Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
Domingo

El olvido de los desaparecidos

Durante el conflicto armado interno, miles de personas fueron sustraídas de sus comunidades por los elementos del Ejército, por las Patrulla de Autodefensa Civil, por la Policía Nacional y por los grupos guerrilleros. Aunque, no se tiene una cifra precisa, el Informe para el Esclarecimiento Histórico proyecta que habría aproximadamente 40 mil víctimas de desaparición forzada. Hasta el momento, no existe una comisión estatal que apoye la búsqueda de estas personas.

Fecha de publicación: 19-06-16
Alfonso y Teodora Monzón, que rondan los 80 años, buscan a su hijo desaparecido hace más de tres décadas, durante una masacre. - Foto > Felix Acajabón Por: Pavel Gerardo Vega pvega@elperiodico,com.gt
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Luego del terremoto que devastó el país en 1976, la estrategia contrainsurgente del Estado para acabar con los grupos guerrilleros se intensificó. Fue una amalgama entre una fuerte crisis humanitaria que dejó a miles de personas sin una propiedad inmueble y con hartas carencias vitales. La embestida del Ejército y la Policía Nacional arremetió contra las poblaciones del altiplano y el Occidente del territorio con una fuerza destructiva sin precedentes durante el siglo XX de Guatemala.

Pelear por un fragmento de terreno propio era un síntoma de padecer de delirios comunistas, al menos, esa era la percepción del Ejército. El enemigo interno podría estar en cualquier comunidad que se resistiera a ceder en sus derechos. Y así fue para la familia de Baudilio Monzón Martínez, un niño que nació en el epicentro de la guerra, aldea Ixcán Grande, Barillas, Huehuetenango, y en el momento exacto del comienzo de la peor época del conflicto, en 1974.

Diez años después, el 18 de febrero de 1984, un pelotón del Ejército irrumpió en el campamento en donde Baudilio, sus tres hermanas y sus padres vivían como parte de las Comunidades de Población en Resistencia.

El relato de esa experiencia invasiva lo cuentan los padres de Baudilio, Alfonso y Teodora, que ahora rozan los ochenta años y hace 32 que buscan a su hijo.

“Los soldados le tiraron primero a él (a Baudilio) porque estaba sentado en un bordo, mientras que toda la comunidad estaba agrupada del otro lado”, recuerda Alfonso.

Ambos dicen que eran aproximadamente 500 soldados los que llegaron aquella tarde, aunque es una cifra abultada, lo que desean expresar es que eran muchos elementos del Ejército.

Las condiciones en el campamento eran precarias. Sobrevivían bajo estructuras de láminas o nailons. Sobrevivieron así por 12 años. Habían dejado su aldea Mayaland ese año, para refugiarse en las montañas porque el Estado los perseguía. El pueblo donde vivían era un proyecto apoyado por algunos sacerdotes católicos que fueron asesinados a finales de la década de los setenta.

“Ese día que llegó el Ejército le metieron fuego a todo, las láminas las picaron, las ollas que no agarraron fuego les hacen hoyos, y así, no dejan nada. Animales que encuentran, los matan, el ganado, todo lo mataron. Muchos animales quedaron ahí tirados. También quedaron ahí una señora con sus tres hijos muertos los cuatro”, cuenta Teodora con lamento.

Cuando le disparan a Baudilio, sus padres huyeron del campamento hacia dentro de la selva. No se olvidaron de él, pero pensaron que estaba muerto. Corrieron solos, asustados. Dos de sus hijas se extraviaron en la selva, las dos solas se perdieron en las montañas de Ixcán y se cuidaron como pudieron. Eran menores que Baudilio.

Cuando Teodora y Alfonso regresaron al siguiente día para buscar el cuerpo del niño, el charco de sangre de una cerda, que había quedado tendida cerca de donde estaba Baudilio, fue confundido con la sangre de él. No había rastro del pequeño. No había cuerpo.

