Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Dios es constitucional

Alejandro Maldonado Aguirre

Fecha de publicación: 03-07-16
fotoarte Víctor Matamoros > El periódico Por: Alejandro Maldonado Aguirre
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Divina paradoja o, por contrario, quizás una herejía, suponer que el Ser Supremo necesite que las leyes humanas reconozcan su majestad y la invoquen con el presumible anhelo de alcanzar perfección en la tarea de establecer la normativa de la sociedad. La primera Constitución escrita, la de los Estados Unidos, declaró la condición laica del Estado y no contiene mención alguna a Dios; omisión que debe suponerse intencional, puesto que la Declaración de Independencia sí lo alude en cuatro puntos.

George Washington, al asumir como presidente de esa nación le rogó intensamente: “Sería especialmente impropio omitir en este primer acto oficial mis fervientes súplicas a aquel Ser Todopoderoso que rige el universo…” A partir de este ritual político se estableció lo que un profesor de Harvard llamó una religión civil institucionalizada: se proclamó a pedido de las dos cámaras un día público de acción de gracias y oración. Asimismo se acostumbra tomar el juramento de los presidentes sobre una Biblia.

Un pequeño tramo histórico y surge de nuevo la invocación a Dios, nada menos que en la Declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano de 26 de agosto de 1789, preparada por cinco intelectuales, entre los que figuró un obispo. No obstante, un par de años después se promulga la Constitución francesa (de 5 de septiembre) la que omite la referencia a Dios y afirma que en el Estado Laico: “la Ley no reconoce ni los votos
religiosos”.

Trasladados al Derecho hispánico, la Constitución de Bayona (1808) en el preámbulo inició con las palabras: “En nombre de Dios Todopoderoso…” y lo reafirmó la venerable de Cádiz (1812) con una amplia declaración de fe religiosa, calcada en la católica, expresando: “En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad”.

Ubicados en la esfera centroamericana, la Constitución de la Federación inició su texto proclamando: “En el nombre del Ser Supremo, autor de las sociedades y legislador del universo”, aunque resulta curioso (raro si fuera por omisión y astuto si haya sido intencional) que la del Estado de Guatemala (1825) en su breve preámbulo no hiciera mención de Dios. Tampoco lo hace la constituyente de 1839, pero sí reconoce la religión católica como la del Estado, dentro de un marco de libertad de creencia. El Acta Constitutiva de 1851, en plenitud del régimen conservador, inicia brevemente: “En el nombre de Dios Todopoderoso”.

Operado un cambio radical de la perspectiva ideológica, con el surgimiento de los gobiernos del liberalismo –instalados en el poder desde la Revolución de 1871–, consolidada en un texto constitucional (1879), no hay alusión alguna a Dios ni tampoco lo contuvo la Constitución producto de la Revolución de Octubre de 1944. Regresando al modelo del conservatismo, las sucesivas Constituciones (1956, 1965 y la vigente) imploran la bendición divina para iluminarlas. De igual manera, Dios no está ausente en gran cantidad de textos fundamentales de la América Latina.

Bien, si los preámbulos obedecen a un diseño ético fundamental que delinea el resto del contenido, la humilde solicitud de los padres de la patria de bienaventuranza hacia el Ser Supremo, debe ser interpretada, como corresponde normalmente, bajo el principio de la buena fe. ¿Por qué no creerles? Y así, esa misma sumisión tiene la precaución de acogerse a la voluntad santa para disculpar los errores mundanos y, de paso, atribuir a la iluminación divina una que otra picardía constitucional. Pero, si la cita respondía a la idea de que el poder constituyente es omnímodo, no faltaría quien se esté creyendo que Dios existe porque es “constitucional”, y no porque simplemente estas prosaicas invocaciones de los legisladores, al Ser Supremo en nada le han de interesar.

En el debate constituyente solo un diputado (y no fui yo) se opuso a introducir en el preámbulo la invocación a Dios. Algún representante trató de introducir un texto que reconociera otras religiones extrañas. El congresista indígena Mauricio Quixtán aludió, cada vez que pudo, a sus deidades ancestrales.

La cuestión es que la grandeza intemporal y universal no requería, desde luego, que se le “constitucionalizara” y aquí viene la discusión sobre creer o no creer libremente. Al menos, Unamuno acertó diciendo: “Y si creo en Dios, o por lo menos creo creer en Él, es ante todo porque quiero que Dios exista”. Esta es una verdad de fe y, por ello, seguía acertando el filósofo, puntualizando que “la razón no nos prueba que Dios exista, pero tampoco que no pueda existir”.

De consiguiente, resultaba innecesario invocar a Dios para “iluminar” el texto constitucional, porque el resultado de algunas imperfecciones es mundano y jamás atribuible a la Suprema Sabiduría y al recinto de la única verdad absoluta o perfecta que, según Aristóteles, es Dios. Asimismo, se entiende que, aunque se diga que toda potestad viene de Él, tampoco los príncipes nacen con la franquicia de la excelsa virtud. (Donde se dice “príncipe”, léase: “poder”) Esta apelación de guía espiritual es igual a atribuirle, metafóricamente, la bondad al corazón, pues también del mismo sale la increíble maldad del humano. Consecuencia de estas invocaciones dirigidas a Dios para inspirar los valores, los principios y las normas de la Constitución, cuando estas maliciosamente no se observan o se retuercen, blasfemias resultan ser.

Vale añadir, sobresaltado por algún error de apreciación que presuma rasgos de ateísmo en estos comentarios, que el dicente es profesante de una religión, cuyos rituales los cumple, sin bien con injustificada dejadez pero con sincera convicción, y en esto comparte palabras del citado Unamuno: “Un justo puede decirse en su cabeza: ¡Dios no existe! Pero en su corazón solo puede decírselo un malvado”.

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