Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Domingo

La tierra de los baboseados

Fecha de publicación: 03-04-16
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Sin-título-9César A. García E.

 

 

En algo avanzaríamos los guatemaltecos, si fuésemos honrados, empezando con nuestra historia y  nos propusiéramos a ser autocríticos; ello no con el ánimo de deprimirnos, ni menospreciarnos, sino con el afán de revisar, sobre nuestros siglos perdidos en un engaño al que llamamos “vida independiente”, de la que –en realidad y como nación- nunca hemos disfrutado y cuando tuvimos la ocasión de construirla, fracasamos miserablemente, con motivo de nuestra apatía  y pusilanimidad. El Viernes Santo, ya tarde en la noche, salimos de casa, a ver qué encontrábamos de comer… eran pocas las opciones, la ciudad lucía bellamente  desierta y finalmente hallamos un sitio sabroso y de buen servicio, el que estaba atiborrado, por los ‘fans’ de la selección nacional, pudiéndose escuchar los gritos de júbilo y victoria, desde que abandonamos nuestro vehículo, relativamente lejos del lugar… no era precisamente lo que buscábamos, pero el hambre apretaba. Al entrar “la gran noticia”, Guatemala derrotaba –en el primer tiempo-  dos a cero a los EE. UU. y la gente se sentía orgullosa de su selección. Respetuosos de las devociones,  de los demás, nos limitamos –con la familia– a disfrutar, entre un bullicio, no muy grato –pero simpático– la alegría del chapín. Saboreaban la victoria, celebraban los atajos de Motta y vitoreaban  al impresentable Pescado cuando abandonó la cancha… como si éste pudiera escucharles. Finalmente, al terminar el partido, aplaudían y se escuchaba un sonoro ¡Guatemala, Guatemala, Guatemala!… euforia –pensé– digna de mejor causa, porque la selección y nuestro funesto futbol, a mí, me desencantó hace rato y pienso que ese aparente “fanatismo nacionalista”, es una pena no se exprese para construir una verdadera nación, lo cual –indudablemente- no hemos logrado… principalmente porque vivimos baboseados.

Pero el chapín es así, es “buena gente”,  cándido, maleable… tiene esperanzas en gente que no se la merece y enaltece… victorias que no existen; solo note Usted, el distinto resultado que obtuvo nuestra selección el martes y observe cómo los –el viernes– “héroes”, pasaron en cuatro días a ser “villanos”. Nunca fueron ni una cosa ni otra, simplemente son un grupo de mediocres –algunos ya trasnochados– que surgen de una nación colapsada…  y pintan –de cuerpo entero– nuestros principales problemas: Desnutrición crónica, ignorancia y displicencia, todo eso, salta a la vista al ver jugar a nuestra patética “selección”;  es la expresión –quizá más pura– de lo que es nuestra frágil, ambivalente y timada Guatemala.

Nuestro alienado y cándido pueblo, se siente patriota cuando juega la selección o cuando vota; suspira con nostalgia cuando está lejos y si ha pasado suficiente tiempo, llora por la marimba y los tamales… pero todo eso ¿es acaso civismo? No lo creo, tampoco pienso que existan –en esta sufrida tierra– suficientes patriotas para sacar la casta y avanzar… pero es que nunca los hubo y por ende difícilmente los habrá; no los hay porque no hay patria. La excusa de los “pensantes” es que “no existen líderes”, sin darse cuenta que cada uno puede serlo, pero nos gana la comodidad y la apatía. Todo indica y así lo revela nuestra historia,  hemos sido “adictos” al timo y al circo… desde siempre. El montaje de la tragicomedia (últimamente con tintes más de tragedia pura), está –y ha estado– a cargo de élites que dicen representarnos y otras élites –pujantes y beligerantes– provenientes las “bases sociales” que se dedican a pelear –por cierto con relativo éxito– los espacios otrora dominados por las élites tradicionales… estas nuevas élites dicen representar al pueblo y propugnar por la “justicia”. Si lográramos contar a los integrantes de ambas élites (en lenguaje chapín, las shumas y las caqueras), probablemente no son ni doscientas personas, pero ellos deciden, mandan, negocian y se reparten un país que debiera ser de todos… un país altamente dependiente y trágicamente baboseado. Son las élites quienes –desde la colonia– han negociado con los imperios, reinos o virreinatos,  por ejemplo: el español, mexicano y estadounidense.

