Viernes 18 DE Octubre DE 2019
Domingo

Héctor Interiano, a las 6 y media de la tarde de un lunes cualquiera

Fecha de publicación: 15-05-16
Foto Mauro Calanchina / Ilustración Víctor Matamoros > El periódico

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Manolo E. Vela Castañeda

manolo.vela@ibero.mx

 

Se te identificaba rápido: tu pelo largo, peinado a dos aguas, tu bigote, a veces usabas barba también, una barbita dibujada. Y tus lentes, de aro grueso, como se usaban entonces, y tus zapatos de plataforma. Eras inconfundible. Todo eso era tu marca, ese eras vos. Pero este eras vos en 1978, como en la foto que ilustra esta nota. En 1984 ya eras otro: pelo corto, a veces te dejabas el bigote, pero nada más, traje formal, lentes de aro delgado; con lo que se comprueba que todos cambiamos, unos más, otros menos.

Te metiste a estudiar Economía en ese nido de comunistas que, a finales de los años setenta, era la Universidad de San Carlos; el mero mero foco de la subversión. ¡Qué va! Ya los militares no hallaban ni qué inventar. Allá se hacía lo de siempre: estudiar, investigar y algo más. Pero a los militares siempre les ha dado miedo el conocimiento, la gente que lee, que estudia, que pregunta, que sabe hacerse de una opinión propia.

Te tocó vivir los años gloriosos, donde, por un momento, se pensó que iba a ser posible cambiar –un poquito, o mucho, quién sabe– el país. Pero no se pudo y aquello terminó en tragedia. Y ese “no se pudo” está lleno de muertos, miles. Entre ellos, tus amigos, que te tocó ver de cerca cómo iban “cayendo”. El eufemismo para decir que te tocó ver cómo desaparecían e imaginarte cómo habrán sido salvajemente torturados y asesinados, botados sus cadáveres en alguna parte, si bien les iba. Así pasó con Baiza (Manuel Alfredo Baiza Molina), capturado el 14 de mayo de 1984, en los helados Pops de la Avenida de las Américas. Ahora, cuando un domingo cualquiera usted va allí, a pasos y pedales o qué sé yo, a comerse un su helado, un día cualquiera, recuérdese de esto: que allí mismo fue capturado uno de esos patojos que lucharon porque Guate pudiera ser un país mejor. Y lo asesinaron, supuestamente un 1 de agosto de 1984 y de su cuerpo –hasta hoy– no se sabe nada.1 Y así podría seguir enumerando, a uno, y a otro, y a otro más, y no acabaría este relato.

Te tocó ver el ascenso del ciclo de movilización social, en 1977 y 1978, cuando la gente dijo basta, y salió a las calles a reclamar sus derechos. Y la reversión de este, que las fuerzas de Lucas García lograron a sangre y fuego, matando a uno y a otro dirigente, o activista, a todo lo que se interpusiera en su camino para proteger al sistema.2  Y después, cuando todo había acabado y vos sobreviviste, decidiste seguir, ya cuando estar en la AEU (la Asociación de Estudiantes Universitarios) era una locura. Vos dijiste aquí estoy yo, con ustedes, compañeros. Fuiste del secretariado de Oliverio, de FRENTE, como parte del grupo Unidad de Vanguardia Estudiantil, UVE-Praxis, de la Asociación de Estudiantes “Manuel Cordero Quesada”, de la Facultad de Ciencias Económicas. Entonces era 1978, a tus 23 años, sin saberlo, estabas a seis de tu encuentro con quienes iban a secuestrarte.

Una noche, durante un receso entre clase y clase, tus compañeros te bromeaban, diciéndote que ya mejor te fueras del país, porque si no te iban a poner de apodo “muerto al que no le han avisado”. También trabajabas como auxiliar de investigación en el IIES (el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales) de la facultad, que por aquel entonces reunía a mucho de lo mejor de la intelectualidad guatemalteca.

