Sábado 18 DE Noviembre DE 2017
Domingo

El activismo político en las redes sociales

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 08-05-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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Uno de los problemas cruciales que enfrentan las sociedades contemporáneas es la indiferencia ciudadana hacia la política. Esta anomalía alcanza su grado máximo en fenómenos como la crisis del sistema de partidos políticos y la creencia, ideológica en sí misma, de que las ideologías han desaparecido. Ante este hecho, no es de extrañar que importantes sectores sociales se empeñen en identificar nuevas formas de participación política.

Dentro de esta búsqueda, el desarrollo de las redes sociales basadas en el Internet ha planteado expectativas optimistas. Manuel Castells ha calificado a los movimientos en la red como “espacios de autonomía en gran medida fuera del control de gobiernos y corporaciones”. Ejemplos notables son, entre otros, la malograda “Primavera Árabe”, el movimiento Occupy Wall Street y el movimiento de los indignados en España. Estos movimientos, en la opinión de Castells, crean comunidades libres y espacios públicos que despliegan sus efectos políticos en movilizaciones en el ámbito urbano. Estos se hicieron presentes en el país el año pasado, cuando las redes digitales ayudaron a configurar el movimiento ciudadano que contribuyó a la salida del poder de Otto Pérez Molina.

Ahora bien, la cercanía histórica del fenómeno de la política digital hace imposible, aún en tiempos acelerados como el nuestro, una evaluación más o menos objetiva de ellos. Al final de cuentas, la suerte de estos movimientos ha sido desigual, como lo prueban los tristes desenlaces en los países árabes y la institucionalización política de Podemos en España. Las dudas son válidas especialmente para un país como Guatemala, en virtud de la profunda conflictividad que subyace a nuestros procesos políticos. Es posible, sin embargo, plantear algunas reflexiones al respecto.

Debemos percatarnos, antes que nada, que las tecnologías de la información, especialmente las que se despliegan en el Internet, han incrementado la participación ciudadana a través del incremento de los niveles de discusión, movilización e información. La participación constante en las redes ha agudizado la conciencia global acerca de la necesidad de transparentar la actividad política en general.

El hecho de reconocer esto no debe llevarnos a obviar ciertos problemas. Daniel Innerarity señala que los contenidos canalizados en las redes sociales fluyen siempre hacia un espacio previamente configurado por relaciones de poder. En ese sentido, las redes sociales pueden prestarse a procesos de manipulación por parte de sectores que poseen los recursos respectivos. Los medios digitales, al igual que los impresos, no son inmunes a la lógica del escándalo. En esta dirección, vale la pena preguntarse por las razones de la pérdida de fuerza del movimiento ciudadano guatemalteco y los factores que pueden contribuir a su revitalización.

En segundo lugar, no puede ignorarse el hecho de que las redes sociales generan modalidades de comunicación que en sí mismas pueden corroer las relaciones sociales que son necesarias para construir un orden político sólido. El internet amplía la extensión de la comunicación, pero también la fragmenta. Por tal razón, diversos autores han reflexionado en el individualismo que se incuba en el ámbito digital, en donde disminuye la riqueza de las interacciones concretas y experiencias comunes que ayudan a constituir una esfera pública idónea. La configuración de una red de amigos en Facebook, por ejemplo, crea comunidades en las que el acuerdo o el disenso se somete a la lógica reductiva del like. Es evidente, sin embargo, que la construcción de los acuerdos políticos que necesita Guatemala demanda procesos arduos, de auténtica apertura hacia el que piensa diferente. La crítica incesante que circula en las redes puede socavar los acuerdos necesarios para las necesarias transformaciones democráticas.

Debe reconocerse, por lo tanto, que la democracia digital no es genuina democracia, así como la amistad del Facebook no es una expresión auténtica de la verdadera amistad. El “activismo de sofá”, como lo denomina el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, puede dificultar el diálogo profundo que es imprescindible para identificar los caminos por los que necesita transitar una sociedad para salir de la crisis que obscurece nuestro futuro.

Para que el poder de las redes despliegue sus efectos positivos, es necesario injertar las nuevas modalidades de participación política dentro de la amplia variedad de recursos políticos que se han configurado a lo largo de la historia. Nada puede substituir la experiencia humana que surge en el calor de la asamblea; el encuentro directo con el rostro del otro estimula esa moderación de las propias expectativas que lleva a una genuina negociación. Se trata, por tanto, de identificar formas de actividad política en las que el poder de las redes coadyuve a la formación de un sentido de comunidad que profundice el reconocimiento mutuo entre los seres humanos.

En conclusión, el sentido de participación horizontal que fomentan las redes sociales debe prolongarse en procesos asamblearios en los cuales debe discutirse, sin protagonismos debilitantes ni rigideces autoritarias, los pactos profundos indispensables para alcanzar un futuro inclusivo. Desde mi perspectiva, parte de la tarea consiste en recuperar los canales de convergencia, que como en el caso de la Plataforma para la Reforma del Estado organizada por la Universidad de San Carlos de Guatemala, plantearon un esfuerzo dialógico sin precedentes en Guatemala.