Domingo 24 DE Marzo DE 2019
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Hiroshima, de los vestigios de un infierno terrenal a la ciudad de la Paz Mundial

Un pueblo golpeado que resurgió de entre las cenizas.

Fecha de publicación: 31-01-16
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Julia Corado
jcorado@elperiodico.com.gt

Hiroshima, una pujante ciudad comercial de Japón con más de un millón de habitantes. Uno de los lugares más visitados es el Parque Conmemorativo de la Paz, dedicado a la memoria de las víctimas de la bomba nuclear que Estados Unidos lanzó el 6 de agosto de 1945 sobre el centro de la ciudad. Tres días después, el Gobierno de ese país ordenó un segundo ataque sobre la ciudad de Nagasaki.

La Cúpula Genbaku, o Cúpula de la Bomba Atómica, hace retroceder los 70 años desde aquella mañana cuando los habitantes se encontraban realizando sus actividades rutinarias.

El lugar es un monumento conmemorativo de la devastación nuclear y fue preservado con los daños que sufrió con el fin de hacer un llamado a la eliminación de armas nucleares en el mundo. La cúpula fue construida de cobre. La luz fundió el cobre antes de que llegara la onda explosiva.

En el Museo Conmemorativo de la Paz permanecen restos de pertenencias de las víctimas y se recopilan testimonios impactantes como el del niño que manejaba su bicicleta cuando ocurrió el hecho. En medio de la confusión y el caos, su padre recogió su cuerpo, se llevó su casco y su bicicleta y los enterró en el patio de su casa por muchos años. Posteriormente, el hombre fue convencido para que se exhumara el cadáver de su hijo y que donara sus pertenencias al museo.

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Eran las 8:15 cuando todo fue destrozado en un instante. La fuerza de la bomba fabricada con uranio causó la muerte de 140 mil personas.

Hiroko Kishida es una de las sobrevivientes de la explosión. Recuerda que en ese entonces en el centro de la ciudad se ofrecía una variedad de espectáculos y contaban con cines, hoteles y tiendas. Ella tenía seis años.

“Muchos jóvenes no saben lo que ocurrió, por eso es necesario que personas como yo continuemos contando de todo lo que ocurrió”, expresa.

Ella vivía a 1.5 kilómetros del epicentro, junto a su abuelo, madre y su hermano menor. Se encontraba en el baño, cuando escuchó la alarma de bomba y luego un sonido ensordecedor, como el de un avión. Por la curiosidad se asomó desde la ventana del baño. “Apreté mis ojos, boca, nariz y oídos y me desmayé. No sé cuánto tiempo transcurrió. Cuando desperté sobre mi cabeza había escombros”, relata.

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Kishida cuenta que su madre reaccionó cuando escuchó sus gritos y la llegó a rescatar. Su casa de dos niveles se convirtió en solo uno. Su abuelo solía permanecer en el segundo nivel, pero ese día se encontraba en la primera planta. El lado derecho de su cuerpo se encontraba inmovilizado. “Él le dijo a mi madre: No te preocupes por mí, váyanse de aquí. Mi mamá cargó a mi hermano menor en la espalda. Yo le dije a mi abuelo: Volveremos después por ti. Al salir, la casa se cayó”. Ella nunca volvió a ver a su abuelo.

En la calle vieron a la gente quemada, casi desnuda. “Yo estaba descalza, tenía algunas quemaduras, pero en aquel momento no sentía dolor”, cuenta.

“Había buen tiempo, pero de repente cayó una lluvia negra. Nunca podré olvidar las escenas que vi. La lluvia negra cayó sobre un huerto de tomate. Tampoco olvidaré a una madre muy joven llevando a su hijo de unos dos años, que parecía ya muerto. Ella imploraba a las personas que le dieran comida porque su niño no había comido desde la mañana.

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Fueron llevados a una zona de evacuación de un agricultor donde les regalaron una bola de arroz a cada uno de los que se hallaban en el lugar, allí se encontraron con una amiga de su madre. Estuvieron en su casa, ubicada a 30 kilómetros del epicentro, por algún tiempo. Al siguiente día de la explosión, ella regresó al centro de la ciudad a buscar al abuelo y a su hermano mayor. “Mi madre no pudo acercarse a nuestra casa porque todavía quedaba el calor de alta temperatura, entonces no pudimos recoger las cenizas y los huesos de mi abuelo”

La mamá de Kishida regresó día tras día a buscar a su hermano mayor, que se encontraba en la escuela al momento de la explosión. “Milagrosamente una semana después, el 13 de agosto ella volvió a casa cargándolo sobre su espalda. Él se encontraba a ocho kilómetros del epicentro. Se quemó el pie y su espalda. En el lugar donde ellos se encontraban refugiados había solo un médico, por lo que la parte afectada se engusanó. Poco a poco mejoró gracias a una aplicación casera. Su quemadura se convirtió en queloide, por lo que fue discriminado y maltratado por sus amigos.

Kishida cuenta que su esposo, quien tenía seis años, perdió a su madre y a un hermano, que se encontraban a un kilómetro de la explosión. Aunque su padre sobrevivió, un mes después sufrió de vómitos y diarrea, efectos secundarios de la radiación, por lo que quedó huérfano de padre y madre.

Cuando Kishida termina su relato, sus ojos cambian de expresión. “Setenta años después, Hiroshima está totalmente recuperada y ahora es una ciudad de la paz, y si no estuviera la cúpula de bomba atómica, la ciudad sería como cualquier otra”, recuerda animada.

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Menciona que gracias al apoyo y solidaridad que llegó de todas partes de Japón, su pueblo salió adelante. Resalta la labor de Marcel Junod, el primer médico que visitó Hiroshima después de la tragedia. “Traía consigo 15 mil toneladas de suministros médicos que había logrado movilizar a través de sus contactos con los aliados. Durante cuatro días, visitó hospitales e investigó lo que había sucedido; presenció escenas que superaban, de lejos, los límites de la imaginación humana” pronunció en su discurso Jaques Forster, vicepresidente de la Cruz Roja Internacional en 2004, durante la inauguración de una muestra fotográfica sobre su vida.

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“¿Qué es la Guerra? es un estado donde un humano ya no es un humano y un homicidio ya no es crimen, esa es la guerra, jamás podremos aceptar la situación de la guerra. Deseo que de este mundo se desaparezcan todas las armas nucleares y se forme una base de la paz”.

Hiroko Kishida

Aún hoy en el mundo existen más de 15 mil armas nucleares y los gobernantes de los países poseedores de dichas armas están prisioneros de su mentalidad centrada en sus respectivos intereses, sin dejar de repetir en palabras y acciones su política de intimidación. Mientras existan armas nucleares cualquiera puede ser víctima en cualquier momento. Si ese daño ocurriera tan solo una vez, provocaría daños indiscriminadamente, traspasando fronteras. Pueblos de todo el mundo: por favor escuchen las palabras de los sobrevivientes de Hiroshima…”.
Kazumi Matsui, alcalde de Hiroshima.
Fragmento de Declaración por la Paz, 6 de agosto de 2015.

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600
metros de altura alcanzó la explosión en Hiroshima.

70 años
era el tiempo en que se esperaba que iniciara a renacer vida silvestre. La primera planta retoñó un año después.

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