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Domingo

La ética ciudadana ante la corrupción política


Jorge Mario Rodríguez Martínez

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La ciudadanía guatemalteca debe comprender que la empresa de construir una nueva sociedad no fructificará si no se visualizan los vínculos que inducen la degeneración de la política desde los marcos de la vida social que rigen su vida cotidiana. La crisis de ingobernabilidad y corrupción que afecta a este país no es una infección sistémica que acaece a un sistema social de suyo viable. Una sociedad no puede albergar estructuras excluyentes sin asumir la corrupción en los mismos vínculos que la constituyen. Dichas relaciones asumen procesos históricos en los que la degradación moral es funcional para consolidar un sistema social excluyente, injusto e ineficiente.

En términos generales, las estructuras sociales excluyentes exigen el eclipse de la conciencia ciudadana. No es extraño constatar, pues, que la actual crisis política es, ante todo y sobre todo, una crisis ética. Para comprender esta tesis es necesario ir más allá de la política entendida como actividad asociada con la gestión del Estado, e internarse en la política comprendida como la actividad social reflexiva orientada a la búsqueda de formas racionales y legítimas de convivencia.

El ejercicio del poder estatal, desde luego, puede contribuir a la consecución de formas de vida incluyentes y democráticas. En este sentido, la corrupción no desaparecerá si este gobierno piensa que la virtud de la transparencia puede substituir a la intelección política que supone la integración de las diversas voces para identificar un camino compartido. Basta presenciar cómo ciertos cuadros “políticos” del sector exportador traducen su poder económico en decisiones estatales para comprender que la más indignante corrupción –esa que configura las estructuras sociales e institucionales en función de las demandas de los poderes ilegítimos– afecta a un gobierno con una abismal incomprensión de los desafíos que plantea el mundo contemporáneo.

Desde mi punto de vista, si la sociedad guatemalteca desea desactivar las raíces de la corrupción debe enfocarse en tres insuficiencias de la ética ciudadana. En primer lugar, debe rechazar esas políticas que restringen las posibilidades de un futuro digno para la mayor parte de sus miembros. Cuando Emmanuel Levinas nos hace comprender que la ética asume como piedra fundamental la responsabilidad hacia el Otro, se hace evidente que la ciudadanía no puede resignarse a vivir en sociedades en las que la sensibilidad moral –condición de toda relación social– acepta como “naturales” los rostros de la vulnerabilidad (el miserable, el enfermo, el desempleado). No se puede aceptar el argumento de que la supresión de la precariedad social (“populismo” en la superficial visión de ciertas elites económicas) no es un objetivo válido. Menos aún se puede admitir la tesis de la falta de alternativas, la cual pretende que creamos que los objetivos sociales valiosos solo se pueden encontrar en medidas que, como los salarios diferenciados, incrementan el sufrimiento humano.

En segundo lugar, en un ámbito moralmente restringido, se magnifica esa propensión hacia el mal que Emmanuel Kant consideraba que se derivaba de la fragilidad humana. Situado al nivel antropológico, Kant sabía que la propia interacción social llevaba a la subordinación de los incentivos morales a los propios intereses. Esta tesis hace comprender que un sistema que privilegia el egoísmo y la rivalidad incentiva la arrogante opción por el propio interés a costa de las consideraciones morales más elementales. En este contexto, la lucha por el poder político se convierte en el escenario de las acciones más reprochables.

El tercer aspecto radica en el abandono ciudadano de la esfera política. Cuando la ciudadanía, asqueada del cinismo de los políticos, abandona los espacios políticos se niega a sí misma la praxis reflexiva que se necesita para cambiar las estructuras que provocan el mal de factura humana (cambio climático, desigualdad, terrorismo, destrucción de los recursos naturales…). La percepción de la política como una práctica inevitablemente corrupta es un factor que alimenta la antipolítica, la cual deja el control de decisiones cruciales en una clase política sin sentido de futuro.

La integración de estas tres insuficiencias de la ética ciudadana permite afirmar que la corrupción se consolida en la medida en que la ciudadanía abandona el sentido emancipador de la política y se aviene a vivir en estructuras inmorales que tornan impotentes las demandas éticas de la conciencia. En esta dirección, el primer paso para subsanar las deficiencias éticas de la sociedad consiste en la práctica de una política reflexiva que, por su naturaleza, debe evitar la imposición de los intereses particulares sobre las demandas sociales que buscan atenuar el sufrimiento gratuito.

La ciudadanía debe tomar conciencia de que en este tiempo de crisis el barniz de legitimidad que se aduce para justificar medidas que ahondan la precariedad es casi nulo. Ante el descaro de sectores influyentes de la clase política y empresarial es previsible que la ciudadanía volverá a las plazas, para ahondar las demandas de transformación social. Se debe exigir que la promesa de transparencia del nuevo gobierno se complemente con la promulgación de medidas políticas que pongan un freno a los sectores que, a lo largo de la historia, han vivido a costa del declive moral de nuestra sociedad.

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