Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Domingo

El arrepentimiento de “Chico Dólar”

Una noche que el ron aflojó sus palabras, deseó por un instante nunca haber conocido a los hermanos Barquín y al diputado Jaime Martínez Lohayza, los hombres que lo asesoraron para no ser investigado y con quienes, probablemente, compartirá celda. La historia de Francisco Morales “Chico Dólar” es la de un personaje poco astuto pero útil para las mafias.

Fecha de publicación: 20-09-15
Por: Francisco Rodríguez frodriguez@elperiodico.com.gt
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Foto: Walter Peña > El periódico

Esa mañana, el reloj marcaba las 06:10 horas y el calendario el día 15 de julio. Francisco Morales, Chico Dólar, con solo una pantaloneta puesta bajó del segundo nivel de su casa para atender el insistente timbre. Quitó los cerrojos y abrió la puerta. Con la luz de la mañana, entró una escena que ensanchó de sorpresa sus pequeños ojos negros, esos que le dan un aire de niño asustado. Fiscales del Ministerio Público y una parte de las 24 unidades policiacas desplegadas desde la ciudad capital le pedían colaborara para ejecutar una orden de allanamiento en su hogar.

Nervioso, pidió la orden de juez que les daba la potestad de ingresar, los fiscales mostraron el documento. Desde ese momento y como si recordara que aquello era un juego que él ya conocía, volvió a la calma. El mismo Morales guió a las autoridades en el recorrido por su casa, se le veía tranquilo, los enviados de sus amigos diputados lo habían entrenado para visitas de este tipo. Siempre había salido perfectamente librado, hasta ese día.

En el primer nivel había estacionada una camioneta Audi del año valorada en no menos de Q500 mil y un picop doble cabina. La televisión plasma de 60 pulgadas era la atracción principal de la sala, aunque se perdía en medio de un teatro en casa y una sala mal acomodada. Los muebles eran de cedro puro con acabados elegantes, pero diluidos entre el desorden del hogar.

Definitivamente lo suyo no era la decoración de interiores, lo suyo era manejar dinero, excesivamente mucho. Tantos eran los fajos que –cuentan quienes le conocieron en sus años abundantes, en su otra oficina frente al Parque Central de Asunción Mita, Jutiapa–, no le bastaba una mesa de dos metros para colocarlo todo. De punta a punta se apilaban en forma de volcán los billetes, todos con denominación de Q100. Al lado, un costal con todavía más efectivo. Metía la mano en el saco y extraía bolas de papel moneda arrugadas como si estas hubieran sido digeridas por una vaca. Las estiraba y aplanaba firme con la palma de su mano antes de sumarlo a los de la mesa. El servicio de lavado de dinero incluía planchado.

El allanamiento continuó. En el pasillo encontraron cajas con documentación de empresas, transacciones y demás documentos mercantiles, como si estuvieran listas para ser llevadas a otra parte. O quizás no, tal vez ese era su lugar dentro de la casa. La caja fuerte estaba vacía, Morales seguía tranquilo. Fue una llamada, o un mensaje de texto, las autoridades no están seguras de cómo le contaron, lo que terminó con su paz.

Supo de la captura de sus colaboradores. En ese momento, la promesa de poder dormir sin miedo, la que algún día le habían hecho sus amigos Jaime Martínez Lohayza, el diputado cacique de Jutiapa que lo llevó a la Gran Alianza Nacional (Gana); Manuel Barquín, el diputado de Petén que le arregló la reunión con “los señores del Banco”; y Edgar Barquín, el entonces Presidente del Banco de Guatemala que le dio las últimas recomendaciones para salir bien librado, se desplomó para dar paso a la pesadilla que tantos meses lo angustió a él y enfermó a su esposa “de nervios”.

“Díganme, qué está pasando aquí ¿Vienen por mí? ¿Me van a llevar preso? ¡Díganme! ¡Están violando mis derechos!”, gritaba ahora exaltado. El Fiscal a cargo, dado que no tenía ya más opciones, llamó a dos agentes policiales para que le notificaran su aprehensión. Morales quería continuar presente durante el allanamiento pero, al ser oficialmente detenido, no podía hacerlo, insistió pero su ruego no fue escuchado. Pidió unos momentos para despedirse de su familia, abrazó a su esposa, a su hijo, el que estudia Relaciones Internacionales en una universidad privada de la ciudad capital, el mismo que reside en carretera a El Salvador en una casa que Morales compró para él y su hermana mayor. “De la que más le costó despedirse fue de su hija pequeña, era la única que lloraba. Tardó un tiempo abrazado a ella antes de irse”, cuenta una persona que estuvo presente.

