Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
Domingo

“El país, el mundo, la tecnología, han cambiado; lo que debe mantenerse son los valores”

Mario Antonio Sandoval Samayoa cumplió el martes de esta semana 50 años de ejercicio periodístico en el país. El profesional comenzó su trabajo en Prensa Libre en la década de los sesenta, como reportero de sucesos. Actualmente es vicepresidente del Consejo de Administración del medio escrito, presidente del canal televisivo Guatevisión, y director de la Academia Guatemalteca de la Lengua.

Fecha de publicación: 10-01-16
Mario Antonio Sandoval, periodista. (Walter Peña)
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Carmen Quintela / Julia Corado
elPeriódico

¿Cómo surge la idea de involucrarse en el periodismo?

– Mi papá fue uno de los fundadores de Prensa Libre, entonces yo, literalmente, crecí allí. Jugábamos, con mi hermana y con otros hijos de los dueños, entre las bobinas, en una casa muy vieja con un patio. Jugábamos con los linotipos. Pertenezco a una segunda generación de gente relacionada familiarmente con Prensa Libre. No es que a mí se me ocurriera, “voy a escoger esto”.

Siempre estuvo involucrado.

– Sí, y los de la segunda generación tuvimos todos una oportunidad. Con una característica, cuando yo metía la pata, me caía regaño con el jefe de Redacción, después con Isidoro Zarco, y luego en mi casa con mi papá. Yo tenía triple saldo: una metida de pata y tres regaños. (Ríe). Pero siempre con mucho cariño y mucho respeto. Eran grandes periodistas, pero no grandes pedagogos. El gran orgullo era que la hojita donde uno escribía, las cuartillas, no tuvieran errores. Uno se sentía como que le hubieran dado el Premio Pulitzer cuando pasaba la prueba de los editores.

¿De esa segunda generación, a quiénes les interesó el periodismo?

– Me interesó a mí y a José Eduardo Zarco. Hubo una regla: no podíamos ser subalternos de nuestros padres. Yo era subalterno de Chilolo Zarco. Mi papá era jefe de Hugo Contreras. Gerardo García era también subalterno de mi padre. Ellos empezaron siendo cobradores, yo siendo reportero.

¿Empezó en alguna sección en especial?

– Salí del colegio en septiembre. Me fui a inscribir a la Universidad y me metí en Humanidades, en la carrera de Letras y Filosofía. El 3 de enero me presenté a Prensa Libre, me sentaron en un lugar y me dieron material de canasta, boletines, lo que nadie quería hacer. La primera nota que hice, me dijeron: no sirve. Luego ya me asignaron como reportero de Policía. Estamos hablando de los años 1966, 67, 68, donde la guerra se trasladó a la capital. Cuando los periodistas estamos en una situación así, tenemos que desarrollar un humor negro. “¿Dónde anda?”, decían. “Anda zopiloteando”. ¿Por qué cree usted que decían eso?

Porque andaba viendo muertos.

– Sí. Ser reportero de Policía en ese tiempo era… (suspira). Ahí empecé. En el año 70 ya estaba un poco cansado de tanta sangre y tanta violencia. Obtuve una beca para estudiar en Estados Unidos. Estuve un año: de septiembre del 70 a junio del 71, pero no me desentendí de Prensa Libre, yo mandaba alguna nota, hacía la foto, la mandaba a revelar, la metía en un sobre… llegaba una semana después… eran notas de relleno. Viajamos por 32 estados de Estados Unidos. Después regresé, y empecé a hacer mi tesis, sobre periodismo escolar. Me tardé cuatro años en hacerla. En el año 73, me fui a Alemania a estudiar en el Instituto Internacional de Periodismo, en el Berlín ocupado. Fue otra experiencia de vida increíble. Regresé y empecé a trabajar en la Redacción, como asistente de cuestiones de Redacción. Más adelante se me pidió que me encargara de los editoriales. Obviamente no de todos. Yo hacía, y todavía hago. Aunque ahora, estoy un poco como los elefantes, buscando un bosque donde quedarme allí, esperando lo que tiene que pasar. Me encuentro en la fase editorialista y de periodista de opinión en la que he pasado más tiempo que en el periodismo reporteril, aunque un periodista nunca deja de ser reportero.

¿Ha cambiado mucho la forma de hacer periodismo desde que usted se inició en la profesión?

– Bueno, es que el país, el mundo y la tecnología han cambiado. Lo que no debería haber cambiado, lo que debe mantenerse, son los valores. Lo que importa no es que el barco tenga velas o vaya a propulsión. Lo importante es que el capitán y los marineros sean profesionales. Sí ha cambiado el periodismo, pero porque ha cambiado el público. La sociedad no está mejor informada, sino más informada, con más acceso a la información. Dentro de lo que el periodismo tiene que hacer, tiene que haber un balance. Un problema que hay ahora es la comprobación. Si recibo una única información vengo, y la pongo en este cuento (señala su teléfono), de pronto esa cuestión… Imagínese que sea un medio el que lo hace. ¿Vale la pena hacer una primicia que después resulta que no lo es?

