Domingo 26 DE Mayo DE 2019
Domingo

Neoliberales y corrupción eficiente

Por: Edgar Pape Yalibat

Fecha de publicación: 07-02-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico

Existe en el país una especie de obsesión por la transparencia. Pero esta se ha sesgado en lo público y es más que necesario reencauzar la mirada hacia otros lados, si de verdad queremos una sociedad transparente.

En el país tenemos bancos y empresas en riesgo de las que no se dice nada, en su tiempo recibieron “adelantos” e incentivos para salvarnos del “contagio” y salvar a banqueros con el pretexto de que se trataba de la salud financiera de los cuentahabientes. Encontramos en la deuda pública, los bonos, que niegan la producción real y encarecen el crédito mientras los bancos invierten nuestro dinero en las arcas del gobierno. Hay ganancias financieras procedentes de procesos ineficientes y exentos del pago de impuestos, operaciones de mercado abierto, y pérdidas cuasifiscales cuya contrapartida son las ganancias bancarias.

Otras variantes como privatizaciones, tecnologías de punta, contratos lesivos en la venta de empresas públicas, negocios a la libre en telecomunicaciones, en mercado mayorista de electricidad, infraestructura y otras concesiones a entes extractivos, permitieron en su momento cierta “eficiencia” pero se convirtieron en barreras de entrada para los empresarios honestos, a quienes se dificulta competir y en muchas casos son anulados.

Sin ley de competencia, la deslealtad es un activo estratégico, en especial si se coopta la actividad legislativa y se maniobra al sector justicia que pague favores a las corporaciones y a grupos económicos emergentes.

Decenas de empresas tienen auditores que llenan sus declaraciones de impuestos con documentos simulados, doble contabilidad y alguna factura falsa con el fin de “planificar” las obligaciones fiscales. Y otras más con abogados que crean empresas fantasmas y suscriben contratos de off shore en paraísos fiscales, negándose a transparentar sus protocolos. Y como de paso, hay secreto bancario y ningún convenio de intercambio de información financiera, entonces se acciona contra cualquier ajuste o sanción económica con interpretaciones unilaterales, convirtiendo incluso a jueces y magistrados en comparsas de una jugosa perversión de operaciones mercantiles y financieras, tanto de comercio interior como exterior. La evidencia empírica es contundente en recursos de inconstitucionalidad contra la simulación tributaria y resoluciones en contra de la puesta en marcha del principio de libre competencia, recomendado por la OCDE.

Transacciones que operan de manera “ilegal” se invisibilizan en las leyes del mercado, el disimulo y la ridiculización del fraude de ley porque en la vida jurídica privada se acepta a la “corrupción como extracción directa” de recursos públicos. Exenciones, dividendos disfrazados de reinversiones, publicidad engañosa, comisiones y sobornos, todas estas operaciones aparecen como aceptables y se multiplican gracias a las teorías como las que se enseñan en alguna universidad, para impulsar el modelo neoliberal, que por su individualismo deviene en fuente inagotable de “corrupción”, en especial cuando una administración pública como la nuestra puede ser engorrosa y deficiente.

El chileno Elías Bravo no tendría dudas en colocar en la “Corrupción como atajo” a los fideicomisos, las focalizaciones en fondos sociales, los contratos de privatizaciones fuera de los concursos públicos, algunas inscripciones de empresas en ventanillas, la exigencia de “facilitación” en el comercio exterior y las “concesiones” a dedo y sin monitoreo a ciertas multinacionales extractivas, procesos estos que aparecen como ágiles y eficaces, al reducir las ineficiencias propias del Estado. En criterios de competitividad, esto sería “bajar costos de transacción mediante el extravío de la ley”, o en otras palabras, la “corrupción eficiente”.

La erradicación de la corrupción no debe ser solo de un lado. También el sector privado tiene pendiente hacer un mea culpa en este cáncer. Sus voceros no deben limitarse a señalar a funcionarios públicos y políticos, sino ver también su ojo propio. Tiene que adoptar decisiones de fondo para contrarrestar conductas corruptas e incidir por la eliminación del secreto bancario, porque se apruebe una ley antimonopolio y defensa del consumidor y sobre todo, coadyuvar en la eliminación de la evasión, la elusión y el contrabando aduanero, además de evitar tanta acción de amparo contra los impuestos y los ajustes tributarios.

En ese contexto, la ciudadanía guatemalteca tiene que dar un paso hacia adelante, ir más allá de la plaza pública a los mercados privados. En el sistema público y privado se ven distorsiones de gestión, provocadas de manera intencional con el fin de disfrazar la corrupción y buscar una eficiencia combinada con “la corrupción como atajo”. Y en esto, en su afán de eliminar al Estado gordo, los neoliberales ven ineficiencias en todas partes, “nadie es capaz en el Estado”. Como emprendedores son fabricantes de ineficiencias, sin ver su propio rancho. Por ejemplo, a Guatel y al INDE las desacreditaron por todos los medios y lo mismo se hizo con el Correo, pero nadie defiende de precios y contratos antojadizos de estos servicios privatizados. Luego le dan golpe de gracia a regulaciones e instrumentos públicos sancionatorios, impugnan ante las cortes los programas de algún tinte social y atacan cualquier programa de protección social, llamándolo populista. Detrás de estas ineficiencias, no se avergüenzan en manipular a los políticos, cooptar instituciones para conseguir rentas del Estado y ocupar puestos de dirección importantes. De allí que muchos investigadores de centros académicos
proempresariales y gerentes privados han sido ministros y dirigen cargos de alto impacto en la administración pública.

Como conclusión, no pretendo exonerar de culpa a nadie, solo afirmar que la corrupción privada no es más benévola que la corrupción pública como se quiere aparentar. Es de temer las ineficiencias que los neoliberales ven por todos los rincones del sector público, y creo menester señalar el temor porque su ceguera ideológica pueda seguir opacando la “corrupción eficiente”, mientras pretenden incorporarla a lo público pero quedar incólumes en su interés de justificar los altos niveles de corrupción dentro del modelo neoliberal, que muchos prefieren callar.