El timo es generacional y con un alto componente académico y doctrinal. Nos enseñaron de niños que el 15 de septiembre de 1821, Guatemala se independizó del reino de España, “la madre patria” como a muchos les gusta llamarle, para sentirse –aunque sea– con un pequeño chisguete  español. Lo que olvidaron mencionarnos, nuestros profesores e historiadores, es que esa independencia, realmente no fue una gesta heroica que merezca la pena celebrar… de hecho pocos meses después –a instancias del medroso Gabino Gaínza y junto a Catrachos, Chivos y Nicas– nos anexamos –voluntaria y temporalmente– a México. Tampoco nos relata la historia que la “independencia” fue –realmente– un acto, para ponerle fin, a las reyertas por saquear y repartirse el país, entre Criollos (hijos de españoles nacidos aquí) y Españoles. Omite la historia, discurrir  sobre el origen del esquema espurio de segregación social y racial que –según lo relata con toda propiedad don Severo Martínez– se implementó en las épocas coloniales e indudablemente,  llegó para quedarse.

Hoy los directores del teatro son casi mismos, con algunos advenedizos que han surgido como nuevos millonarios desde los gobiernos,  a partir del tráfico de influencias en los gobiernos… y de actividades “ilícitas”; entrecomillo, porque ambos grupos de “nuevos súper ricos” son obviamente criminales. Igualmente lo son varios de los instrumentalizados grupos de la “sociedad civil” que conforman las “nuevas élites” que –apartemente– surgen del pueblo para salvar al pueblo… pero –junto a las élites tradicionales– han sabido, cómo hartarse, a costa de la miseria, la desnutrición, la ignorancia y la marginación… en realidad son parásitos, pues viven –sin trabajar– de soliviantar ánimos y profesar odios, a expensas de nuestros impuestos e impuestos de naciones extranjeras que no saben para qué sirven sus recursos y piensan que están promoviendo el combate a la miseria en países pobres… pero esta permanece igual, pues ¡De eso se trata el negocio!, para muchos sinvergüenzas que protegen –a ultranza– el statu quo. ¿Es este un discurso  socialista? En absoluto, soy fiel creyente de la libertad de empresa, pero creo que si existen privilegios, la libertad está muerta; defiendo la propiedad privada, pero la legítimamente ganada, no la robada, no la asignada a dedo, no la que huele a hospitales colapsados, sangre inocente derramada y niños descerebrados.

Desde el lejano 1821, han pasado prácticamente doscientos años y seguimos tan dependientes y pobres como siempre. Son otros –las elites viciadas–  quienes siguen negociando nuestro futuro y continúan repartiéndose nuestra malograda patria. Nunca alcanzamos la identidad y lo que mostramos al mundo son trajes típicos, por cierto de origen vergonzoso pues constituyeron esclavitud disfrazada y una especie de uniformes para identificar a poblaciones, con sus respectivos “amos” o “señores”. También mostramos niños sonrientes, pero  desnutridos crónicos –a veces hasta “canchitos” con motivo de la desnutrición– en fondos de paisajes bellos de ríos que lucen vivos pero mueren contaminados, lagos impactantes para las fotos, pero  convertidos en fosas sépticas y montañas calvas, con escasos sembradíos, donde otrora se veían exuberantes bosques. Por cierto, lo más probable es que haya sido la depredación irracional, lo que extinguió a los mayas, quienes a la llegada de los españoles ya no existían y cuyo esplendor se observó, al menos cuatro siglos antes de la “Conquista”.

El guatemalteco, trágicamente, no se siente guatemalteco. Demagogos, como nuestra premio Nobel-era o muchos de quienes dirigen  la “sociedad civil”, cuyo significado es indescifrable y no representa más que intereses, se autodenominan “mayas”, pero los mayas estaban extintos cuando llegaron los españoles… todos aceptamos –y peor aún– aplaudimos el fraude. Quienes reniegan de sus visibles rasgos indígenas, abandonan el “uniforme” típico (lo cual no creo esté mal), para adquirir una decadente moda o tendencia que podría definirse entre circense, afeminada y punk. Por su parte, muchos de los portadores de apellidos criollos, buscan –afanosamente– demostrar que son “españoles” y cuentan cómo sus padres inmigrantes o abuelos, les han dejado (o dejao) un linaje digno de orgullo y por eso son diferentes y “mejores”. Esta cosmovisión fraudulenta, nos lleva a que en Guatemala haya millones de “mayas”, miles de “españoles”, cientos de “italianos” (incluida la presa más famosa de la nación), cientos de alemanes y decenas de otras nacionalidades… guatemaltecos ya –prácticamente– no existimos, creo que en realidad, nunca existieron, porque somos pocos los que nos sentimos chapines… salvo
–claro está– cuando juega la selección y recurrentemente nos babosea.