¿Cree usted que Internet y las redes sociales han perjudicado al periodismo?

– Sí. ¿Recuerda a Galileo? Si eso hubiera pasado en redes sociales, ¿qué le hubieran dicho a un pobre idiota que decía que la Tierra se movía alrededor del Sol? El ruido en las redes sociales es el resultado de la primera reacción de alguien. Otra cosa, yo aprendí a no creer en las fotos. Yo tengo una foto a la par de Jorge Serrano y del otro lado está Carlos Salinas. O sea, que estoy al lado de dos delincuentes (ríe), porque le dieron la Orden del Quetzal a Salinas. Pero usted puede decir: este se retrata con Serrano, el mismo que lo amenazó de muerte.

¿Por qué lo amenazó?

– Ah, pues porque no le gustaba lo que estábamos publicando. ¿Y sabe dónde me amenazó? En la Casa de la Reconciliación (ríe) de los Acuerdos de Paz. Eso solo en Guatemala puede pasar. Siento que no llegó a más porque Manuel Conde se dio cuenta y lo sacó. Imagínese. Yo recibí dos amenazas de muerte. Después (Serrano) me invitó a cenar. Primero se pone a discutir conmigo recio, luego me llama, me lleva a una casa, adivine de quién: de Harold Caballeros. La cena terminó a las diez de la noche, y él nos dejó para platicar. Yo le dije: “Hagamos un trato. Vos vas a hablar primero, y las respuestas las voy a ir apuntando”. Dos horas y media después, ya tenía escritas como ocho páginas. “¿Ya terminaste?”, le dije. Después de que transcurrieron cuatro horas y media, él ya estaba furioso. José Eduardo Zarco me pegaba patadas. Pero yo le voy a decir algo: no siento el menor respeto por la gente corrupta. Entonces él dijo: “Por eso es que a mí me han dado ganas de mandar a quebrarte el culo”. Entonces yo me paré (se levanta) y le dije: “De veras que sos un imbécil”. Eso se lo he dicho a dos. Una a él, y la otra a Álvaro Arzú. Yo le dije: “Eso se hace, pero no se dice, porque lo que estás logrando es que tus enemigos lo hagan para echarte la culpa a vos. Así que con permiso, no tengo nada que hablar con vos” (se vuelve a sentar). Siempre va a existir el deseo de controlar a la prensa. Siempre habrá alguien. Sobretodo los señores que venden polvito blanco que no es harina. Y ahora, el riesgo para la prensa no son tanto los gobiernos o el sector privado. Son los narcos.

¿Cree que es más peligrosa la amenaza del crimen organizado o la gubernamental?

– La del crimen organizado. Porque contra la gubernamental usted puede defenderse. El éxito de Colombia en la lucha contra el narcotráfico hizo que este se pasara a América Central. Y otra vez Guatemala está siendo víctima de su geografía.

¿Alguna vez pensó dejar el periodismo por estas amenazas?

– Le voy a contar una cosa. Sí. Pensé si esto valía la pena. Una vez estaba en Nueva York y se me ocurrió ir a la United Press. Pedí hablar con el redactor en jefe, le dije que mi experiencia era hacer correcciones, y le pregunté si podía trabajar con ellos. Él me enseñó un teletipo y me preguntó qué le corregiría yo. Entonces le hice varias correcciones. “¿Se quiere quedar trabajando hoy en la tarde?”, me dijo. En ese momento le contesté que no. Creo que mi lugar está en Guatemala, y está en el periodismo. Vi a demasiados colegas morir. Estuve en demasiados funerales de periodistas, que murieron por expresarse y fueron asesinados.

O desaparecidos…

– Sí, muchos se tuvieron que ir al exilio. Para hacer periodismo en Guatemala hay que ser un poquito loco. A los periodistas no los quiere nadie. Yo no he conocido a un solo político que no empiece bien con los medios, pero después cambian, se creen con derecho, pues. Es el caso de Pérez Molina, quien empezó a llamar a Prensa Libre. Tuvimos que escribir un Editorial para que dejara de llamar, y eso le hizo mucho daño a él.

Si usted pudiera cambiar algo de estos 50 años de labor periodística, ¿qué sería?

– Qué le podría decir. Tal vez, cuando tuve jefaturas, no haber sido más estricto. A veces uno dice: “Le voy a dejar pasar esto”, pero no. Me hubieran gustado que algunas cosas que pasaron no pasaran. Me afecta mucho cuando se mete la pata.

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