Viernes 24 DE Mayo DE 2019
Domingo

El Circo del Terror…

Fecha de publicación: 17-04-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico

César A. García E.

Imposible no sentir la insoportable hedentina que emana de aquel lugar de vistoso colorido y sin ninguna letrina. Ni un sitio está reservado… y sin embargo es el circo, más caro nunca observado. Bancas feas, quebradizas, se amontonan y se arriman… alrededor de la pista. Están puestas sobre un piso, de tierra ya muy mugrienta, donde se le levanta un tufo de orines y de indecencia. Conforme pasan las horas, la pestilencia no es más, no porque no esté presente, sino porque se acostumbra, la gente de aquel lugar… que llegaron a ver circo, a olvidarse de las penas, de injusticias tan terribles… de quien sufre y quien pepena; el humor de tanta gente –no todos bien bañaditos– hace subir el calor y el hedor se multiplica… pero también –con el tiempo– todos felices contentos, no sienten más el hedor y ansiosos y atolondrados, esperan con gran furor. De pronto apagan las luces, sale el jefe de pista, con su banda, su collar, saluda a la concurrencia… con parsimonia azarosa, y toda la multitud, absorta por el parlante, se anima a alzar la testa, acomoda su trasero, sigue la luz seguidora y escucha con atención. En su rollo, el disfrazado, mediocre y ensimismado, empieza a buscar palabras y a decirlas a granel… vacías y rebuscadas, paja barata amañada, paja que esconde maldad, maldad que se oculta atrás… del circo y la fatuidad. La pista ya luce pulcra; la acompañan cortinajes, luces, sonido… andamiajes. La gente pierde noción, de la suciedad del circo y aplaude con emoción, a quien hoy viste de gala, representado esperanza, valores tan añorados, principios ‘“bien cimentados”’ y el lugar está colmado de ovaciones y pasión, además muy adornado, por las vistosas banderas de FCN-Nación. En un rincón –apiladas– hay banderas desteñidas, que serían amarillas, celestes, verdes, naranjas, ahora sirven de cobijo a las hienas, los chacales y otros sucios animales que parece no mandaran… pero viven en el circo y además comen de éste.

En su insufrible discurso, el payaso gesticula, se acomoda la chaqueta y por la pista circula. Invita a que pase pronto, la niña que ha fallecido, afuera de un hospital… se rasga sus vestiduras, grita que esto no es posible, es cruento y es inmoral. Acto seguido –y sin pausa– el disfrazado fachoso, denuncia a otro mentiroso y le pide su renuncia. La gente que está expectante, vitorea, se alborota, grita ¡Que viva el payaso! y su ego se atiborra. Las viejas madrugadoras que están en primera fila, lanzas besos al payaso, se demuestran sus pasiones, ofrecen darle besitos y hasta le tiran calzones. El jefe de aquella pista, ya sintiéndose en la gloria, hace pasar a dos soldados, y les ordena –“engazado”– exhiban los escritorios; habla de viejos agobios que “antes” eran de estudiantes, pero que él se ha preocupado de proveer los pupitres, para que –en su mandato– aunque se mantenga hambre… el amo no sea el buitre. Otra vez sendos aplausos, otra vez más emociones, otra vez viejas mañosas… insinuando sus calzones.

De un instante para el otro, incendio descomunal, alumbra toda la sala… desaparece la carpa, se escapan los animales, huye el jefe de la pista, con todos sus artilugios, sus transas y subterfugios… y la gente queda allí. Lamiéndose las heridas, viendo aquella realidad espantosa y parricida. Rodeados los asistentes, con miradas angustiadas, se percatan que aquel circo era una horrible charada. Rodeados están ahora por la miseria inclemente de la que vivió el político… y el oscuro delincuente que –más de una sola vez– eran de la misma gente. Un millón de pequeñitos, menores de los cinco años, ven con reproche –sin vida– a toda la concurrencia que es víctima ¿o acaso parte de aquella cruel indolencia que arrebata su cerebro y los mata –a diario– en vida… sin que el apestoso circo haga notar su existencia? Esos niños “de postal” que venden artesanías que trabajan sin cesar, a diario y todos los días… hoy lucen tan diferentes; hoy lucen tal como son: macilentos, abstraídos, débiles y desnutridos… ¡ya no están en la postal, ni posan para la foto, ni se miran “divertidos”!

Aparecen más allá, más miradas apagadas, son las de los viejos pobres que suman trescientos mil, malviven entre las calles, siendo siempre rechazados, mal comiendo, mal vistiendo, encima todo –por pérfidos– también ellos asediados. La burbuja ya no existe… ha estallado de repente; los asistentes al circo –que eran el pueblo “pensante”– los amigos del payaso, los argüidores del teatro que aplaudían “el progreso” que hablaban de “democracia”, que manejaron –a gusto– al jefe de pista en turno… están ausentes, se han ido y el tufo ahora es total. Hoy –el pueblo– el asistente, a la función que tocaba, se percata que no hay patria, ni Guatemala orgullosa y que las zonas aquellas, donde crecía “el progreso” y lucían tan suntuosas… eran solo fantasía. La Guatemala que existe, la misma real y tangible, es la del payaso terco, el corrupto e inmoral, delincuente, animal… y el marginado invisible ¡Piénselo!