Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
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Refundar el Estado en el pantano de la corrupción global

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 10-04-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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La exposición mediática de los Panama Papers ha tornado en escándalo el hecho sabido de que detrás de las prácticas plutocráticas responsables por la ofensiva desigualdad global, se encuentra un latrocinio tan organizado como descarado. Se ha evidenciado, con nombres y apellidos, que los paraísos fiscales constituyen la cloaca en la que desembocan, no solo los beneficios de las actividades delictivas, sino también aquella mítica “riqueza derramada” que nunca ha llegado a las bocas ansiosas de quienes se encuentran en el fondo de la economía global. Según el investigador Nicholas Shaxson “los paraísos fiscales están en el corazón de la economía global, desde donde han extendido sus serpenteantes tentáculos, abriéndose camino hasta llegar prácticamente a todas partes”.

La corrupción sistémica, que ahoga el mundo, confirma que la mejor manera de inundar los cofres de los poderosos sigue siendo el robo, la manipulación y el fraude. Para apuntalar estas prácticas el establishment económico y político configura una panoplia de estrategias basada en la distorsión mediática de los hechos y las explicaciones. Así, de modo paulatino, los centros de poder económico van consolidando la creencia de que se precisa de medidas de austeridad para paliar el gasto irresponsable en que incurren los gobiernos cuando se empeñan en asegurar un mínimo de bienestar a sus sociedades.

Ahora bien, estas estrategias no pueden funcionar sin la maquinaria que permite la cooptación del poder público a través de la más grosera distorsión de las expectativas políticas de la ciudadanía. Basta notar que la natural preocupación por la seguridad se usa para legitimar medidas que –como el secreto bancario– permiten el masivo fraude fiscal que condena al Estado a una crónica carencia de recursos. Ante los ojos adormecidos de la ciudadanía, los “expertos” del sector privado cruzan las puertas giratorias para imponer, supuestamente con criterios “técnicos”, los irracionales intereses del sector privado.

Desde un punto de vista filosófico, la matriz fundamental de la crisis política y económica puede localizarse en el esquema interpretativo, que hace depender la gestión de la vida en común de la perspectiva reduccionista del mercado. Esta visión del mundo hace que los seres humanos lleguen al extremo de evaluarse a sí mismos en términos de la ideología del capital humano.

Lo cierto es que estos poderes han agravado, y en muchos casos generado, los problemas estructurales que nublan el futuro de las nuevas generaciones. La desigualdad económica, global y local, pone en riesgo la misma existencia de un proyecto de futuro compartido que cohesione a la sociedad. Esta desigualdad induce a una precariedad cuyas consecuencias reales se desplegarán progresivamente a medida en que nos encarrilemos en el acelerado tránsito de la humanidad hacia la crisis del cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales. La terrible exclusión generada por la globalización depredadora induce vacíos de institucionalidad en los cuales surgen grupos cada vez más violentos.

Estos problemas deberían ser abordados por el Estado, en la medida en que este es expresión política de la autonomía ciudadana. Pero este se ha difuminado en las estructuras de la gobernanza neoliberal, hasta el punto en que este no puede garantizar prácticamente ninguno de los derechos fundamentales. Por el contrario, el Estado se ha reconfigurado como aparato represor de una ciudadanía que debe seguir viviendo bajo las formalidades de un “Estado de derecho” que ha degenerado en un “estado de delito”—para usar la expresión del constitucionalista italiano Gustavo Zagrebelsky.

Este escenario puede convertirse en fatal prisión ideológica si la ciudadanía olvida que la humanidad se encuentra en una coyuntura en la que hay que tomar decisiones colectivas de las cuales depende la existencia misma del género humano. Refundar el Estado es necesario en la medida en que se necesita implementar las decisiones legítimas que una sociedad adopta a través de un diálogo inclusivo que trasciende las propias fronteras.

Poco se puede hacer si no se articula una visión alternativa de la política. En este sentido, la reconfiguración del Estado no puede basarse en el absurdo individualismo que expresa la reductiva visión capitalista del mundo. Las sociedades contemporáneas deben abandonar el camino de la política depredadora para construir alternativas de convivencia orientadas al bien común, el cual siempre trasciende el estrecho marco del interés individual.

En esta dirección, hay que acudir a la recuperación de otras perspectivas culturales, especialmente en el contexto latinoamericano. Se puede, por ejemplo, apostar por nuevas maneras de hacer política, que recuperen desde las enseñanzas de las culturas indígenas hasta las tradiciones emancipadoras occidentales que animaron la lucha de personajes como Fray Bartolomé de las Casas.

Esta tarea no se basa en la revivificación de contenidos culturales que se han mantenido supuestamente inalterados a lo largo de la historia. Pensar nuevos mundos es un proceso que demanda atención a esas visiones liberadoras que se encuentran integradas en nuestra conciencia histórica. En este sentido, la sensibilidad política que ha inspirado las grandes gestas de nuestra historia sigue siendo motivo de esperanza para una ciudadanía que sabe que la última lucha por la recuperación de nuestro futuro está todavía por decidirse.

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