Pidió un último favor: permiso para vestirse. Buscó una camisa a cuadros blanca con café y un pantalón. En el instante en que abrochaba el cinturón le tomaron la fotografía que cubrió las páginas de todos los diarios del país al día siguiente. Al fondo su cabecera de cedro, un cuadro de Jesús crucificado y el ventilador que le quitaba el calor de Jutiapa por las noches. En su rostro, dos pequeños ojos negros, esos que le dan aire de niño asustado.

“Chico”, el piadoso

Hace algunos años, Morales tuvo la oportunidad de asesinar al que estaba por convertirse en su yerno. El joven, que quiso ser más listo que el cambista más famoso de Asunción Mita, sustrajo una maleta con Q100 mil de su oficina. Antes que en las calles corriera el rumor de un robo a Chico, la banda los Temerarios, una estructura criminal dedicada al narcotráfico y sicariato que opera en la zona, desplegaba a sus hombres en busca del atrevido.

Le hicieron falta pocos metros para llegar a la frontera, según su plan, cruzaría la aduana para perderse por las calles de El Salvador. El joven fue llevado, casi arrastrado, hasta la casa de Morales. Podían matarlo ahí mismo si quería, el jefe de los Temerarios haría lo que dijera el agraviado, en especial porque la estructura era parte de la cartera de clientes del servicio de lavandería de dinero. Morales, aunque muy molesto, le perdonó la vida. El aprendiz de ladrón ahora vive en Estados Unidos.

Al describirlo, quienes lo conocieron desde niño usan distintos adjetivos pero ninguno encaja como un importante miembro al de una organización delictiva. En el colegio siempre prefirió el asiento del fondo, decía poco, opinaba menos. Evitaba participar, nunca lo vieron en un equipo de fútbol. “No sé cómo hizo tanta plata, de chiquito era así callado, como mudencón él” cuenta un vecino quien, como todos los que accedieron a conversar para hacer esta nota, pidió anonimato para sus palabras.

El memorable apodo se lo ganó en dos partes. La primera, por defecto, en oriente a los Francisco les llaman Chico. La otra parte la ganó después de cerrar trato con un nicaragüense quien le otorgó la franquicia de Western Union cerca del año 2001. Según las investigaciones del Ministerio Público y la Comisión Internacional Contra la Impunidad, esta franquicia era la fachada para justificar las transferencias de dólares al extranjero, al menos Q937 millones provenientes de actividades criminales. Se pidió una postura a la oficina central de Wester Union de la ciudad capital, solicitaron una carta con los cuestionamientos y, cuatro semanas después, uno de sus representantes se limitó a decir que aún no tenían respuesta.

Haber perdonado a su yerno corrobora que Morales no es violento, en su vida diaria no lo acompañaban guardaespaldas, tampoco derrochaba dinero. Por el contrario, lo recuerdan por tacaño. Las investigaciones lo colocan como el centro de operaciones ilícitas, pero al escucharlo hablar, al poner atención a sus ideas, se entiende su papel dentro de la estructura.

Cuando el juez ya había dictaminado que, para su seguridad, Morales debía ser trasladado del Centro Preventivo de la zona 18 a la cárcel de Matamoros, el acusado pidió la palabra. Extrañado, el juez, accedió, Morales se levantó del asiento y acercó el micrófono: “Mire” –dijo con aire de quien muy apenado rechaza un gesto amable– “usted me va a sacar del Preventivo, y yo ahí estoy bien ahí, conozco a unas personas ya de ahí adentro y me siento bien”. Las palabras de Chico Dólar sacudieron al abogado defensor y al mismo juez. “Usted me quiere mandar a Matamoros” –continuó– “Pero a mí me da miedo, nunca he estado preso, me puede pasar algo”. El abogado atolondrado por las palabras de su cliente le hace señas para que se retracte de sus palabras, Morales lo ve y capta el mensaje. “Pero sí, en Matamoros estoy bien porque ahí es mejor. Gracias”.

Estaba a punto de regresar a su lugar cuando de nuevo pidió la palabra, el juez, probablemente picado por el bicho del morbo, le devolvió la palabra. “Y otra cosa, aquí hay detenida gente inocente. Caty por ejemplo, ella lo único que hizo fue hacer recibos falsos”. Esta última declaración confirma la acusación de los investigadores, que Lesbia Catalina Martínez fue la persona que falsificó en 2013 recibos para justificar gastos no registrados en 2011 y así poder justificar transferencias. Por esta acción, ella podría recibir al menos cinco años de prisión.