El helicóptero y los volantes

Aproximadamente tres meses después, la selva de Ixcán fue blanco del Ejército de nuevo. Esta vez no fueron disparos los que salieron de los helicópteros ni bombas las que cayeron sobre la población en resistencia. Fueron cientos de volantes con la foto de Baudilio, un llamado a los adultos para que se entregaran en los destacamentos.

En ellos estaba el chico, que ya había cumplido diez años, acostado en la cama de un hospital, como simulando una recuperación, leyendo la Prensa Libre. Debajo de la fotografía, un mensaje: “Soy Baudilio Monzón. Gracias a Dios estoy recuperándome. Papá, mamá, Floridalma, Amparo, Edelmira (sus tres hermanas), compañeros, soy Baudilio… Gracias a Dios estoy vivo y con los ojos abiertos a la verdad, por favor, váyanse a Xaclbal. Allí los llevarán a donde yo me encuentro. Los espero”.

 

 

Junto a Baudilio, otros siete niños fueron arrebatados de la comunidad ese 18 de febrero. Los testimonios de la masacre cuentan que el Ejército se los llevó en un helicóptero y nunca más se supo de ellos.

La táctica del Ejército al secuestrar a los niños, explica Marco Antonio Garavito, de la Liga Guatemalteca de la Higiene Mental, era convertirlos en cebo para atraer a los familiares adultos y cuestionarlos o capturarlos. El objetivo era que se entregaran.

Arrancar la vida para controlar la vida

La desaparición forzada de una persona no solo genera traumas en ella, sino en sus familiares. Es una manifestación de poder la que las fuerzas estatales ejercían contra la población, pues, al arrancar a alguien de su entorno, también se controla la vida de su círculo cercano, pues, la sociedad los aislaba o ellos se aislaban. Es algo muy pensado, Es una estrategia psicológicamente elaborada, asegura Garavito.

Una comisión tardía

El 4 de febrero pasado, el Congreso de la República aprobó en segunda lectura la iniciativa 3590 para crear la Ley de la Comisión de Búsqueda de Personas Víctimas de Desaparición Forzada y Otras Formas de Desaparición. Lo que se intenta con este proyecto legislativo es crear una comisión autónoma que, durante 15 años, se dedique a la búsqueda de la verdad sobre las denuncias de desapariciones forzadas durante el periodo de 1960 hasta 1996.

La iniciativa no ha sido aprobada y se espera que pase en tercera lectura el próximo semestre, luego del receso legislativo. Fue una propuesta hecha en enero de 2007 por la exdiputada del Frente Republicano Guatemalteco (FRG) Mirna Ponce y el exdiputado por la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) Víctor Manuel Sales.

 

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Mario Polanco, del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), enfatiza sobre la importancia de crear de inmediato esta comisión para fortalecer la búsqueda de los desaparecidos y que el Estado juegue un rol protagónico en esa tarea, pues, a su criterio, el Programa Nacional de Resarcimiento se ha quedado corto con las medidas para favorecer a las víctimas.

“Se convirtió en un foco de corrupción y clientelismo. Solo durante la administración de Rosalina Tuyuc hubo una agenda seria para dar asistencia a las víctimas”, comenta Polanco.

Todas las pistas que se han seguido desde la Liga de Higiene Mental derivan en que Baudilio pertenece ahora al Ejército. Hay una alta certeza de que está vivo, aunque la pregunta que se hace es por qué no se ha comunicado con sus padres. Garavito señala que el Ejército no ha apoyado para favorecer el esclarecimiento de este o de otros casos que han investigado desde 1999. “Yo quiero mandarle un mensaje a Jimmy Morales como comandante general del Ejército para que nos ayude a buscar dentro de los registros de la institución armada”, enfatiza.

Al preguntarles a Teodora y Alfonso sobre la esperanza que mantienen sobre el posible reencuentro que tengan con él, la mirada cae.

“Hemos perdido la esperanza, pensamos que está enojado con nosotros. Quisiera aunque sea solo verlo, tan siquiera saber dónde está viviendo. Saber dónde está. La esperanza la tenemos perdida. De que está vivo, está vivo”, concluye Teodora.


433 niños
desaparecidos fueron encontrados en los últimos 17 años por la Liga de Higiene Mental.

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