Este torbellino de degradación –de forma y farsa–  que algunos ven como “avances”, nos obliga a ya no tener ancianos sino “adultos mayores”, ya no tener mujeres sino “féminas”, ya no tener hospitales, sino “nosocomios”, ya no tener presos, sino “privados de libertad”. Lo políticamente correcto –a lo que  yo llamo “ridículamente incorrecto”– nos llevó de engaño en engaño, al extremo que hoy muchos se rasgan las vestiduras –por supuesto del diente al labio– por la “intromisión extranjera” en el país, misma que –ojo, mucho ojo– no ha cesado en los últimos doscientos años, quizá –eso sí– ha sido llevada de forma menos vistosa y los guatemaltecos (los pocos guatemaltecos que quedamos y que por ende, no somos extranjeros viviendo en un país ensangrentado, ni mayas zombis, con ínfulas de grandeza) no nos dimos cuenta. Es preciso reconocer que la intromisión es un hecho natural y se acentúa, en épocas de preguerra y ese es –ahora– el estamento del mundo. Revise Usted,  la historia  y verá cómo varios países de Centroamérica tuvieron presencia militar estadounidense en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y cómo el canal de Panamá, era objetivo de guerra, desde la perspectiva de la Alemania Nazi y sus aliados de entonces.

La dependencia de nuestra  nación, de imperios, reinos y virreinatos, es una realidad vetusta; es por ello que cuando queremos sentir nuestra “grandeza” que –en realidad–  no existe, debemos viajar a la época precolombina y suspirar sentados en las piedras calizas de Tikal, caminar por los imponentes montes de Ceibal que son  majestuosas pirámides enterradas… pero todo esto tampoco somos nosotros, tampoco nos hace grandes y menos independientes; todo ello perteneció a otra civilización que fue magna y declinó –como siempre ocurre– “gracias” a la decadencia moral y el desprecio por los recursos naturales… son vestigios del fracaso, después del éxito, como lo son las ruinas romanas, griegas o egipcias… solo eso. El país no encontró identidad, ni autodeterminación, ni rumbo. Dimos la espalda a los valores que sí construyeron grandes naciones, rehusamos sentirnos guatemaltecos, renegamos de lo que somos y nos avergüenza la mezcla que resultó de indígenas nativos sobreviviendo divididos y españoles que no eran ni la crema ni la nata, ni de la intelectualidad del reino, sino llegaron, en su mayoría, aquí –aventurando– como sirvientes, obreros, o para  hacer fortuna. En realidad ser resultado de este fiambre –quizá no el más afortunado– no está tan mal… lo malo es querer ser ingrediente “puro” del fiambre que, pasados siglos de su elaboración,  luce como un viejo encurtido de mercado que nadie quiere ni aprecia… rancio, agrio y maloliente.

¿Perdimos Guatemala o nunca la tuvimos? Creo que –en términos generales y honrados– la han tenido otros y quienes pudimos construirla, nos negamos a hacerlo. Jamás fuimos independientes y eso está bastamente demostrado por la historia (no la aprendida en la primaria sino la verdadera). Así las cosas, como en 1821, ganaron –para sí, no para los guatemaltecos– los criollos, la falaz “independencia” del reino de España… esta vez, me parece nos aproximamos a un lío semejante, pero algunos criollos cuarteados, advenedizos y criminales hoy asustados por “la intromisión internacional en la administración de justicia”, quizá  perderán la partida… aunque lo más probable es que –los Gabinos Gaínza de hoy–  hayan negociado –con el imperio– el mantenimiento permanente del statu quo, a cambio de entregar cabezas menos grandes. Esto está por verse y hay que considerar que el mundo hoy es distinto al de hace doscientos,  o tan solo cincuenta años; hoy la geopolítica y el clima de preguerra mundial, impone control de territorios estratégicos que no alcanzaron ser  independientes… como el nuestro. ¿Usted tiene algo que temer, o yo de que preocuparme? En absoluto, debemos propugnar –inmersos en una triste realidad y una rara paradoja–  por lograr la mayor independencia posible, en una nación altamente dependiente; en ella nos estamos haciendo viejos y en ella murieron nuestros abuelos y
bisabuelos… uno debe seguir trabajando con honradez e intentar que sus hijos sí se sientan guatemaltecos (no extranjeros ni mayas), porque aquí nacieron, porque le deben a esta tierra su sustento y por ende: gratitud,  honradez y lealtad, pero sobre todo porque aunque la patria –en realidad–  nunca naciera, nosotros nacimos aquí, con un propósito y como ciudadanos del mundo… para  hacer la diferencia  y luchar –por sobre todas las cosas– contra la alienación que promueve –planetariamente–  un mundo de imbéciles manejables a través de las redes sociales y  el control de la independencia individual… la  cual no hay que ceder; si la patria agonizante es esclava, uno –como mínimo– no debe ser baboso, sino estar alerta, buscar la verdad y ser libre. ¡Piénselo!

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