Martes 19 DE Febrero DE 2019
Domingo

La Terminal de sueños

Un mercado y una estación de buses, un submundo dentro de la ciudad de Guatemala, eso es La Terminal. Ahí trabajan decenas de niños y niñas, o según ellos, ayudan a sus padres en el trabajo. Viven en la pobreza, mueren en la pobreza, en la tristeza. Donde a los niños se les apagan las esperanzas de soñar. Estas son historias que ya se han leído antes, pero, que siguen siendo invisibles.

Fecha de publicación: 01-05-16
Fotografías: Alex Cruz elPeriódico Por: Pavel Gerardo Vegax pvega@elperiodico.com.gt
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Es la mitad de la noche, la ciudad entera duerme. En los condominios de lujo los niños están arropados bajo sus espesos edredones y en sus propias habitaciones, sueñan despreocupados de las responsabilidades de sus padres. El reloj continúa su paso, las agujas siguen rotando. Son las dos de la madrugada, y a unos 4 kilómetros de esos pequeños que duermen, se escuchan murmullos, las bocinas de los vehículos alarman a los transeúntes, las luces de los comercios guían los caminos, es La Terminal, el mercado más grande de Centroamérica, la última estación de los buses extraurbanos, la última estación de los sueños infantiles.

Llegan las tres de la madrugada. Es el momento de despertar para Elvis y su familia. Él tiene 12 años, y hace siete que trabaja al lado de sus padres. En su vivienda, que es alquilada, viven ellos tres, junto con otros nueve hermanos, en total son 12, pero ya algunos contrajeron matrimonio. Todos duermen en una habitación, mientras mamá y papá en otra. El único ambiente extra que existe dentro de su domicilio es la cocina. La primera tarea de Elvis luego de despertar es bañarse, aunque no lo hace en una ducha dentro de su casa, sino que debe alquilar una, si desea hacerlo  con agua caliente serán Q7 o con agua fría por Q5.

 

> Caminar tranquilamente por los callejones del mercado más grande de Centroamérica es un desafío para cualquier persona. De la izquierda viene un tumulto de comerciantes con costales al hombro, tienen prisa, solo avisan que pasan. De la derecha, compradores ofuscados buscando los productos que requieren, deben ser cautos de los delincuentes sutiles, tienen prisa, solo avisan que pasan. Por el frente y por atrás la misma situación sin descanso. En medio de esa marea tormentosa, al lado de un puesto de donas, como aferrándose a un punto de soporte, está Chico, o Francisco, un pequeño de diez años que apenas puede asomar la cabeza entre la multitud. Su oficio es vender bolsas para la compra, las cuelga en su cuello para ofrecerlas mejor, son de su tamaño completo, le cubren todo el cuerpo. Su mirada asustada responde al ajetreo de la gente pasando y atropellándolo. Vende las bolsas a Q5 cada una, si por alguna razón Chico se desvaneciera entre esa multitud, sus padres, al otro lado del mercado, no se percatarían.

 

Elvis vive a unos minutos del puesto en donde sus padres se dedican a vender fruta, cualquiera que sea, porque depende de la temporada. Dice que no le da tiempo de desayunar, y que tampoco le gusta porque no le da hambre. Según su madre, la madrugada es cuando más se vende porque hay más acción dentro del mercado. El movimiento de la gente, los comerciantes y los compradores es altísimo a esas horas.

Entre las 6:00 y las 7:00 horas la marea baja. El tiempo pasa lento y la fruta espera a los compradores en un cesto inmenso. Elvis se sienta en el borde de una carreta de madera, contempla a los transeúntes, observa la fruta que no se ha vendido, baja la mirada. “Cuando no hay venta me aburro”, lamenta. Pero, su rostro no solo denota aburrimiento, también denota cansancio y tristeza. Sus pequeños ojos negros no dejan de contemplar el camino, a la gente que se mueve y que no se detiene a mirar los jocotes que mamá ofrece.

Así se mantiene durante unas cinco horas, desde su llegada al puesto hasta el inicio de las clases. Porque Elvis estudia desde hace tres años aproximadamente, su perspectiva del mundo no se concentra en el kilómetro cuadrado que encierra a La Terminal.

El faro

De los1,500 niños, niñas y adolescentes trabajadores en La Terminal, unos cien asisten a cursos de instrucción alternativa. Una oportunidad que les da el  Programa de Educación del Niño y Niña Adolescente Trabajador (PENNAT) para mantener su trabajo, pero desarrollar conocimientos con el fin de trascender del mercado.