Si se tuviera que resumir la esencia de Morales en una frase, podría decirse que Chico Dólar es un personaje creado. Un hombre poco astuto que se cierra ante la presión, sin audacia para los negocios ilícitos grandes, lo eligieron a él pero perfectamente pudo ser otro que tuviera contactos similares en el sistema financiero. Su labor era introducir dinero producto de actividades ilegales al banco, un negocio necesario para la existencia de capos, estructuras criminales y políticos que buscaban alternativas para blanquear sus ingresos. “A usted lo utilizaron… se lo babosearon”, le repetirían una y otra vez en una conversación intervenida cuando intentaban explicarle el problema que le causó haber aceptado un negocio de lavado con un colombiano. El interlocutor era Javier Villatoro López, un abogado que trabajaba para el diputado Manuel Barquín enviado específicamente para asesorar a Chico Dólar.

La fotografía y la llamada indiscreta

Ella sabía que estaba haciendo mal, que lo que estaba a punto de decir era un delito. Aún así, marcó su teléfono.

–Francisco Morales: dígame, qué pasó.

–Silvia Guevara: Me jura por su vida que usted no va a decir que yo le dije.

–F: Sí, qué pasó, lo juro.

–S: Júreme que no me va a meter en un lío, por favor.

–F: No, ¿qué pasó?

–S: ¿Me lo jura?

Silvia Guevara, la jefa de agencia a quien Morales llamaba “amor” pero que no era su esposa, pidió seis veces seguidas le jurara silencio de lo que le diría. Sabía que él armaría un escándalo al escuchar que la Intendencia de Verificación Especial (IVE) pedía información de sus transacciones bancarias en 2009. Tomó el riesgo de informarle solo a cambio de garantizar el anonimato de su fuerte, pues la petición de investigación solicitaba específicamente “mucha discreción en el presente caso debido a que, como es de su conocimiento, toda información que es proporcionada a la IVE es de carácter confidencial, por lo que rogaría no informar al cliente que se está solicitando dichos IVES”.

De la misma época de la que temían Morales y Guevara, es el retrato donde el exmandatario Óscar Berger abraza a Morales, que fue tomado en una de las épocas más fructíferas del cambista. El año 2008 fue cuando más transacciones realizó y por tanto donde más comisiones obtuvo, según diría él mismo en la conversación. Algunas eran transferencias normales, pero otras, como “mandar dinero al extranjero no es normal”, le aclararía Guevara. Hay dos copias de la fotografía, una cuelga en la oficina de su casa, la otra, en la casa estilo colonial, que solía ser de la madre de Berger hasta el año 2009 cuando Morales la adquirió.

Distintas fuentes que participaron en el gobierno de la Gran Alianza Nacional (Gana), aseguran que el exmandatario no tuvo mayor contacto con Morales, se le veía en las fiestas de Jutiapa, en especial en los cumpleaños de Jaime Martínez Lohayza, pero nunca como invitado de honor. No obstante, este retrato bien podría ser tomado como el inicio del acercamiento de Chico Dólar a la política. Con el agua hasta el cuello por las investigaciones de la IVE, Morales acude a sus amigos políticos. Los “favores” que le hicieron, todos con un costo arriba de seis cifras, están registrados en las llamadas.

Los reyes envían a su alfil

Para asesorar al angustiado Morales, los diputados Martínez Lohayza y Barquín le asignan a uno de sus elementos más experimentados. El abogado Javier Villatoro López, vinculado a los legisladores desde la época que pertenecieron al Partido de Avanzada Nacional (PAN). Ahí, conformó parte del equipo jurídico junto con Anabella de León.

Villatoro lo calma una y otra vez en las llamadas, le explica hasta cinco veces que no debe temer si lo investigan por el dinero que él transfirió, pues su responsabilidad no es investigar el destino de los fondos. “Andan investigando porque con ese dinero se compraron propulsores (precursores) químicos” le confesaría después Morales a Guevara, su “amor” jefa de agencia.

