalmente miraba en las fiestas. Alguna vez en un viaje al puerto con la familia. Pero ahora estaba ahí todo el día sentado esperando a que ella regresara de la escuela. Todo comenzó una tarde cuando ella estaba viendo la televisión. David le dijo que lo ayudara a ordenar unos libros en su cuarto.

La habitación, con una pequeña ventana rectangular pegada al techo, apenas se dejaba iluminar por la luz de la tarde. David le caía bien, era un tipo sencillo, sin pretensiones. Silvia, a sus 13 años, no se deslumbraba por cualquier cosa, excepto con una revista que se le cayó a su tío de las manos. En la portada una mujer de senos enormes hacía una mueca de complicidad. Dentro, más mujeres desnudas. David le dijo que la vieran juntos.

–No le vayás a decir a tus papás porque te van a regañar. Yo te la estoy enseñando porque sé que ya sos una mujer.

Silvia solo asintió y al día siguiente le contó a sus amigas lo que había visto. Ninguna de ellas pensó que ese sería el cambio más grande en la vida de Silvia. Las sesiones de la revista se fueron convirtiendo en caricias. En besos. En quitarse la ropa frente a él. Silvia dejó de hacer sus tareas. En la escuela sus notas bajaron. Andaba cabizbaja y trataba de quedarse más tiempo en las canchas de su escuela.

David se marchó, luego de esos largos meses para Silvia. A ella, los mareos y las nauseas la llevaron al centro de salud más cercano. A sus 13 años estaba embarazada. Sus padres no podían creerlo “¿Cómo iba a ser posible, si era solo una niña?”. En el centro de salud se activó la alerta: toda niña menor de 14 años embarazada se tomará como violación sexual.

La investigación determinó que sí, que el tío David había sido el violador. Pero mientras tanto Silvia tuvo que dejar la escuela porque todos en la comunidad de Alta Verapaz se enteraron del caso. Algunos la tacharon de prostituta. “Siempre llevaba la falda bien corta”. “Seguro ella se le insinuó”. Su familia se desintegró porque su mamá no quería creerle. “Es mi hermano, ¿cómo él va a hacer eso?”.

Silvia dejó su comunidad a los 18 años con su hijo. No habló más con su madre. Apenas si habla con su papá. Pero es un proceso, piensa ella, cada vez que va al psicólogo. Un proceso para superar los traumas que le causó David.

Un país de datos aterradores

Esta puede ser una de las miles de niñas que han sido violadas sexualmente a partir de un perfil psicológico propuesto por la Asociación Nacional contra el Maltrato Infantil (Conacmi) y con la información estadística recabada por el Ministerio de Salud. Los datos en crudo esconden estas historias, pero bajo análisis e interpretación en conjunto nos dicen qué tipo de sociedad somos y hacia dónde vamos.

A partir de 2013 la Secretaría contra la Violencia Sexual, la Explotación y la Trata de Personas (SVET) solicitó al Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS) que recabara una serie de datos en torno a la violación sexual. Así fue como el Sistema de Información Gerencial de Salud (Sigsa) comenzó a enfocarse en el tema de la misma manera que lo hace en estadística de nutrición –debido a los Objetivos del Milenio– así como a las epidemias vectoriales como el zika.

El resultado es una base de datos cada vez mucho más completa sobre el perfil de la víctima: edad, escolaridad, etnia y ubicación geográfica. Claro que hace falta más, señala Mercedes Ruiz: cruzar datos con Renap, sobre embarazo o suicidios por ejemplo. Ella es parte del Departamento de Epidemiología del MSPAS y está consciente de que aún es necesario determinar dónde sucedió la violación y no solo cuándo es que llegó la víctima en busca de salud.

Ruiz considera que es necesario recordar que la mayoría de los casos de violación que detecta el sistema de salud parten de que la víctima requiere mejorar su salud y no para denunciar el hecho. La interpretación de ella aún no se compara con una epidemia de dengue, pero sí tiene toda la apariencia de una: un mal que se extiende indiscriminadamente y de forma intensa. Aunque la epidemióloga aclara: “no es que antes de 2013 hubiera menos violaciones sexuales, es que antes de 2013 no teníamos las herramientas para recabar esta información”.

Ahora que se comienza a entender el fenómeno de las violaciones sexuales no como ataques, sino como estrategias por parte de los violadores, Ruiz considera que se debe detener su expansión: comenzando por la educación integral en sexualidad.

Los siguientes datos son del Sigsa sobre los hospitales nacionales y centros de salud. Todos los casos son de sospecha de violación sexual. La confirmación la da el Ministerio Público y el Inacif. Y la interpretación de las gráficas está a cargo de Ruiz, del Centro de Epidemiología.

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