Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
Domingo

El lustrador de San Mario

Fecha de publicación: 24-04-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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César A. García E.

 

Desde abajo y cabizbajo, concentrado en sus quehaceres, el muchacho lustrador, saca brillo a los zapatos… de un patán perpetrador. De transas y chismorreos, de corrupción apestosa, de poderes clandestinos, de yerros y desatinos… sirviente de los cretinos. Últimamente su cliente, parece algo diferente; está pálido, asustado, trata de ser más prudente… se convirtió de repente, en hidalgo malogrado, seriamente contrariado. Sin embargo aquel muchacho que siempre le ha atendido, sabe que es, solo un bandido, un cínico y un bribón. Obviamente que su cliente, nunca lo ha visto a los ojos, solo le alarga la mano, para darle dos quetzales que le cuestan sus servicios… servicios tan honorables, sencillos y tan bien hechos que revisten dignidad y están lejos de los vicios.

Su cliente es un diputado, y al patojo –su abuelito– sabiamente le aconseja, no deje su caja de lustre, porque puede suceder que su cliente tan frecuente, sea solo un delincuente y lo deje sin comer; sustrayendo de la caja, un cepillo o una pasta, un trapo ya bien domado, el tinte y hasta el pistío. El imberbe lustrador, siguiendo atento el consejo, cuida bien sus utensilios, entregando a su empleador, un diario para que vea: lo que de él se habla y se dice, cómo salió en la portada y cómo se babosea, a cándida gente honrada… manteniendo así al ladrón, con las manos ocupadas. El diputado es San Mario que se viste de decente, implacable y buena gente. Hoy regaña a diputados, habla de buscar a Dios, profiere “sabios” consejos e incluso corrige a otros… llamándoles “lustrador”. Eso ocurrió no hace mucho, cuando serio y disgustado, callaba a otro diputado, invitándole a que hablara con respeto y propiedad, finalmente –y como ajuste– le convidó abandonara… su invisible caja de lustre.

Es decir que el diputado que ahora se viste de honrado, teniendo cola tan larga como la de una lagartija, pretende que lo respeten, que le rindan reverencia y hasta besen su sortija. Pero entretanto el protervo, denigra a los lustradores, pensando que es más que ellos y ante su afrenta al trabajo, modesto más muy honrado, se han quedado muy callados: los defensores de etnias, las feministas de siempre, los que “luchan por derechos” del indígena, el ladino, la mujer y el anodino. El lustrador se ha enterado de las feas bocanadas que ha proferido San Mario, en tétrica discusión, con su homólogo –brincón– José Conrado García. Le dijo claro San Mario, buscando que se callara: “Guarde su caja de lustre” y presto, a regañadientes, le pasaba la palabra… a otro útil semoviente.

El honesto lustrador, el muchacho laborioso, llega sudado y furioso, después de ver la noticia… en la que su indecente cliente, agravia su ardua labor. Su abuelo que le conoce –y lo vio todo en la tele– le abraza y dice al oído: “No te preocupes mihijito, esos son unos pendejos, no saben de trabajar, de ser dignos, ni parejos. No escuches lo que ellos dicen, son tan solo babosadas, son engaños y charadas, con las que se siguen hartando. Recuerda lo que te he dicho… nunca admires la opulencia, si esta parte de indecencias, ni los cargos ni el derroche; recuerda que existe un sábado… que le toca a cada coche; y fíjate en el sendero, faltan aún más marranos… por llegar al matadero. Algunos serán políticos y sus socios o sirvientes, vendrán malos empresarios con cara de buena gente, habrá también disfrazados, algunos de intelectuales o simples atarailados”. El muchacho se sonríe, besa en la frente al abuelo… y contesta sin dudar: “Tenés razón abuelito, fíjate que ese pelón, luce raro, distraído, además se ve cansado; creo que ya debe mucho, que su justicia está en ciernes y sin duda sentirá… como que si fuera viernes. ¡Piénselo!

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