Martes 25 DE Junio DE 2019
Domingo

La refundación del Estado y el combate a las estructuras de la corrupción

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 22-05-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico

No se puede dudar que en la actualidad se ha globalizado la noción de “totalitarismo invertido”, con la cual el fallecido teórico norteamericano Sheldon Wolin describía la perversión de la democracia estadounidense. Para este autor, este tipo de totalitarismo suponía la desmovilización política de la ciudadanía inducida por el despliegue del poder corporativo. En efecto, la democracia liberal constitucional se ha visto vaciada por las estrategias de consolidación del “libre mercado” que alguna vez se concibió como el sistema económico que exigían los ideales liberales.

Desde entonces, una serie de patologías ha ido socavando el andamiaje de garantías que sostenían el constitucionalismo contemporáneo. Ni siquiera las garantías individuales se salvan ante la opacidad de los poderes de control y manipulación, y ante la creciente represividad del derecho penal.

Ahora bien, la comprensión de la realidad política de un país como el nuestro no puede entenderse al margen de estos desarrollos globales. En países como Guatemala, dicha dinámica destituyente se integra con las patologías históricas que profundizan los niveles de exclusión en aras de una oligarquía que ha usado al Estado para estabilizar su dominio socioeconómico. Estas tendencias históricas, en asociación con la violenta represión social que dominó gran parte del siglo XX, han generado vacíos de poder estatal que han sido ocupados por estructuras mafiosas y criminales, así como por el “poder organizado del dinero” del que hablara F. D.
Roosevelt. Estos fenómenos han transgredido los límites de seguridad de los
EE. UU. Cabe aclarar, desde luego, que el sistema global solo admite cierto tipo de corrupciones, como el que se gesta a través del lobby que se lleva a cabo en las grandes capitales.

En consecuencia, los EE. UU., en asociación con la CICIG y el MP, se ha embarcado en una lucha contra la corrupción que, empezando con las elites gobernantes, se ha extendido a los sectores oligárquicos de este país. Esta tarea amenaza con destruir a los grupos de poder que se han opuesto a todo intento de democratización de la sociedad guatemalteca.

Tales acontecimientos no esbozan, desde luego, el norte hacia el cual debe navegar una sociedad en cuyo futuro se avizoran crisis terribles. Los ideales de la transparencia y lucha contra la corrupción no agotan la empresa de la democratización. Por esta razón, es necesario distinguir entre el proceso de rescatar el Estado de los sectores corruptos que lo han cooptado y el proceso de su refundación.

La necesidad de hacer dicha diferenciación radica, al menos en parte, en el hecho de que la ciudadanía no responde con la misma vehemencia ante la progresiva desestructuración de la democracia que frente a los escándalos directos de corrupción. Por lo tanto, es una propuesta válida pedir que los movimientos sociales se involucren en la discusión de las reformas que surgen de diferentes sectores. Las reformas a la SAT, las medidas que combaten el secreto bancario, son medidas que deben ser discutidas y apoyadas por los movimientos sociales en la medida en que logran avances que pueden ubicarse en la tarea de refundar el Estado.

Desde luego, la situación no es simple, dada la misma corrupción enraizada en el Congreso y en el Gobierno. En esta dirección, el Instituto de Problemas Nacionales de la Usac (Ipnusac) ha propuesto apoyar reformas institucionales que, aunque insuficientes, adquieren relevancia cuando se ubican en la tarea general de promover sucesivas generaciones de cambios que vayan profundizando las necesidades de transformación institucional.

Aunque precarios, los canales institucionales aún pueden cumplir funciones positivas. El primer ministro griego Alexis Tsipras ha instado a la participación “tanto a través de las instituciones existentes como mediante la creación de nuevas instituciones”. Daniel Innerarity considera que la democracia supone “un equilibrio… entre lo que exigen los principios y lo que las circunstancias permiten”. Un enfoque político profundo no puede olvidar que la política es el arte de lo posible.

Los movimientos ciudadanos que luchan por consolidar agendas sociales unificadas deben identificar en tales reformas los pequeños avances que abonan hacia sus objetivos de refundación. Desde luego, ningún proyecto reformista puede sustituir la tarea de refundar el país, el cual debe constituir el horizonte último de la acción política democrática. Pero este objetivo requiere la creación de consensos ideológicos que se tornan difíciles de alcanzar en la medida en que se necesita trascender no solo la fragmentación inducida por la ideología neoliberal, sino también la histórica conflictividad que dificulta los acuerdos en el seno de los movimientos progresistas. Pero mientras se logra la constitución de un poder político unificado
–tarea que ya ha empezado– se puede luchar por cambios puntuales dentro del sistema, precipitando hasta donde sea posible el derrumbe de las estructuras políticas más irracionales.

No hay tiempo que perder. Los movimientos ciudadanos deben apresurar sus acciones tácticas y estratégicas con la conciencia del aceleramiento de los procesos que, como el cambio climático, terminarán por imponer cambios realmente radicales. Cuando este momento llegue, será conveniente no tener enfrente a los sectores que han impedido la humanización de nuestro país.

*Algunas de estas ideas fueron desarrolladas a partir de la discusión que generó una conferencia dictada por Ricardo Barrientos, en el Instituto de Problemas Nacionales de la Usac, el 16 de mayo del presente año.



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