Lunes 20 DE Mayo DE 2019
Domingo

No te lo puedes imaginar

Javier Rodríguez Marcos

Fecha de publicación: 06-09-15

Es posible que usted, con el mismo móvil con el que está leyendo este artículo, haya hecho una foto al cruasán que va a desayunar mientras lee el periódico. Si lo está leyendo en papel es posible que la foto sea además una composición cubista. Es incluso posible que la haya puesto a circular entre sus contactos por el gusto de decir: “Aquí estoy”. Se calcula que cada hora se suben a Facebook más de 10 millones de fotos nuevas y más de una hora de video por segundo a YouTube. Bueno se calculaba hace dos años, cuando Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier recogieron estas cifras en su ensayo Big Data, que si algo demuestra, es que al terminar de leerlo sus cifras son prehistóricas.

En Visibilidad, la cuarta de sus Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino también se refiere a ese año mítico. A la altura del verano de 1985 (después de Cristo pero antes de Google), su duda era esta: “¿Será posible la literatura fantástica en el año 2000, dada la creciente inflación de imágenes prefabricadas?”. Calvino murió poco después de formular esa pregunta, pero la contestó con un sí y adelantó dos vías: 1) El modelo posmoderno: reciclar las imágenes usándolas en un contexto nuevo para cambiarles el significado. 2) El modelo Samuel Beckett: hacer el vacío y empezar de cero, “como en un mundo después del fin del mundo”.

Acertó. Y no solo con la literatura fantástica. Lo primero ha producido un boom de novelas de género (rosa o negro), una invasión de metaliteratura, otra paralela de zombis y vampiros. Lo segundo desató un influjo al que no han podido sustraerse ni aquellos que tenían un mundo propio, digamos, realista. Cormac McCarthy salió airoso del experimento con La carretera, pero J. M. Coetzee, uno de los más grandes escritores vivos, se estrelló con La infancia de Jesús. Años antes, Paul Auster, autor menor comparado con los anteriores, también se había asomado al apocalipsis en El país de las últimas cosas. Le salió un beckett posmoderno, la mezcla de las dos vías de Italo Calvino.

Con todo, las disquisiciones del autor de El caballero inexistente en torno a la visibilidad van más allá de la literatura. Calvino se interroga por el futuro de la imaginación individual en la civilización de la imagen. Después de analizar los mecanismos mentales de la fantasía, recuerda que hubo un tiempo en el que la memoria visual de un individuo se limitaba a su experiencia directa y a un repertorio mínimo de imágenes de la tradición. “El poder de evocar imágenes en ausencia, ¿seguirá desarrollándose en una humanidad cada vez más inundada de imágenes prefabricadas?”, pregunta. Prefabricadas o no (el adjetivo parece obsesionarle), nada hace pensar que, sueños y delirios aparte, ese poder de enfocar con los ojos cerrados vaya camino de desaparecer. Por mucho que antes tuviéramos que describir a nuestras amistades el cruasán (o el amanecer) que ahora solo fotografiamos. Malos tiempos para la descripción. Los novelistas saben algo de eso: Calvino tiene un preciso cuento sobre un fotógrafo ciego.

La pregunta no es tanto si podremos generar imágenes mentales –ahora se visualiza lo que antes se imaginaba– sino si sabremos interpretar las que nos rodean. La fotografía, un invento que se extendió a partir de su uso pornográfico y militar (como Internet), tiene casi dos siglos, nadie queda sobre la Tierra más viejo que ella, forma parte de nuestro nervio óptico. Vivimos rodeados de imágenes pero aun así, algunas siguen teniendo un impacto inaudito. La ira desatada hace meses contra Uma Thurman por un montaje prueba tanto nuestra tolerancia como nuestra credulidad.

Pese a que estamos más acostumbrados a leer imágenes que a leer a secas, la fotografía mantiene hoy su pedigrí de técnica al servicio de la verdad. La verdad existe –digan lo que digan los novelistas y los relativistas– pero la fotografía no es más que eso, una técnica. Lo clave es el pie de foto. “No hay una ética de la fotografía, hay una ética del fotógrafo”, ha escrito Joan Fontcuberta, fotógrafo, que ha dedicado buena parte de su obra teórica a analizar la relación de su oficio con la verdad.

En un ensayo titulado sintomáticamente El beso de Judas, Fontcuberta relata una experiencia propia no como artista sino como padre. En 1988 su hija nació muy prematuramente y pasó tres meses en la incubadora. Para salvar la imposición de verla de lejos a través de un cristal que daba a un bosque de incubadoras y para que la viera la madre de la criatura, que no podía salir de la cama, el padre dio una cámara a una enfermera y le pidió que fotografiara a la niña. Cumplida la misión, corrió al laboratorio, reveló las fotos y las llevó al hospital. Es comprensible la emoción de los padres: por primera vez veían a su bebé de cerca. Templada la excitación, una pregunta asaltó a Fontcuberta: ¿y si la enfermera se hubiera confundido de incubadora? Respuesta: se hubieran emocionado igual. Lo que los padres proyectaban sobre aquellas imágenes estaba por encima de la veracidad de la prueba. Era una mezcla de sentimientos nacidos de la naturaleza y de la cultura, de las vísceras y de las películas, de la química y de la literatura. Puede que a Calvino le hubiera gustado saberlo.

 

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