Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Crónica de una pérdida anunciada

Una mujer y dos hombres, en Guatemala, van al casino, pierden Q300, vuelven a casa, se duermen. En el medio están los rituales, las risas, la distracción y el derroche de dinero ante el hastío de la enfermedad y las deudas: las tragamonedas como terapeutas.

Fecha de publicación: 18-10-15
Por: Juan D. Oquendo joquendo@elperiodico.com.gt
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Una de las principales razones para que la gente no vaya es por la religión. Don Julio está seguro. A lo mejor cualquier cristiano se imagina unos cachos saliendo detrás de las letras neón de un casino. Sus abuelos eran algo así. Más bien, eran recalcitrantes hasta el tuétano. Cada vez que su abuelita –a sus sesenta y nueve años él le sigue diciendo así– abría la puerta a los testigos de Jehová solo era para gritarles “¡hijos del diablo! Aquí no queremos nada con ustedes”. La puerta se somataba detrás de los hombres entacuchados.

Ya hace algunos años que Don Julio forma un islote imperturbable del mapa de personas que llegan a la redacción. Su especialidad es el rastreo de vinilos y antigüedades, pero esa es harina de otro costal. Esta vez es algo totalmente diferente. Es el dominio de su doña. A través de conversaciones con él, en los últimos años, ha salido de forma fugaz el tema, hasta llegar a cometer la indiscreción de preguntarle si es posible acompañarlos en sus salidas al casino como escape de la realidad agobiante.

Abriéndose paso desde La Bethania hacia el Centro Histórico, el carro recorre la calle bajo las luces naranjas de los focos. El trayecto es bastante común para Doña Delmira, mucho más que para su don. Vamos a un casino y el aire que se cuela por las ventanas sale detrás dejando una sensación de aventura, de futura algarabía.

La avenida Las Américas está en calma, excepto un centro comercial cuyos locales están todos cerrados. Dejamos el carro y en la esquina suroeste dos hombres altos de traje cuidan la entrada a donde el piso se convierte en una esponjosa alfombra de coloridos detalles ovalados. El brillo de las casi cien máquinas distrae la vista de la pared rojiza. Doña Delmira se sienta frente a una máquina y Don Julio se acerca a una joven de pelo oxigenado para cambiar un billete de cien por diez de diez. Apenas son las ocho de la noche y el casino Renacer está lleno.

Más barato que la terapia

Don Julio había jugado de joven. Pero desde 1982 se había olvidado de aquello, cuando el entonces presidente Ríos Montt mandó a quitar todas las tragamonedas de los comercios sobre la Sexta Avenida y del resto de la ciudad. Doña Delmira, por su parte, nunca había ido a un casino hasta hace unos 15 años. Todo comenzó cuando leyó en la prensa un anuncio de la Asociación del Niño por el Niño que celebraría un bingo.

Doña Delmira y sus amigas fueron al bingo y a muchos otros donde los premios no eran dinero, sino electrodomésticos, línea blanca, viajes, lo que fuera para ayudar a fundaciones de beneficencia. Un día Don Julio les dijo: “¿Quieren ganar dinero? Les voy a enseñar dónde juegan dinero”. Comenzaron en el Club de Leones, luego en hoteles como Tikal Futura o Camino Real. Ese mundo de brillantes colores y rugidos electrónicos se abalanzó sobre ellas. Tanto que han visto a personas perder casas y negocios en los casinos.

Doña Delmira no. Ella tiene autocontrol para esto. Don Julio puede ser más impulsivo y por eso prefiere mantenerse alejado. Ambos saben que el error está en gastarse lo que no deben. Si les sobra algo de dinero pues a jugar. Doña Delmira justifica sus pérdidas y las de los demás. “Es que hay gente que considera esto como un trabajo”. Pero ella va por otras razones. Por supuesto que no es un trabajo, es una de las pocas formas de distracción nocturna en esta ciudad.

Un día antes de ir al casino, ella preparó su pedido semanal de chiles rellenos y tamalitos de elote. Tenía algo de plata y no había ido desde hacía tiempo. Sus aleras, dos vecinas con las que rentan un taxi para ir y venir cada semana, se habían enfermado. “A mí me gusta porque me relaja. Es tan agradable el ambiente y uno se distrae. Se le olvidan las cosas ahí”. La emoción de las bolas numeradas girando para completar un bingo son la medicina ideal contra la depresión, las enfermedades, el hastío del trabajo y las cuentas por pagar. Incluso en esas noches de insomnio. “Si tuviera pisto vendría todos los días. Sale más cara la terapia”.

