Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Espiritualidad y acción política

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 10-01-16
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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Las personas que obtienen un beneficio por darle la espalda a la realidad, se esfuerzan por negar que el mundo enfrenta una crisis multidimensional fomentada por un modelo de desarrollo que ignora los límites biofísicos del planeta. De hecho, vivimos una encrucijada civilizatoria en la que los significados de la democracia liberal-capitalista no pueden asegurar la consecución de una vida digna para las futuras generaciones. Es una tesis insostenible la que afirma que el ser humano actúa predominantemente en función de incentivos dentro del marco de una libertad entendida como no interferencia.

Es sintomático, pues, que para explicar el actual trance civilizatorio se suela acudir al diagnóstico de una crisis de valores; incluso los sectores más conservadores se hacen eco de este diagnóstico. Este es un paso en la dirección correcta, siempre que esta apelación a la axiología tenga cierto nivel de profundidad y consistencia. Si se va más allá de lo evidente, la reflexión sobre los valores lleva al ámbito de la ética radical, terreno en el que se despliegan valores como la justicia y la dignidad.

La espiritualidad no es solo un atributo de los santos y los héroes religiosos. El filósofo catalán Manuel Sacristán decía que bastaba con ser humano para poder viajar hacia el centro de sí mismo. En el fondo de nuestro ser, se sitúa esa sensibilidad reflexiva desde la cual se pueden someter a escrutinio los significados a partir de los cuales una civilización organiza el mundo. Seguramente, en ese nivel se hace transparente que somos mucho más que individuos autosuficientes y centrados en el interés personal.

De este modo, la reflexión basada en los valores no puede encuadrarse en esa espiritualidad light que busca el bienestar personal aun en medio de las más indignantes catástrofes sociales. ¿Se puede lograr una genuina tranquilidad espiritual en un mundo que niega oportunidades de realización para tanto joven sin posibilidades de empleo? ¿Qué espiritualidad profunda puede haber en acomodarse a una realidad que cada vez restringe más las posibilidades de una vida digna para los ancianos y los enfermos?

Al nivel de la conciencia se experimenta el rechazo a la sociedad precaria, derrochadora y desigual en que vivimos. Y eso sucede porque es en el ámbito de la conciencia donde emerge y se evidencia el movimiento de responsabilidad hacia los Otros. Por esta razón, la espiritualidad no se puede acomodar a una dimensión sentimental privada en donde reina la manipulación dogmática de una religión que abdica de su sentido de ligazón profunda entre los seres humanos. La espiritualidad asume un momento supremo de responsabilidad por el prójimo, y, por lo tanto, no puede expresarse en el quietismo de la indiferencia irreflexiva. Muchos esfuerzos contemporáneos por revivir los valores, al ignorar esta simple verdad, tienen la pátina deleznable de la hipocresía. Esto sucede, en particular, con la moral conservadora que no cuestiona la injusticia social y la discriminación. ¿Cómo puede condenarse en nombre de la espiritualidad realidades humanas como la diferencia sexual, la divergencia cultural y la pobreza?

La feminista norteamericana Iris Marion Young notaba que las estructuras sociales injustas se configuran a partir de la interacción entre personas que no someten a crítica los sentidos y las normas establecidas que organizan sus vidas. Esta tesis sugiere que la verdadera espiritualidad es una actividad crítica de la conciencia en la cual se someten a juicio las categorías que hacen posible que gran parte del sufrimiento humano sea considerado “natural”. La experiencia espiritual que no se traduce en descontento ante la injusticia social es una experiencia incompleta.

En esta coyuntura se hace evidente la necesidad de la acción política. Como también lo hacía ver Young, cuando se cuestionan los procesos sociales en los que participamos, se hace claro que cada quien tiene una porción de responsabilidad política por la injusticia del mundo. Se sigue que la conciencia, al desenterrar la perversidad de las estructuras sociales, trata de cambiarlas. Pero esta acción no puede llevarse a cabo de manera individual. Por lo tanto, la genuina espiritualidad genera la necesidad interior de la participación política. Es en la dimensión espiritual en donde la política alcanza su más alto significado.

El sentido de nuestro ser es eminentemente comunitario. La naturaleza común que nos hace miembros de una misma especie establece
vínculos de solidaridad entre los seres humanos, incluso con aquellos que ya no están y aquellos que aún no han venido. Nuestra naturaleza sentiente, de hecho, se abre hacia la naturaleza como lo mostró hace muchos siglos san Francisco de Asís. A la luz de esta conciencia abarcadora, se puede rescatar un mundo que ha sido reducido a puro recurso a ser derrochado en aras de la irracionalidad economicista.

La verdadera espiritualidad busca adecuar el ser al deber ser. Es más: no puede haber una participación política adecuada sin un sentido de espiritualidad correctamente entendida. La tarea es reflejar el sentido profundo de comunidad, de mutua responsabilidad y de unión, en las estructuras de la vida humana para que el mundo pueda ser la “Casa Común” de la cual habla el papa Francisco.

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