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Domingo

Guatemala, una larga hegemonía conservadora


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Sin-título-3Manolo E. Vela Castañeda / manolo.vela@ibero.mx

La sociedad guatemalteca ha vivido una larga hegemonía cultural conservadora.

Coerción y consenso. Hubo momentos en los que la dominación requirió de la coerción, y del empleo del terrorismo de Estado (desde 1954 y hasta 1996) (pero no solo, porque en aquel mismo tiempo también hubo producción de consenso, lo que no explicaremos aquí). Pero la represión quedó atrás (claro, se sigue aplicando, de forma intermitente), y lo que ahora se impone es una hegemonía cultural, un consenso, un sistema de significados, de ideas conservadoras que son ampliamente aceptadas por la sociedad.

Tiempo largo. ¿Desde cuándo empezó esto? En 1954, con la contrarrevolución, y así, desde 1963, pasamos por más de tres décadas de gobiernos encabezados por militares, que eran expresión de esa alianza entre el alto mando del cuerpo de oficiales del Ejército y los empresarios; y entramos luego, en 1985, a la era de los partidos, las elecciones, y las instituciones. Claro, entre 1954 y 2015 los códigos han cambiado. Pero explicar ese cambio sería objeto de otra reflexión. Lo importante es entender ese largo tiempo en el cual las ideas conservadoras se han hecho fuertes. Se han hecho sentido común.

Ideas. ¿Cuáles son esas ideas, esos códigos, este conjunto de significados? 1) Que los militares son mejores, para gobernar (y allí están Otto Pérez Molina y Efraín Ríos Montt, ambos a punto de ser sentenciados por la justicia), para luchar contra la delincuencia, para hacer caminos, ¿se recuerdan cómo –en la elección pasada– a la gente le importó poco el argumento de que el candidato Morales estaba rodeado de militares?; 2) que la pena de muerte es la solución al problema de la violencia, ¿se recuerdan a Otto Pérez y su discurso de la mano dura?, ¿se recuerdan cómo Manuel Baldizón empleó la oferta de la pena de muerte, como ahora lo hace el partido oficial?; 3) que los pobres no merecen políticas sociales, que las políticas sociales promueven la haraganería; 4) que no hay que subirles los impuestos a los que más ganan; 5) que no hay que exigir mejores salarios, que qué bueno es tener trabajo; y vean ahora, cómo, los salarios diferenciados regresan a la agenda de este gobierno; 6) que no hay que regular el derecho a la portación de armas; 7) que ya no hay que juzgar los crímenes del pasado, porque aquí no hubo genocidio; 8) que el Estado debe gastar poco, porque todo lo hace mal; 9) que no hay lugar para los derechos de las mujeres, ni de los pueblos indígenas, porque todos somos iguales; 10) que el Estado no debe intervenir en los derechos reproductivos; 11) que las empresas extractivas deben operar libremente; 12) que los derechos humanos son los derechos de los delincuentes; 13) que la soberanía nacional es vulnerada por los mecanismos de protección internacional de los derechos humanos. No se trata que todos estén a favor de todas estas ideas. Algunos compartirán algunas, otros, otras. Lo cierto es que estas ideas hacen parte –junto a otras– del código cultural hegemónico de nuestro tiempo.

Los lugares de la contienda. Y en torno a este conjunto de ideas se libran batallas, pequeñas y grandes luchas. En el Congreso, en torno a leyes; en el Ejecutivo, en decisiones de política pública; en las Cortes, con juicios, y otro tipo de decisiones; en las elecciones, cuando los candidatos despliegan sus temas, adhiriéndose, usando algunas de las ideas de este código; en los medios de comunicación; en las iglesias y sus discursos; en las protestas, en los movimientos comunitarios por la defensa del territorio; en la literatura, el cine, las distintas expresiones del arte; en los partidos; y en muchos otros campos más.

Nunca nos fuimos. Y así, la derecha anticomunista que derrocó a Árbenz, y los militares, que gobernaron el país durante treinta años, y que llevaron a cavo el genocidio, siguen con nosotros. Como si de repente se voltearan y nos dijeran: aquí estamos, miren; nunca nos fuimos. Y es que las ideas no se acaban, así, en una fecha precisa; como si de extraer un tumor se tratara. Hay resonancias, variaciones, adaptaciones, disfraces.

La gente. Y lo importante aquí no es la Fundación contra el Terrorismo, ni la Universidad Francisco Marroquín, ni los Libertarios, ni Jimmy, Otto Pérez o Efraín Ríos Montt. Lo importante es la gente, lo que la gente común y corriente piensa, cree y repite. Es allí, con ellos, donde está la batalla decisiva para alcanzar los cambios que Guatemala necesita. Convencer, cambiar ese conjunto de sentidos comunes, ganarlo para el cambio, construir con él mayorías políticas.

Fuerzas contrahegemónicas. El gran error para las fuerzas contrahegemónicas consiste en pensar que por lo justo –para quienes creen en ellas, por supuesto­– de sus ideas ya tienen asegurada la victoria; cuando lo que en realidad está enfrente es una inmensa batalla contra ideas que durante años se han hecho tan sólidas como granito puro. Pero a esto dedicaremos otra reflexión.

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