En La Terminal hay dos aulas del programa, una cerca de “la Tomatera” es a donde asiste Elvis. Su concepción del proyecto es positiva, cree que estudiando podrá comprender más el mundo y tendrá más herramientas para enfrentarse a él, aunque no se plantea aún el futuro que quiere, que merece.

“El trabajo infantil es el reflejo de la pobreza del país, que los niños trabajen significa que las familias no tienen la capacidad de sostenerse”, comenta Lenina García, directora del programa. Y Elvis da la razón a este enunciado.

Su familia es originaria de San Marcos, desde allá se trasladaron a la ciudad en busca de desarrollo, aún no saben si lo encontraron. En algunas ocasiones viajan a la costa sur para cortar caña o café, una actividad que hacían anteriormente con sus hijos. Sin saber que lo que cuenta podría ser catalogado como explotación infantil, Elvis confiesa que su hermana y otros de sus hermanos mayores ayudaban en el corte de caña y café cuando tenían aproximadamente entre 11 y 13 años, un justo por debajo de lo permitido por la ley. Él nunca participó en eso, asegura. Y cuando se le cuestiona si sus padres le pagan por el trabajo que realiza, él dice que no es exactamente un trabajo lo que él hace, sino apoyar a su padre. Y la repregunta es sobre la autorización de sus padres para cesar sus labores junto a ellos y dedicarse exclusivamente a estudiar y a vivir como niño, él dice que sí lo aceptarían, pero él no.  Si su papá le diera la oportunidad de dejar de trabajar, no lo haría. “Me quedo con un gran dolor de verlo trabajando ahí solo, no me gusta”, relata.

“A través del programa intentamos que la educación sea una posibilidad de que los niños comprendan su realidad y les sirva para entender por qué son niños trabajadores, que sigan estudiando y de romper ese círculo de pobreza, para nosotros, la educación es una vía de emancipación”, opina García. Es un esfuerzo que ha tenido frutos, algunos niños del programa han llegado a la universidad y eso les permite otra realidad. Aunque, en el caso de otros, el círculo es a través y extensivo.

 

Joaquín tiene ocho años, trabaja en La Terminal vendiendo dulces. Se asusta fácil cuando le cuestionan porqué trabaja y no estudia.

 

El procurador de los Derechos Humanos, Jorge de León Duque, interpreta la realidad de Elvis y de toda la niñez trabajadora como una debilidad del Estado en la implementación de programas para prevenir y erradicar el trabajo infantil. “Es una clara violación a los derechos humanos que afecta su proyecto de vida, su salud física y emocional”, enfatiza De León.

A sus 12 años, Elvis aún explora los conocimientos de la primaria de educación formal en PENNAT, pero está decidido a continuar. Así como está decidido a marcharse de la ciudad, y quizá también del país. Ese es su proyecto de vida.

Lejos de La Terminal

Sentado en una de las sillas de madera del aula cerca de “la Tomatera”, Elvis relata sus aspiraciones, sus temores, sus ansias. Su porte de niño no se encuentra, ahora conversa como adulto.

Se recuesta en el respaldo del asiento y con un tono despreocupado atiende a las últimas preguntas.

No sabe qué quiere ser cuando crezca, está pensando otras cosas qué hacer, pero no lo ha pensado bien. Todos sus primos le dicen que vaya “al Norte” pero le da miedo arriesgarse. Su cuñado lo quiere llevar primero a él con su hermana, la que trabajó en la caña cuando era adolescente.

“No tengo edad para tener mis cosas propias, pero cuando tenga unos 14 o 15 años ahí sí me puedo arriesgar, pero ya con otra fuerza”, comenta. También tiene otros proyectos en mira. “Todos me echan la mano, otros me quieren llevar a México, yo tengo ventajas, me están llamando para que vaya a Jutiapa, otro me dice que vaya a El Rancho, no sé qué decisión voy a tomar”, cuenta, pensando solamente en trabajar, porque para niños como Elvis, no hay esperanza para planear otro futuro. Si no se trabaja, no se come.

Su futuro se definirá en dos años aproximadamente, aunque no sabe muy bien la edad exacta, está muy seguro de que se irá a Estados Unidos. Aquí sus sueños acabaron en La Terminal.

 

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Elvis contempla el espacio derrumbado tras el incendio que atacó el mercado hace dos años. Contempla también su futuro lejos de La Terminal.

800 mil niños y niñas


trabajadores existen en el país según la Organización Internacional del Trabajo, aunque conforme a las estimaciones del PENNAT son aproximadamente
1 millón 500 mil.

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