Miércoles 19 DE Junio DE 2019
Domingo

El legado arevalista: la dignidad humana como proyecto político

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 01-11-15
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico

El joven dejó de escribir en su diario de viaje cuando el insolente francés estrelló dos huevos sobre la cabeza del tímido pasajero austriaco. El desagradable individuo había ido extremando sus bromas a medida que transcurría la larga travesía trasatlántica. Los testigos enmudecieron ante la humillante acción… pero no pasó mucho tiempo, sin que el joven se plantara frente al bromista, ordenándole limpiar al hombre que permanecía en silencio. El francés trató de escabullirse aduciendo que no tenía con qué cumplir la tarea. El joven notó que entre las ropas del francés se asomaba un pañuelo de seda. Extrayéndolo con rapidez le dijo: “Con esto”. El francés cumplió sin chistar la orden.

Pedro Álvarez Elizondo, periodista mexicano, narra esta historia en un libro publicado en 1947; el joven era el futuro presidente de Guatemala, Juan José Arévalo. Ambos habían entablado amistad durante el periplo marítimo.

Este suceso brinda una brillante instantánea del carácter que iba a marcar el desempeño político del maestro presidente. Perfila a un hombre decidido, con un sentido inmediato y concreto de la justicia y con una conciencia acendrada de la dignidad humana. Muchas anécdotas de Arévalo Bermejo recogen el aplomo y rapidez que ayudaron a este líder histórico a sortear las dificultades que acechan los proyectos de cambio profundo.

No resulta extraño que Arévalo hiciese de la dignidad humana el valor que iba a organizar su acción política. Este proyecto se concreta en lo que el expresidente denominara el “socialismo espiritual”, corriente filosófica-política que articula las preocupaciones del socialismo con los valores que emanan de la dignidad humana. “El socialismo, apunta Arévalo en sus Escritos políticos (1945), antes que una doctrina política, es una forma espiritual, que se define como la simpatía del hombre por el hombre”. El socialismo propuesto por Arévalo apela a las “esencias civiles y morales” del ser humano, dado que su valor supremo es “una voluntad de dignidad”.

En la conciencia política de Arévalo se entrecruzan, de manera creativa, algunas de las fuerzas telúricas que han moldeado el ímpetu emancipador en Iberoamérica. En su pensamiento se intersectan el americanismo antiimperialista, la filosofía de los valores y el legado del krausismo, el cual había catalizado una de las épocas más fructíferas de la conciencia española. Esta corriente emerge cuando el pensamiento de Karl Christian Krause (1782-1832) es trasplantado a España por Julián Sanz del Río, a mediados del siglo XIX.

Krause consideraba que el fundamento de su filosofía se encontraba en el reino interior del hombre, esto es, en su conciencia. El Estado, en la perspectiva krausista, no es un aparato coactivo, sino una estructura humanizante de la sociedad. En Arévalo, como no podía ser de otra manera, la vocación política por la dignidad humana asume como tarea fundamental la desarticulación de la injusticia que ha aprisionado desde siempre la vida de las grandes mayorías de este país.

Cabe decir que esta opción por la dignidad tiende un puente entre nuestra sociedad y la noble generación que llevó a cabo la Revolución de Octubre. En efecto, los recientes acontecimientos políticos en nuestro país han puesto de manifiesto que la sociedad guatemalteca se sabe heredera de la tradición política interrumpida por la intervención norteamericana de 1954. Los últimos meses han mostrado al mundo a una sociedad cansada de que su quehacer político solo sirva para consolidar los intereses particulares a costa del bien común.

Desde mi perspectiva, la recuperación de este legado de dignidad debe alimentar un programa político de transformación de la sociedad guatemalteca. En esta dirección, una lucha efectiva contra la corrupción no puede agotarse en evitar el saqueo directo del Estado; esta tarea también debe asumir la voluntad de construir la vida común sobre las demandas de la ética que, por su naturaleza, no son compatibles con estructuras sociales tan oprobiosas.

En este momento histórico, la Guatemala digna que todos ansiamos no puede construirse sobre recetas económicas que debilitan las bases económicas del bien común. Es inaceptable que el sector empresarial organizado quiera aprovechar esta coyuntura para implementar sus agendas de austeridad, mientras piden privilegios para impulsar sus indignantes agendas de competitividad. No debemos olvidar que en 1993 los sectores oligárquicos se aprovecharon de la crisis del serranazo para sujetar el Estado guatemalteco a los poderes financieros nacionales. Simplemente, no puede existir una sociedad digna si nos rendimos ante los incentivos perversos de políticas económicas que solo ahondarán la siniestra desigualdad que ensombrece nuestra vida ciudadana.

En conclusión, si el próximo gobierno plantea seriamente regirse por el ideal de una honestidad integral, no puede guiarse por recetas que surgen de la estupidez moral del neoliberalismo. En ese sentido, la lucha por la dignidad que caracteriza al actual movimiento ciudadano debe agudizar su conciencia respecto a las múltiples estrategias que usa el poder oligárquico para mantener sus privilegios. Después de todo, la ciudadanía atesora en la memoria colectiva la convicción de que hubo una vez un maestro visionario que mostró que la “voluntad de dignidad” puede regir la refundación de la vida en común.