Miércoles 21 DE Agosto DE 2019
Domingo

La virtud ciudadana y las agendas empresariales

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 18-10-15
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico

A lo largo de la historia, las grandes tragedias humanas han afectado la visión que las sociedades tienen de sí mismas y del universo. El optimismo filosófico de Gottfried Wilhelm Leibniz—según el cual vivimos en el mejor de los mundos posibles— se resquebrajó ante los ojos de un Voltaire horrorizado por la experiencia del terremoto que asoló Lisboa en 1755. El filósofo judío alemán Theodor W. Adorno lanzó la pregunta de si se podía escribir poesía después de la atroz experiencia de Auschwitz.

La razón de tales cambios, como lo diría la filósofa norteamericana Susan Neiman, es que las catástrofes cuestionan la misma racionalidad humana. Ante la experiencia del dolor gratuito, cuestionamos el mismo sentido de la vida humana. Dichos cuestionamientos, desde luego, se intensifican ante las tragedias que suponen la acción cruel o irreflexiva de los seres humanos. Por lo tanto, la reflexión sobre los desastres humanos de este tipo tiene siempre una dimensión política.

En este orden de ideas, no debe extrañarnos que la dolorosa experiencia de El Cambray II haya agudizado la certeza ciudadana de que el Estado guatemalteco se ha derrumbado bajo los escombros de su corrupción e incapacidad. Una corrupción, vale decir, que ha sido funcional para el establecimiento de oligarquías sin ninguna preocupación por el bien común. La ciudadanía, consciente de este hecho, se volcó de lleno a solventar la crisis con un esfuerzo humanitario en el que se daba lo que se tenía, no lo que sobraba. El resultado de dicha ayuda sobrepasó las mayores expectativas.

Detrás de dicha frenética actividad, se hacía presente la convicción de que carecemos de Estado, en el sentido esperado del término. También se incrementó la conciencia de que en nuestra sociedad nadie está libre de las tragedias inducidas por centurias de irresponsabilidad de un Estado que ha servido predominantemente como instrumento de enriquecimiento ilícito.

Así las cosas, la experiencia de El Cambray II no debe visualizarse tan solo como un restringido episodio de solidaridad ciudadana. En efecto, la extraña conjunción de la crisis política con uno de los más grandes desastres de la reciente historia nacional pone de manifiesto que existen fuerzas sociales para refundar el Estado guatemalteco según los lineamientos que impone la búsqueda del bien común.

Sin embargo, en este contexto de transformación ciudadana, el sector empresarial organizado ha empezado a avanzar sus agendas de “desarrollo”. Los canales comunicativos de este sector han hecho evidente que tales agendas contemplan la austeridad estatal y los ya tradicionales planes de fomento de la inversión basados en exenciones de impuestos y medidas similares.

Desde mi punto de vista, es evidente que estas agendas entran en tensión con las formas políticas que empiezan a emerger de la preocupación ciudadana por su vulnerabilidad y, en general, por su futuro. Mientras los sectores oligárquicos quieren creer que la crisis se ha resuelto a su favor y que las cosas seguirán como siempre, la ciudadanía sabe que evitar desastres como el de El Cambray II demanda extirpar las injusticias estructurales que hacen que gran parte de nuestra población viva en zonas y condiciones de extrema precariedad. De este modo, la praxis ciudadana cuestiona los paradigmas de “desarrollo” que buscan incrementar un nebuloso concepto de “competitividad” que, como reza el acostumbrado guion, nos ubicará de manera ventajosa en un contexto global que, huelga decirlo, luce cada vez más sombrío.

No se puede negar que la refundación de un Estado capaz de reducir la desigualdad es urgente, a menos que nos resignemos a una vida ciudadana desprotegida, especialmente frente a los desastres que se avizoran en un mundo asediado por el cambio climático. Angustiantes preguntas caen de suyo: ¿Cómo puede reconstruirse un Estado funcional cuando se quiere imponer el objetivo de la austeridad en un escenario ya marcado por la baja e inequitativa recaudación tributaria? ¿Cómo se enfrentará el cambio climático cuando en el sector empresarial existe una tendencia irracional a ignorar, cuando no negar, las amenazas respectivas?

La viabilidad de nuestro país no puede lograrse diseñando programas que, bajo el paraguas de un Estado incapacitado por la austeridad y la baja recaudación tributaria, promuevan zonas francas, con exenciones de impuestos, con salarios diferenciados, con monocultivos e industrias extractivas favorecidas con regímenes tributarios indignantes. ¿Podrá el nuevo sentir ciudadano quedarse con los brazos cruzados ante los peligros que representan estos proyectos empresariales de cortísimo plazo?

Las ideologías de la austeridad y de la competitividad no constituyen un remedio para la presente crisis, ni la imprevisible prolongación de esta, en el tiempo que viene. Hay que pensar en la complejidad de los contextos. Por ejemplo, puede hablarse de austeridad, pero esta tarea presupone hablar del molesto tema de la evasión tributaria, de la riqueza escondida en los paraísos fiscales, de la opacidad bancaria y de las indignantes triquiñuelas con que se quieren entregar los recursos necesarios para la digna supervivencia de la humanidad. En verdad, los que necesitan pensar en la austeridad son los que han hecho de la ganancia irracional su triste razón de ser y no los que precisan de lo más necesario para sobrevivir.