Lunes 24 DE Junio DE 2019
Domingo

“París era una Fiesta”

José Luis Chea Urruela

Fecha de publicación: 22-11-15

Desde el Renacimiento de Montaigne, pasando por la Ilustración de Voltaire y Diderot, el Romanticismo de De Lamartine y Víctor Hugo, el Surrealismo de Breton, el Dadaísmo de Jean Arp hasta llegar al Existencialismo de Sartre, Camus y Simone de Beauvoir, la influencia de Francia en el mundo de la cultura, el arte, las ideas y el debate intelectual es innegable; y dentro de Francia, como epicentro de esta notable contribución a la civilización occidental, la Ciudad Luz, París.

En sus memorias París era una Fiesta, Hemingway afirmaba, con total acierto, que “si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas a donde vayas todo el resto de de tu vida” y ciertamente, a lo largo de sus páginas, en un París ambientado en los años veinte, deambulando por Montparnasse y el Quartier Latin, cafés, jardines y librerías de París, los famosos contemporáneos americanos de Hemingway, John Dos Passos, Gertrude Stein, los Fitzgerald y el británico Aleister Crowley hicieron poesía y literatura.

Cincuenta años después, el escritor español Vila Matas, desde su apartamento en París, propiedad de la célebre y controversial novelista francesa Marguerite Duras, tras las huellas de Hemingway recorrería los mismos barrios y los mismos cafés, parques y librerías solo para terminar convencido de que tal y como en su momento lo había afirmado Hemingway que “París No se Acaba Nunca”.

Sin embargo, la novela parisina por excelencia la escribió un latinoamericano, Julio Cortázar. Ambientada en un París donde la frontera entre la realidad y lo fantasmagórico es muy sutil o prácticamente inexistente, el París de Rayuela, desde la perspectiva de Cortázar, es un París que al mismo tiempo es un Buenos Aires, o un México, o tal vez América Latina.   Ese París luminoso ciudad donde pernocta y se inspira la crema y nata de los escritores y novelistas de un continente en plena ebullición. Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Vargas Llosa, García Márquez, Huidobro, entre una constelación de escritores latinoamericanos, recorren las calles de París en busca de bohemia, inspiración y reconocimiento.

La fiesta parece haber concluido. Parafraseando la celebérrima frase de Marx y Engels en 1848, hoy en día, no uno, sino dos fantasmas recorren Europa. El primero, el fantasma de la migración masiva de refugiados políticos, precursores sin pasaporte de Estados fallidos o víctimas inocentes de conflictos religiosos o políticos insolubles. La desgarradora foto del niño kurdo Aylan Kurdi, cuyo cuerpo ahogado arrojó el mar a las playas del Bósforo o la reveladora escena –preludio inevitable de una nueva era de xenofobia– de la periodista Petra Lazlo pateando a un refugiado que trataba de cruzar la frontera con Hungría, o la sombría estación de trenes en Budapest, abarrotada de familias sin futuro y sin destino, así lo atestiguan. Los nuevos otomanos.

Segundo, el terrorismo suicida, fanático, religioso y purificador de los extremistas islámicos, destinado a sembrar el terror entre los malos musulmanes, los renegados del islam, los infieles nazarenos (la masacre de Charlie Hebdo y los atentados del 13 de Noviembre) y las poblaciones de la nouvelle Legion Etrangere: Estados Unidos, Rusia, Inglaterra y Francia. La religión como acto de fe y razón profunda del conflicto.

En efecto, el fanatismo religioso de los extremistas islámicos y su religión –ese “opio del Pueblo”– droga oriental que anestesiaba el espíritu rebelde de los proletarios occidentales– es utilizado por los extremistas islámicos no solo para explicar su real o supuesta explotación, pobreza, frustración, desgracias e infortunio, sino también para presentar el suicidio y la Guerra Santa como la tabla salvadora y la recompensa celestial mas allá del infierno terrenal. Manipulación infernal para incrementar la xenofobia y reclutar más adeptos en la Europa musulmana.

Resulta evidente que en el corto y mediano plazo, las complejas realidades políticas y religiosas que privan en Medio Oriente no cambiarán. El derrocamiento y caída de Mubarak en Egipto, Hussein en Irak y Gaddafi en Libia demuestran en la práctica que en esta región del mundo el remedio resulta siendo peor que la enfermedad. Tampoco la salida o caída de Bashar Al Assad en Siria parece ser la solución. En el largo plazo, la secularización del islamismo pareciera ser la única salida posible. Mientras tanto, París “vaut bien une messe”.

De esta cuenta, mientras que en París, La Maga y Oliviera, los personajes de Cortázar, conmutan entre el gueto de Courcourcorennes, los alrededores de Saint–Denis y la Rue Voltaire, tratando de leer los nuevos tiempos en Francia, solo para descubrir que, en París los relojes no parecieran encontrar la hora, en nombre propio y orgulloso del premio Roger Caillois que le fuera otorgado esta semana al escritor guatemalteco Eduardo Halfon, ‘mes sinceres condoleances a la France entier’.



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