Martes 18 DE Junio DE 2019
Domingo

Los secretos de la vida

Fecha de publicación: 05-06-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico

Sin-título-4César A. García E.

 

Hace trece años, murió mi viejito; en realidad nunca fue –literalmente– un viejito… es una forma referirme a él, con cariño… siempre lo hice así, aunque cuando estuve –en la edad de la idiotez, es decir cuando muchos de nosotros nos hemos sentido “Tarzán” (más o menos entre 14 y 18) le decía a secas “mi viejo”. Tenía “apenas” setenta y tres años, cuando se fue, y era –aún– un hombre robusto, saludable, “de buen diente” y de paso firme. Aunque en sus últimos años lució triste, no llegó a “…caminar lento, como perdonando el tiempo”, tal y cómo lo describe la bella canción “Mi viejo”, estrenada en 1969, por su autor argentino, Piero de Benedictis. Al día siguiente de su fallecimiento, me llegó a ver Mayro De León, un genial artista plástico de este país y un buen ser humano, de quien tengo –además del cariño recíproco, aunque hace rato no lo veo– varios cuadros y algunas esculturas. Me llevó un cuadro a tinta que hizo –para la ocasión– en una sencilla hoja de papel con perforaciones en la parte superior; me lo entregó –a manera de pésame– enmarcado negro e ilustra a un viejo cansando en una silla… y además escribió de puño y letra: “Los secretos de la vida llegan y se acomodan en nuestra casa, y luego, así nomás se llevan a uno de los nuestros para otra morada. Entonces uno quisiera hacer cualquier cosa para que eso no sucediera. Pero los secretos de la vida, son secretos”. Agradezco hasta el sol de hoy, el valioso gesto y gran regalo que permanece colgado, desde entonces, en un sitio importante –para mí– de mi oficina.

Traigo a colación el tema, no solamente por la nostalgia que recurrentemente me acompaña… con más frecuencia que antes, sino porque estoy persuadido de que las grandes pérdidas, traen, indefectiblemente, consigo grandes ganancias. Uno trata siempre de ganar, pero lo importante –repito reiteradamente a mis hijos– es lograr un buen “promedio”, porque no se puede ganar siempre, aunque siempre se puede luchar por ganar.

El lunes diez y seis de mayo, me pasó algo raro… algo que será una pérdida definitiva o fugaz, eso solo Dios lo sabe, aunque confío sea un achaque temporal. Me acosté agobiado, porque fue un día especialmente complejo, caluroso y con algunos incidentes que me extenuaron… uno de esos días en que uno dice ¡Que termine ya…! todos los hemos tenido. Serían las dos de la madrugada (ya del martes obviamente), cuando un feo zumbido me despertó; al principio no identifiqué que era, pero casi de inmediato supe era mi oído derecho el que lo producía y me di cuenta que no escuchaba –más que el ingrato zumbido– de ese lado. Me volví a dormir y amanecí sintiéndome fatal todo el día… no era la primera vez que me molestaba ese oído; antes me había causado mareos y había perdido –hace unos dos o tres años– la mitad de su capacidad, para percibir “los agudos”. Si era la primera vez que no escuchaba nada, con un oído y la situación era –por decir menos– incómoda. Acudí al médico el miércoles y me mandaron hacer una audiometría que revelaría muchas cosas, pero la principal –lo que ya sabía– me era imposible escuchar. El diagnóstico fue “sordera súbita”, también denominada por algunos, como “infarto en el oído”; las causas, pueden ser múltiples, son poco conocidas, así que se trata con diversos medicamentos, en la expectativa –médica– de “a ver qué pasa…”, aunque creo que –para el caso– debiera ser “a oír qué pasa”.

El rato de la audiometría fue algo triste, no escuchaba –prácticamente– nada con mi oído derecho… hasta que ¡Magia! Logré percibir –aunque como robotizada– la voz de la técnica y sentí como que fuese un milagro volver a escuchar con mi oído que sentí perdido… obviamente habrá puesto el volumen “a full” y de todas formas, la señal era imperfecta, pero fue genial sentir que la reciente pérdida se fuera, por unos instantes.

Me pareció raro que al terminar ese miércoles, la sensación de desolación que me rodeó en la mañana… se había ido por la noche… y aunque la tristeza ha vuelto a intentar apacharme, por ratos… no deseo “ponerle coco” y no lo hago. Pienso ahora, ¡puedo oír!… aunque no como antes, pienso, es una dicha tener dos oídos para que uno soporte al otro, cuando éste falla; agradezco tener dos ojos que son miopes pero que ven, las maravillas hechas para que las disfrutáramos, agradezco tener dos fosas nasales porque una funciona –siempre– mejor que la otra cuando ésta está congestionada, agradezco tener dos piernas que se ayudan –infaltablemente– a turnos y dos manos que recorren, el teclado de mi computadora, con agilidad y sin que las volteé a ver, mientras escribo estas líneas. Toda esta reflexión me hizo recordar que… solo tengo una boca; ¡qué gran lección!, allí no hay redundancia y recordé –que alguien dijo lo que repitió en algunas ocasiones mi, casi siempre, silente viejito– “tenemos dos oídos para escuchar mucho y una boca para hablar poco”; entonces pensé… debo usarla –estrictamente– para dar y no quitar, para consolar y no amedrentar, para aliviar y no cargar, para endulzar y no amargar, para la enseñar y no confundir.

Revisé mis pasos de tantos años, me regresé –mentalmente– a mi pasado, abracé a mi hijo menor camino a casa, quien –como mis otros dos hijos– me mostró su cariño y solidaridad, pensé –en el trayecto– que hace poco tan poco tenía su edad y ya me estaba “buscando la vida”… y ahora me estoy haciendo viejo, mientras él surge y apenas atisba su propia lucha… por su insoslayable independencia. Me hice, en mi mente, algunas preguntas existenciales que siempre se atraviesan, pero ya no tienen el tono –desde hace muchos años– de ¿Por qué a mí?, sino ¿Para qué a mí? El ¿Por qué a mí? No es más que una malcriadeza irreverente… por ingrata, porque nunca nos cuestionamos por qué nos pasan –inmerecidamente– tantas cosas buenas y hemos sido tan bendecidos, sino solamente lo hacemos, cuando el agua de la vida se torna –a ratos– amarga. Por el contrario, el ¿Para qué a mí? tiene una connotación de superación interior, de agradecer lo que se tiene, los inmerecidos favores de la vida y de Dios, la invalorable incondicionalidad de los –siempre pocos– amigos, la existencia de nuestros seres amados por quienes vivimos y nos afanamos, el ¿Para qué a mí? nos permite filtrar los reveses de la vida, a través de las piedras pomas de la sabiduría, la gratitud y el crecimiento… el ¿Para qué a mí? Siempre busca un propósito, a través de la adversidad… e invariablemente, lo encuentra.

Mientras mi Javier, viajaba conmigo en el carro, de vuelta a casa del trabajo –cosa que nunca había ocurrido antes– y me veía callado, con ojos de amor y con algo de pena… vi el cielo maravilloso que nos cobijaba y agradecí –desde mi corazón– poder vivir todo aquello, luego concluí diciéndome “es solamente un túmulo más que hay que superar pacientemente, y con el favor de Dios… en la bajada de la vida, ¡hay que seguir adelante!”… e inmediatamente recordé que “Los secretos de la vida… son secretos”. ¡Piénselo!