Lunes 22 DE Julio DE 2019
Domingo

Los pos miserables

Fecha de publicación: 06-12-15

José Luis Chea Urruela

A finales de 1992, en Sao Paulo Brasil, una tropa de choque de la Policía Militar sofocó, en la legendaria cárcel de Carandiru, un motín con el saldo de 111 muertos, 102 de ellos muertos a tiros en la cabeza, pecho y corazón y nueve acuchillados. Tan solo ese año, a lo largo y ancho del continente latinoamericano, los motines carcelarios dejaron un atroz saldo de más de 900 muertos, casi todos ejecutados a sangre fría, ya sea por sus propios compañeros o por policías, militares o guardias de presidios.

En Honduras, el humo es el pasamontañas que usan los ejecutores. En el fuego arden los hijos condenados de Tegucigalpa y San Pedro Sula. Del humo y del polvo vienen, al humo y al polvo regresan. Los mareros visten tatuajes impresionantes, callan o hablan en su propio alfabeto, gesticulan en su propio idioma, mueren gritando, se queman en su propio fuego. Incinerados por el odio y la historia, encuentran castigo y olvido en el exorcismo colectivo de la pira funeraria de la Granja Penal de Comayagua en el 2012.

En Guatemala, el sur sigue roto y en la vísperas de Navidad, un domingo así cualquiera, en la Granja de Rehabilitación Canadá, “Los Paisas” masacran a 17 “Cholos” y siete cabezas cortadas al filo de machete, en un ritual que tiene mucho de dejá vu, constituyen el macabro trofeo de los efímeros vencedores de esta tenebrosa y tropical versión de la serie Game of Thrones. Masacre que, de paso, terminó de dar el golpe de gracia a las aspiraciones de la actual Ministra de Gobernación de regresar al despacho viceministerial. No es el primer motín, ni será el último. Los motines son la señal de los tiempos. En la época de los Pos Miserables, nadie se persigna, nadie se arrepiente, nadie se asombra.

Para la mayoría de guatemaltecos, la cola para entrar al infierno es interminable: mareros, violadores, secuestradores, niños de la calle, limosneros, prostitutas, homosexuales, travestis, sicarios y asesinos la encabezan. En Carandiru murieron gritando en portugués, aquí, sus últimas palabras fueron en castellano y en otras cárceles del Triángulo Norte tal vez mueran suspirando en spanglish, pero lo importante es que se mueran. Para el consistente coronel Guimaraes, en Carandiru, al igual que varios exfuncionarios de Gobernación y Presidios en Guatemala, la cosa estaba clara, el valiente solo muere una vez, el cobarde muere todos los días. La limpieza social debería ser una política de Estado.

Sin embargo, está probado, la limpieza social no es la solución. Los Pos Miserables, esa extraña mutación urbana, desproletarizada, hija de la migración rural y el hacinamiento urbano, engendrada en la periferia del asfalto, educada desde su más tierna infancia en el más absoluto analfabetismo, inmersa en una cultura asesina cruel y despiadada, graduada con honores de la cárceles del país está aquí para quedarse y reproducirse con ayuda de la tecnología, los satélites, Internet, teléfonos satelitales, teléfonos frijolitos y celulares desfrijolizados. La cultura asesina y cibernética de la Pos Miseria, financiada con los dineros del narcomenudeo y la extorsión, frente a un Estado en quiebra e incompetente.

Las maras, los mareros y las extorsiones no paran de crecer a ritmo vertiginoso y los teléfonos móviles han acelerado este crecimiento. Los ingredientes básicos son una estrategia empresarial de cobro y crecimiento con una tecnología que pueda ser replicada y enseñada. Además, las maras cuidan a sus miembros en las cárceles, con un sistema crudo de justicia que castiga a los que desobedecen. Esto les da el poder sobre la gente en la calle que anticipa una posible encarcelación. Lo que se haga afuera, se paga adentro.

¿Solución? En una delirante entrevista, real o ficticia, que en 2007 se le realizara a Marcos Camacho, alias Marcola, jefe de una de las principales pandillas en Brasil, el entrevistado afirma: “No hay solución, hermano. La propia idea de ‘solución’ ya es un error. ¿Solución, cómo? Solo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una ‘tiranía esclarecida’ que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice, además de una reforma radical en proceso penal del país. O sea imposible, no hay solución”.

Marcola cierra la entrevista invocando La Divina Comedia, recordando la frase inscrita en el portal del Infierno dantesco (“Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate”) alertando a los ciudadanos y dueños del poder político en Brasil, cuando afirma “Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno”. Lo dicho por Marcola aplica a Guatemala donde presenciamos el descarnado espectáculo del inicio o el fin de nuestra conciencia social como simples comparsas de los actores principales, los Pos Miserables.