Y el lunes 21 de mayo de 1984 llegaría el día: tu encuentro con los señores de la muerte. El 19 habías regresado a Guate, por El Salvador, porque creías que, ante el secuestro de Carlos Ernesto Cuevas Molina, el secretario de la AEU, vos tenías la obligación de estar allí, de apoyar de alguna forma. Y desde aquella tarde que saliste de tu casa, a las 2, ya no supimos nada de tu vida. Un carro “como los que usaba la judicial” te estaba esperando en la entrada de la U. A las 6 y media de la tarde Elizabeth, tu esposa, te esperó, como habían quedado, en la parada del restaurante Pollo Campero de la Avenida Bolívar, y nada. Entró al lugar, como habían quedado, para dar otro chance a que llegaras. De allí en adelante, todo se llenó de niebla, de miedo, de dolor, de memoria.

Tu secuestro, junto al de Carlos Ernesto, Gustavo Castañón e Irma Marilú Hichos (ocurrido ese mismo 21), deparó el cierre de la AEU. Se acabó, como era el plan de los militares. De Oliverio, en 1978, hasta 1984, con Lucas, Ríos Montt y Mejía Víctores, la dirigencia de la AEU soportó siete años atroces. Eran patojos, que, sin más armas que sus libros y sus cuadernos, se enfrentaron a bandas armadas de asesinos despiadados con todos los recursos del Estado a su disposición. ¡Hoy exigimos justicia, carajo!

Después de secuestrarte el 25 de mayo, tus captores llegaron a la casa de Betty, tu compañera, Elizabeth Florián, en la zona 7 de la ciudad capital, para seguir haciendo lo que mejor sabían hacer: matar. La suerte hizo que ni ella ni tu hijo de nueve meses estuvieran todavía allí. Salieron a la mañana siguiente del día de tu secuestro y ahí empezaron a encontrar gente que iba atenderles la mano.3 Ella regresó, 15 días después, para recoger ropa y otras cosas, que en las carreras de aquella mañana que salieron fue imposible cargar.

Este 21 de mayo harán 32 años que ya no supimos de vos, pero te recordamos, mirá. Y le escribimos este pequeño homenaje a tus sueños, a tu lucha, a tu valentía para seguir, cuando ya todo en este país se había puesto color de hormiga, como entonces, recuerdo, solía decirse. También, a la lucha de tu esposa, Elizabeth, a tu mamá, doña Ángela Ortiz de Interiano, y tu hermana, Lidia, quienes hicieron parte de esa inmensa gesta de corazón y coraje que, en 1984, fue el Grupo de Apoyo Mutuo.

En la Biblioteca Latinoamericana de la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, está el archivo de los papeles que, ordenadamente, en tu oficina del IIES fuiste guardando. Este es el mejor archivo –de acceso público– sobre la organización en la que también militabas: el Partido Guatemalteco del Trabajo. En muchos de estos papeles pueden leerse tus anotaciones, al margen. En ellas se deja ver la agudeza de tu pensamiento, tu inteligencia. Se ve que eras, como se decía en aquellos años: un cuadro. Qué va un cuadro, un gran dirigente. Cómo nos has hecho de falta en todos estos años, a tu esposa, a tu hijo, a tus papás, a tus hermanos, y a tu hermana. Y a Guate, gobernada unas veces por ladrones, otras por gente inepta, muy inepta, tarados pues, como ahora.4


 

1.- Estos son datos contenidos en “El diario militar”, que se pueden consultar aquí: http://bit.ly/1s4essP
2.- La mejor obra para entender este proceso, desde la ciudad de Guatemala, es el “Oliverio” de Ricardo Sáenz de Tejada.
3.-  Carta de Elizabeth Florián a sus amigos y amigas, ciudad de Guatemala, mayo 2007.
4.- Esta nota fue posible gracias a entrevistas realizadas a varios amigos, compañeros y profesores de Héctor, quienes no quisieron que sus nombres se dieran a conocer. Pero especialmente a su esposa, Elizabeth Florián. A todos ellos un agradecimiento muy especial por haber compartido sus recuerdos y darme un poco de su tiempo.