Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Domingo

El reto de Salomón

Roberto Ardón Quiñónez

Sociedad de Plumas

Fecha de publicación: 29-05-16
ILUSTRACIÓN VÍCTOR MATAMOROS > EL PERIÓDICO
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Un reconocido y apreciado constitucionalista guatemalteco me compartió la historia de cómo los jueces en la época del Japón imperial solían recibir a las personas que litigaban en sus tribunales y que solicitaban cita para exponerle sus respectivos casos. En esta circunstancia –me decía él– el juez solía escuchar a los visitantes atrás de un biombo y en algunas ocasiones, hasta afanado en alguna tarea manual, como la de moler las hojas del té que luego bebería. Cuando le pregunté el origen de esta curiosa costumbre, me explicó que cuando un juez atiende a un litigante y le ve a los ojos, una especie de empatía puede llegar a surgir entre juzgador y juzgado, y provocar que pierda la objetividad necesaria para fallar de una mejor manera en el caso. Los ojos suplicantes o cómplices de un cliente pueden comprometer el ánimo de un tribuno.

Hago mención de este episodio, porque debo llamar la atención a lo que veo como una práctica en estos días. En un afán por acompañar la labor de combate a la transparencia y la lucha contra la corrupción, una serie de manifestaciones y expresiones de afecto y solidaridad han comenzado a rodear el entorno de las personas que tienen a su cargo el conocimiento de casos muy delicados y de alto impacto. En ocasiones estos hechos han estado inspirados en un auténtico espíritu de apoyo a los juzgadores –muy del caso hay que decirlo por las amenazas a la integridad física de éstos–, pero entre estas muestras de solidaridad y la presión, buscada o no, que viene aparejada para fallar en tal o cual sentido, puede haber apenas unos pocos centímetros. Estos hechos se ven agravados por algunos reconocimientos que dentro y fuera del país están recibiendo los jueces. No es que uno cuestione si se los merecen. Lo que uno cuestiona es que los estén recibiendo en pleno ejercicio de su judicatura. Me parece que debería venir del propio juez un gesto de distancia y desapego hacia esas muestras que, sin pretender retratarlo como un personaje ingrato, mande una señal muy clara de independencia y de respeto a su investidura. Estoy seguro de que obrar así le reportará el reconocimiento de una comunidad que sabe de antemano que se resistirá a cualquier acercamiento, venga de donde venga.

Nuestros jueces necesitan y requieren el respeto de la sociedad, la protección adecuada para ejercer su labor y, por supuesto, el estímulo laboral producto de un buen ejercicio profesional. Pero ello no debe llevarnos a confundir estos aspectos con lo que puede leerse luego como un intento de generarle al magistrado un entorno donde se vea obligado moralmente a corresponder a quien le ha otorgado premios y distinciones. No podemos exponernos, como en aquellos concursos de televisión, donde el ganador es el que cosecha más aplausos, a que un juez muy humanamente busque sentirse halagado, resolviendo los casos en un cierto sentido. Muchas veces este mecanismo sicológico opera, incluso, sin que la persona esté consciente del mismo. De allí que sea necesario señalarlo y atajarlo.

De estos casos de correspondencia estrecha entre juez y audiencia hemos tenido ya algunas muestras desafortunadas en el pasado. También las exigencias de la cobertura mediática en ocasiones han puesto al juez en un papel estelar, que estoy seguro no debería gustar para nada, a quien quiera hacer su labor con apego a su conciencia y a la ley. Por último, he visto a algunos juzgadores hacerse rodear, literalmente rodear, de activistas y partes litigantes hasta en las mismísimas recepciones sociales. No es que uno pretenda aislar o convertir al juzgador en un ser extraño y distante; es que simplemente queremos ver en aquellos que tienen la responsabilidad de juzgar nuestros asuntos o los ajenos, esa actitud de “biombo y hojas de té” que le permitan fallar atendiendo a criterios de justicia y ley, y no necesariamente a los de la condescendencia o la popularidad. Ese es el reto para quienes hacen la labor de Salomón en nuestros días.

Sociedad de Plumas es una red de colaboradores comprometidos con promover en las páginas editoriales el balance, el contraste y la propuesta constructiva.

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