Miércoles 19 DE Junio DE 2019
Domingo

Los honrados y sabios, “NO” y “No sé”

Fecha de publicación: 01-11-15
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
Por: César A. García E.

César A. García E.

El camino de la sabiduría es frecuentemente poco comprendido. Hay gente que jamás lo encuentra, aun asistiendo con ahínco a la universidad, llenándose de títulos y posgrados… siguen siendo brutos ¿Conoce a gente así? Son fácilmente reconocibles, porque atribuyen –neciamente– a la academia, la fuente de la sabiduría y quienes hemos pasado por sus aulas, como educadores o educandos y tenemos ya mucho kilometraje, sabemos que –como en todo sitio– la sabiduría en esos lares, siempre es escasa y por ello los profesores que –además de conocedores de su materia– son sabios, se convierten en memorables y son siempre pocos. Si estudiando se encontrara la sabiduría, se debieran acuñar los falaces aforismos: “Mientras más estudia más sabio es”, o “A más títulos, más sabiduría”… por ejemplo.

¿Propongo que es malo estudiar o que es perder el tiempo? En absoluto… es menester estudiar, si se puede hasta el último día de nuestra vida… pero ello no nos hará sabios. Del estudiado y muy estudiado –carente de sabiduría– surge la definición del “bobo ilustrado”. Es decir, sabe mucho, tiene mucha información… pero es torpe en resolver la vida, con competencia, eficiencia y eficacia… falla en cada paso y en muchas decisiones que –desde su densa ilustración– las estima intrascendentes. El bobo ilustrado, no siempre atiende escrúpulos, se convierte en un ser ensimismado y llega a creer, ser capaz de tener –todas– las respuestas. ¿Puede alguien tener todas las respuestas? ¡Solo un bobo ilustrado!, el sabio o quien busca la sabiduría, sabrá muchas cosas, pero no todas y por ende, en ocasiones, dirá –y sin empacho– “no sé”… porque sabe que más importante que saber, es aprender. Luego del “no sé” quien busca sabiduría, averiguará, si es que ello le llama la atención, le será útil o si la persona que le hizo la pregunta merece la pena su esfuerzo, en cosas que a él o ella, no le interesa aprender… hay cosas de las que no vale la pena aprender y eso es sabiduría, pero esa valoración o selección es parte del libre albedrío… patrimonio de cada quien.

El valor del “no”: Saber decir no, tiene implicaciones fundamentales y consecuencias que se disfrutan toda la vida. Ser complaciente y decir a todo y a todos “sí”, nos convierte –en contrario– en relativistas, lambiscones, maleables y poco fiables, por poco definidos. Por supuesto se puede decir no y luego enmendar, al darnos cuenta de nuestra equivocación –en la valoración– o viceversa. El “no” oportuno, nos vacuna contra el oportunismo y nos aleja de aquellos que nos pretenden “instrumentalizar” para su beneficio. El “no” que atiende a principios y convicciones de vida, nos hace repudiables, en élites de roñosos, en círculos de mafiosos y evita que se visite nuestra casa, gente sin valores… es decir sin valor. El “no”, nos hace distintos, nos convierte en gente respetable, con convicciones y guía nuestros pasos –reitero siempre que el “no” atienda principios– por el camino del bien, de la buena cosecha, de la plenitud y de la virtud. Siempre será mucho más fácil decir “sí”, pues implica –por definición– acceder al requerimiento de un tercero y ello nos genera: simpatía aparente, popularidad, muchos falsos “amigos” y un “prestigio” que durará… hasta que ya no sirvamos a quienes nos instrumentalizan, para lograr aviesos fines. Si algo lamentarán los hoy los caídos en descrédito y protagonistas del escándalo que fueron usados, es no haber dicho “no” o haber vendido, o al menos arrendado sus principios. Los principios y valores no negociables… no son tal cosa y eso es sabiduría.

El valor del “no sé”: Decir –sin pena o fingimiento– no sé… cuando no se sabe y no como evasiva a una responsabilidad ignorada o a una falta cometida, nos mantiene con los pies sobre la tierra, nos hace reconocedores –permanentes– de que otros si saben, cosas que nosotros ignoramos… nos alejamos de ser “sabelotodo” y nos encaminamos a la vital humildad. Si otros saben más que nosotros o simplemente saben otras cosas, ello confirma nuestra adaptabilidad a diferentes entornos, donde otros pueden enseñarnos o ayudarnos; nos hacemos un poco más inteligentes cada día… y también sabios. Mi primera interpretación –cuando alguien no tiene preguntas o es arisco a las sugerencias e ideas, sino solamente ostenta respuestas– es fatuidad. Las respuestas que evidencian desconocimiento de temas son engañosas, vacías o demagógicas. El “no saber” no es un delito, como lo declarara Albert Einstein “Todos somos ignorantes, lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”. Esta sabia afirmación, confirma nuestra necesidad de vivir en sociedad, donde la familia, el trabajo y la prosperidad integral, puede construirse a base de lograr la complementariedad idónea, misma que debe incluir –en todas nuestras interrelaciones– muchos “no” y muchos “no sé”, de otra forma, lejos de construir, seremos parte de los depredadores –ignorantes– por acción u omisión.

Einstein –el prominente hombre de ciencia, pero también el manso creyente en Dios– avanzó tanto, muy probablemente porque más que disfrutar sus fortalezas, estaba consciente de sus limitaciones. Reconoció sin arrugarse: “Detrás de cada puerta que a ciencia logra abrir, el hombre encuentra a Dios”. Y es que la sabiduría empieza por la humildad, por el temor a dañar, por el afán de construir y por la convicción de luchar y dar, cada día… no por lograr ser muy conocido, sino porque nuestra existencia tenga significado para los que vienen atrás; por eso existe gente sabia y adinerada, gente sabia sin mucho dinero, gente sabia analfabeta y yo he tenido la dicha de conocer de todos los grupos, lo cual agradezco a Dios. Les dejo con un verso bíblico extraordinario. Proverbios 9:10 “El principio de la sabiduría, es el conocimiento de Dios y apartarse del mal, la inteligencia” ¡Piénselo!