Ganar, cobrar y marcharse

La cosa va así: la máquina recibe billetes de diez quetzales hasta cien. O es una tragamonedas o un bingo, pero ambas son digitales. Doña Delmira prefiere las máquinas de bingo. Juegan de forma automática hasta cuatro cartones en menos de diez segundos. Meta un billete de diez, eso equivale a cien créditos de diez centavos cada uno en esta máquina, hay otras de cincuenta centavos, más caras pero con mayores premios.

Los botones como de un “arcade” sirven para: jugar, cambiar de cartón, abrir o cerrar cartón, jugar una bola extra, controlar la velocidad del juego y para cobrar. Arriba en la esquina derecha están los amarres y los premios: una línea, doble línea, una “hache”, el rectángulo, el cuadrado, el cartón lleno. La explicación resulta alienígena, pero basta jugar una vez para comprenderla. No existe sistema operativo más sencillo de utilizar que ese.

Hay que compartir la suerte. Eso es bueno según Don Julio. “La suya puede ser negativa y la de él positiva, o al revés. Se comparte la suerte, lo mismo que vamos a hacer en el casino. Vamos a hacer vaca, poner un poco cada uno, cooperacha. El que gane tiene que compartir”.

A los pocos tiros en mi máquina, las bolas hacen un amarre y devuelve mil créditos. “¿Ya vio? Dicen que la mano virgen gana”. Ahora cobre, que le den sus cien quetzales y siga jugando. El proceso es adictivo, demasiado. La voz de la mujer que canta el bingo tradicional dentro del casino se difumina entre los golpes que reciben los botones de las tragamonedas. El trance lo interrumpe una señora que ofrece agua, café o té. Va por la casa, claro.

Doña Delmira se ganó hasta Q10 mil una vez. Por eso cuando la máquina paga hay que cobrar y quitarse. Don Julio dice que no, que se puede seguir sacándole plata, aunque leyó en una revista sobre los casinos de Panamá que los programas están diseñados para recaudar una cuota y soltar entre un diez y veinte por ciento. “La cosa es que uno nunca sabe cuándo va a soltar”.

Atraer un poco de suerte

Unas máquinas a la izquierda, un hombre en saco que ocupa todo el sillón de cuero rojo presiona con el pulgar de forma tranquila. Su ritual es la calma absoluta y la mirada cabizbaja, como escondiéndose del número que necesita para un amarre de 450 créditos. No se oye nada y al subir la mirada el último número en caer fue el 4 y no el 76 que necesitaba. No pasa nada. Mete otro billete de a diez y sigue jugando sus cartones.

Un hombre moreno y delgado en una camisa polo se pasea por todas las máquinas. Hace como que elige una al azar, mete diez quetzales, tira todo y nada. Sigue de largo como un picaflor de las tragaperras. Una señora en blusa verde, a la izquierda, no deja su máquina. Si se levanta al baño voltea la silla para indicar que la máquina está apartada. Está segura que le tiene que soltar algo. Solo el viernes pasado dejó Q1,800 en ella. Ella golpea con la uña el espacio vacío del cartón que necesita para ganar.

Cuando Don Julio juega es de a diez centavos el tiro, para mantenerse, para disfrutar. Habla con sus vecinos, bromea, ríe, y su manera de llamar el número que necesita es vociferarlo por toda la sala. Atrás, en las máquinas caras, Doña Delmira juega un bingo que no hace amarres: para ganar se debe llenar una o dos líneas o todo. Más simple. La doble línea ya es buen premio, y cuando le falta un número, ella extiende su mano hacia la pantalla y con el pulgar soba el cuadro que necesita llenar. La expresión de desasosiego salta a la orilla de sus ojos.

Para cuando sirven la cena a los jugadores, ya son las once de la noche. Los cien que me había ganado se fueron como agua entre los dedos junto con otros cincuenta. Don Julio perdió casi lo mismo pero sobrevive en una máquina. Doña Delmira está en cero, pero Silvia, una amiga que frecuenta el casino le presta diez. De un tiro saca cincuenta y se mantiene hasta sacar otra doble línea. Silvia comienza a perder. Doña Delmira también.

A la medianoche los tres estamos en cero. Afuera hay un cajero automático pero resisto a la tentación. De regreso a La Bethania la conversación se torna a las anécdotas curiosas y alegres. Que la señora que se infartó cuando ganó un premio de Q400 mil, de cuando una amiga de Doña Delmira se quedó con Q5 y de esos sacó Q800, que una vez un asiático le metió Q300 de un solo, perdió y golpeó la máquina rabioso. Que hay que esperar para ganar el acumulado, quizás un día de promociones o cuando la buena suerte ronde. Que qué harían si algún día se ganaran los cientos de miles de quetzales que los brillantes letreros solo prometen.

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