Sábado 23 DE Febrero DE 2019
Domingo

La doble Guatemala

Edelberto Torres-Rivas

Fecha de publicación: 13-09-15
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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Después de lo vivido en los últimos meses, se habla no solo de un nuevo momento, de dos escenarios, sino de dos atmósferas, la del pasado y la que empezamos a construir. Desde este punto vemos a la sociedad guatemalteca como viviendo procesos de cambio. Formas de existencia política, sin los funcionarios corruptos que perseguimos y que se van; y otras modalidades de vida que parecen llegar. Se experimentan cambios en la conducta de los actores que se aproximan a los modales democráticos. Sin duda la puerta se abrió oxigenando los aires fétidos del poder despótico y desordenado por la corrupción, de la decadencia del Estado blando desde 1997. Ahora se está con algunos rasgos de satisfacción por todo cuanto viene ocurriendo; se recurre a los colores patrios para decir que vivimos una revolución, se habla de la “revolución azul y blanco”. Exagerando los matices, también se ha calificado este proceso como una “revolución de colores” para señalar al conjunto de protestas pacíficas de capas medias urbanas que se movilizaron como sucedió durante varios meses en Guatemala.(1)

El clima que se soportaba durante el contexto de los gobiernos blandos que venían formándose desde hace varias décadas, alcanzó una espesa calidad de mal gobierno con el Partido Patriota y la pareja Baldetti- Pérez. Provocaba el movimiento del régimen en 2013/15 una atmósfera de angustia e impaciencia ante tanta criminalidad; casi semanalmente los medios publicaban los resultados de investigaciones criminales sobre robos millonarios resultado de compras sobrevaloradas; la denuncia del saqueo de bienes, activos y recursos públicos arrebatados por parte de altos funcionarios. Y paralelamente, se informaba de las dolorosas noticias de la falta de dinero para atender los hospitales públicos; las asignaciones presupuestarias secas para el funcionamiento de las escuelas públicas y para la alimentación de los niños en estado de desnutrición

El clima de guerra, represión y miedo de los años del conflicto que formó una atmósfera dañina está terminando, ha finalizado también la crónica incertidumbre de la vida de mucha gente, y los actos de desconfianza de la sociedad guatemalteca parecen disminuir. Las elecciones fueron una primera prueba, a pesar de realizarse como un proceso con ilegalidades, candidatos dudosos y amenazas de violencia. Hubo así una valorización de la libertad en el momento de votar, a pesar de que se hizo en el seno de una mala oferta de candidatos y partidos. Lo más importante es que en este nuevo ambiente que empieza, pueda cambiar la personalidad conservadora y temerosa del guatemalteco medio; todavía se produjeron “compras” de votos, acarreo de gente, amenazas que recuerdan la debilidad frente al poder que produce miedo, el terror con mayor tolerancia.

Con el estallido de las manifestaciones sociales de plaza en abril de 2015 empezó a tomar forma de manera espontánea un nuevo clima de relaciones sociales, iniciativas colectivas, actos gregarios de demandas y reclamos y otras condiciones para las alianzas y las organizaciones. Los escenarios para hacer política son más amables. Algunos dicen que en esa fecha terminó un periodo histórico. Y otro empezó, en este desajuste de los tiempos políticos que sugieren que ya vivimos un segundo periodo de la historia nacional. Es una atmósfera nueva de la cultura política ciudadana que empieza a manifestarse, y lo hace en demandas y protestas que parecen de corto plazo pero creemos que no lo son.

Los movimientos populares que arrastraron decenas de millares de personas, especialmente en los medios urbanos (la ciudad capital), ladinos de las clases medias y otras denominaciones en los meses de abril-agosto, son instrumentos de combate social y político. Los movimientos guatemaltecos de esos meses no son originales, no son creación propia de un pueblo que ha estado acostumbrado a callar. Es, ciertamente, un despertar genuino que tuvo liderazgos invisibles, que se comportaron con orden y pacíficamente como resultado de su origen apolítico y la naturaleza de su enfrentamiento: la lucha contra la corrupción. Los movimientos de calle, lo que el sociólogo boliviano Rojas-Ríos llama “democracias callejeras”, en referencia de las inmensas movilizaciones populares que en Bolivia y Ecuador han impuesto o han quitado presidentes en estos años. Impresionan las gigantescas manifestaciones de los partidos de centro-derecha en Brasil, donde por ejemplo, el domingo 17 de agosto 2015, lograron desfilar unas 800 mil personas, exigiendo la renuncia de la presidenta Rousseff. La respuesta del PT y los aliados del gobierno fue similar. Pero la crisis se mantiene como un juego de desfiles de plaza, banderas y pancartas, canciones y gritos, bailes y discursos.

En Guatemala tuvieron una amplia repercusión que debe ser explicada. Fueron movimientos sociales sin dirección personal y sin organización primaria, por lo que no se trazaron objetivos políticos precisos. Algunos analistas desesperados los califican de inútiles. La salida de la Vicepresidenta, la crisis profunda de Gabinete y la captura de más de un centenar de funcionarios, y la expulsión del presidente Pérez Molina no se hubiese logrado sin la acción de la CICIG-MP y sin el clima creado en la existencia política por los movimientos populares. Estos, además, crearon confianza en las masas, que están en estado-de-disponibilidad. Y están sembrando las semillas de futuras organizaciones políticas. Las elecciones del 6 situaron los problemas en los resultados del voto; los movimientos sociales no tuvieron nada que ver y corren el riesgo de debilitarse. El triunfo de Morales es anti/movimiento; si llegara a gobernar, creará de inmediato muchos movimientos. El cruce de fuerzas e intereses marcan una interrogación.

1) Mario Roberto Morales agrega: “sin saber que lo hacen según un guion preestablecido por los servicios de inteligencia occidentales, una alegre ‘revolución de colores’”, elPeriódico 9-9-15.

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