El abogado es una pieza clave en este caso, conoce cómo funciona el Estado desde diferentes puntos. Durante el gobierno de Berger, trabajó junto con Arnoldo Quezada Chapetón, el exdirector de la Policía Nacional de Tránsito que pasó a la historia por ser la primera persona a la que el Estado le extinguió Q1.6 millones provenientes de cobros ilegales. Según denunció la entonces diputada Roxana Baldetti, los fondos eran la comisión por emitir licencias de conducir ilegales. En el Congreso, en mayo de este año Villatoro López fue el representante legal de Manuel Barquín en la comisión pesquisidora que buscaba retirarle la inmunidad al ministro de Desarrollo, Leonel Rodríguez. Al ser capturado, el abogado aseguró que Manuel Barquín conocía todas las operaciones que él realizaba junto con Morales.

La asesoría de sus amigos hace cambiar mucho la vida de Chico Dólar. En la forma de vestir, cuando le piden, casi ruegan, que utilice un saco para cuando se reúna con Edgar Barquín, el presidente del Banco de Guatemala, a lo que él responde orgulloso que llegará con un saco de US$2 mil. Pero lo más importante, su forma de hacer negocios.

Cuando se le consulta a Martínez Lohayza de su relación con Chico Dólar, eleva un tanto la voz y asegura que sí, que son amigos así como él es amigo de mucha gente “porque soy diputado, por eso conozco tantas personas”. La relación económica, insiste, se limita a un préstamo que la Gana le hizo a Morales cuando los empresarios dejaron el partido y solo 17 miembros deciden continuar. Él y Manuel Barquín entre el grupo.

El que, insiste, solo fue un préstamo de Q1.4 millones, asegura fue dado en 2011 y era necesario hasta que el Tribunal Supremo Electoral hiciera el desembolso de la deuda electoral que tenía con el partido. “Cuando nos pagó el TSE, le devolvimos el dinero” señala tajante.

Ese año, el de la donación temporal, dejó una huella que se puede rastrear en el portal de Guatecompras en las adquisiciones hechas por municipalidades de Jutiapa. A partir de entonces, la empresa de Morales “El Campesino” tuvo contratos por no menos de Q3.5millones cada año para un total de Q22 millones 385 mil.

Ganó un total de 31 concursos de compra de fertilizantes, de ellos, en 23 no tuvo otro competidor. En los restantes ocho, o competía contra una empresa cuyo representante legal es su hija, o contra Leura, S.A., cuya sede está en un Western Union de Jutiapa. Morales se convirtió, de pronto, en un habilidoso negociante del Estado.

Las instrucciones de Edgar

Las últimas instrucciones del Presidente del Banco de Guatemala fueron claras, mostrar los documentos que le pidan los investigadores de la IVE, estar tranquilo, no preguntar de más y asegurarse de no comentarles que habían hablado con él. A partir de ahí las conversaciones de Morales suenan menos angustiosas.

“No, yo les agradezco mucho, como yo les digo, ustedes son mis ángeles para mí. Y yo les agradezco todo el apoyo que me han brindado”, diría aliviado Morales, aunque ese apoyo le haya costado “tres números (Q3 millones)” que le pidió Manuel Barquín tener listos para la reunión en el Banco de Guatemala. Según comentaría la esposa de Morales, tardarían al menos dos años en recuperar lo gastado.

Todo estaba por fin resuelto. El dinero, que tanto le sobraba a Morales, lo había salvado. Las últimas penas las ahogó en alcohol y cantos apasionados junto a su amigo Martínez Lohayza en la casa que fue del presidente Berger. Tan feliz se le escuchaba que su esposa creyó que ahí estaba “la casera” como la nombra ella en la conversación que sostuvo con el diputado. Al no encontrarla, se sintió sumamente avergonzada por su actitud frente al diputado. Le dijo que se calmara, que todo está bien, por un momento “Edgarito, el del banco, se nos estaba aflojando”, pero todo estaba bien.

Aquella mañana, cuando el calendario marcaba el día 15 de julio y el reloj se posicionó en las 06:10 horas, Chico Dólar pudo haber pensado las mismas palabras que el ron le aflojó muchas noches antes. Era una fiesta con amigos de su esposa. Después de varios tragos tomó confianza y les confesó a los extraños: “Soy una persona feliz, trabajo mucho y estoy bien. Solo hay una cosa de la que me arrepiento en mi vida, haberme metido en la política. Solo problemas le trae a uno la política”.

Q397 millones
es el monto estimado que lavaron las empresas vinculadas a Francisco Morales.

Intercambio
> Según las investigaciones la asesoría que brindaron los hermanos Barquín y el diputado Jaime Martínez Lohayza fue, en parte, por el financiamiento que Francisco Morales dio a la Gana, partido con el que buscarían reelegirse.

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