Martes 11 DE Diciembre DE 2018
Domingo

Frente a la crisis del concepto de soberanía

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 24-04-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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Cuando el filósofo español Carlos París, bajo la influencia de José Saramago, decidió titular a lo que sería su obra póstuma como La época de la mentira, proporcionaba un diagnóstico del núcleo de la crisis civilizacional contemporánea. Esta acertada designación de la actualidad adquiere su razón de ser del hecho que el ejercicio político del reino mundializado del dinero depende del secreto, de la simulación, de la invisibilidad, del fraude y del robo. En la misma dirección, el desaparecido Ulrich Beck consideraba que una de las mentiras fundamentales de nuestro tiempo –una “época presuntamente apolítica”– es aquella “promesa de que todos los que se sometan a los mandamientos del mercado global serán bendecidos con la riqueza terrenal”.

Las mentiras del neoliberalismo –expresión discursiva de la plutocracia global– se han impuesto a través de estrategias que inducen a la despolitización de la sociedad contemporánea. La precarización de las condiciones de vida, la manipulación mediática y las estrategias de control basadas en el miedo y la tecnología han dado un barniz de legitimidad al asalto tecnocrático a una política ya afectada por el cáncer de la corrupción. De este modo se ha arribado, de manera gradual, a una situación irracional en la cual la riqueza del uno por ciento más rico supera a la que posee el cincuenta por ciento del contingente global de pobres.

En este contexto de simulación generalizada, destaca el uso selectivo del concepto de soberanía. Es así como las élites oligárquicas de este país apelan a la soberanía para enlistar a una sociedad que nunca olvida la manera en que estos han perforado nuestra soberanía cuando conviene a sus intereses. Basta recordar la vergonzosa intervención de 1954 para dar un rotundo mentis a la súbita dignidad nacionalista de estas élites. Es evidente que la insistencia oligárquica en la soberanía denota más el temor a que se desenmascare la traición a los intereses fundamentales del pueblo guatemalteco, que el intento de recuperar un concepto clave de la arquitectura política moderna.

En todo caso, vale preguntarse de qué soberanía legítima se puede hablar después del colapso del Estado en la globalización capitalista. Como se sabe, este término denota, en las palabras de Bodino, “el poder absoluto y perpetuo de una República”, atributo que la modernidad política adjudicó al pueblo. Sin embargo, esta simple caracterización se entrampa en los problemas que plantea la representación “democrática”, el fracaso del sistema de partidos políticos y el desmantelamiento del Estado.

En realidad, la pérdida de soberanía es un fenómeno constatable para muchos países que han venido a ser “entidades caóticas ingobernables” –para usar la denominación que el peruano Oswaldo de Rivero aplica a la mayoría de estados contemporáneos. Y ya no puede extrañar que surja esa idea cuasi-arquetípica de soberanía, presente ya en Bodino, y que fue recogida por el controversial jurista alemán Carl Schmitt en su polémica contra Hans Kelsen, cuando decía que soberano es “quien decide sobre el estado de excepción”.

¿Es raro entonces que, frente al presente colapso del Estado guatemalteco, los EE. UU. asuman ese sentido mínimo de soberanía subordinado a sus intereses, los que muchas veces coinciden con las perspectivas de sus grandes consorcios transnacionales? Después de todo, el Estado guatemalteco no puede gestionar un orden interno que elimine los microleviatanes creados por la mafia y el crimen organizado.

Nuestro Estado apenas es capaz de promover momentos de gobernabilidad en apabullantes situaciones de emergencia que, al final, vacían de contenido a la democracia constitucional. Recuérdese, para mencionar un ejemplo, cómo los sectores exportadores justifican sus privilegios fiscales remitiéndose a la necesidad de preservar el empleo precario. Estos sectores son capataces locales de un sistema global que busca eliminar a los que son incapaces de generar alguna rentabilidad para el sistema de latrocinio mundializado. Hoy por hoy las instituciones del Estado guatemalteco, amenazadas por las más indignantes políticas de austeridad, no son capaces de garantizar virtualmente ningún derecho humano.

La tarea de recuperar una soberanía dotada de legitimidad, es una misión ciudadana en la que se deben inventar estructuras políticas capaces de expresar la autodeterminación democrática de las sociedades en un mundo que afronta encrucijadas globales. En el caso de nuestro país, se trata de plantear la movilización política con base en el avance de alternativas al (des)orden global. En particular, se trata de viabilizar aquellas formas de vida que recuperen las dimensiones comunales que se ubican en los cauces de nuestra cultura profunda. Este empeño se debe ubicar en ese necesario diálogo global que surge de la inminencia de peligros que, como el cambio climático, ponen en riesgo la supervivencia digna de la humanidad.

Ante un gobierno que no da muestras de reconocer la profundidad de la crisis multisistémica que enfrentamos, la sociedad guatemalteca debe embarcarse, con un sentido de urgencia, en procesos de transformación que hagan prevalecer lo humano sobre la rentabilidad. Esta misión debe desembocar en la refundación del Estado. Labrar un futuro con sentido es una tarea que corresponde a una ciudadanía que ya no puede eludir su responsabilidad frente a las futuras generaciones.

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