Martes 13 DE Noviembre DE 2018
Domingo

Otto afuera, Roxana, adentro

Aunque ya no trabajan juntos, esta fue una semana difícil para el binomio presidencial electo. Una crónica y un reportaje narran el ocaso de esta pareja acusada de corrupción.

Fecha de publicación: 30-08-15
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Un cálido jueves para el Presidente

Francisco Rodríguez • frodriguez@elperiódico.com.gtLa tarde del 27 de agosto hubo calor, demasiado. Si los guatemaltecos estaban furiosos contra su gobierno, el sol los enardeció más. Las vuvuzelas y consignas retumbaban los tímpanos, todos sudaban y gritaban. Visto a la distancia de los días, puede decirse que aquel fue un día extraño e histórico. Extraño, porque siendo jueves en las calles parecía domingo, negocios cerrados y mucha gente fuera de sus casas. Histórico, porque esta ha sido la más grande de las marchas de los últimos meses. Desde la firma de los Acuerdos de Paz, hace 19 años, el Palacio Nacional no había visto tanta gente frente a él. Si algún día los libros de historia le dan un espacio a estas protestas, podrá decirse que Guatemala cambia de era cuando su Plaza Central se satura.

Aquello fue una ola de puntos azules y blancos, sin espacios que dejaran ver el concreto. Desde el cielo podía verse una explosión de energía cuando finalizaba el himno nacional. Las pancartas escritas sobre pliegos de cartón eran multifuncionales: Desconocer al Presidente, insultarlo, decirle que protestar era la única forma como los inconformes podrían ver a los ojos a sus nietos y, cuando los brazos que las mantenían en alto se cansaban, hacían de ventilador.

Las sombrillas de las ventas de granizadas hacían de oasis de sombra para los manifestantes. Los gritos de los inconformes aturdían a cualquiera. El aire no corría, solo la bandera grande, la del centro de la plaza, recibía el viento. Las banderas de abajo, las blancas con azul y las negras con blanco, ondeaban porque había un puño con fuerza que las empujaba, esa misma energía levantaba las varas ediles de los pueblos indígenas presentes. Universitarios, sindicalistas, oficinistas y empleados de las empresas que cerraron para apoyar el paro nacional, estaban ahí. Había calor, el aire no corría, tampoco la gente.

El puñetazo de Gudy

Quien sí corrió fue el exasperado legislador Gudy Rivera. El pasado 14 de agosto se le vio sonriente repartiendo abrazos victoriosos por haber logrado mayoría de votos para no conocer el antejuicio contra Otto Pérez Molina. El jueves, en cambio, salió del Congreso irritado con suficientes motivos. Los parlamentarios decidieron retomar la discusión del caso. La elección de diputados que analizarían el caso le resultaba favorable, uno de su bancada naranja y dos de Libertad Democrática (Lider), que desde el año pasado para temas de votaciones resultan ser lo mismo. Pero la vocal III, Nineth Montenegro, le resultaba incómoda pues sabía que presionaría para acelerar el proceso.

Su victoria de hace una semana cayó. Al salir, un grupo de 15 manifestantes le gritaba que regresara al hemiciclo para poner fecha al informe de la Comisión. Las vuvuzelas retumbaban, las exigencias hacia él eran fuertes y, para colmo, había calor.

Caminó hacia una oficina cercana donde, para aumentar su desesperación, encontró la puerta cerrada. Los manifestantes le seguían, fue ahí que explotó. Somató la puerta con fuerza hasta que la abrieron, pero antes de entrar, lanzó un puñetazo que dio con el rostro de un joven. Detrás del golpe, vinieron los de su seguridad. El joven, narraron sus amigos, quedó atrapado entre las puertas, quería salir pero los mismos guardias lo prensaban. Otros golpes a los brazos, espinilla, más insultos, Rivera observaba desde dentro tratando de pasar el calor de la calle. El acercamiento de un representante de la Procuraduría de Derechos Humanos acabó con el altercado.

La marea de puntos blancos y azules se siguió alimentando de inconformes hasta que el sol cayó. Se vio un ataúd que representaba la muerte política del mandatario. “A los hijos de papi también nos importa” se leía en una pancarta. Cerca, se leía otra “No somos de izquierda ni de derecha, somos de abajo y vamos por los de arriba”.

Otto, el esperanzado

En una sala retirada, donde no se escuchaban las vuvuzelas y no había calor, el presidente Otto Pérez Molina observaba todo desde el centro de monitoreo del Ministerio de Gobernación. Las imágenes, proyectadas sobre una pared con monitores de vigilancia, retrataban la escena de algo parecido al Gran Hermano, pero sin la absoluta posibilidad de hacer algo para controlarlos.

¿En qué pensaba? No se sabe, quizás en los aliados que le quedaban. A su lado estaba la Ministra de Gobernación, pero esa mañana la Procuradora General de la Nación y el Contralor General de Cuentas pidieron su renuncia. El confort del Presidente pudo estar con sus amigos militares, pero desde temprano, los exministros de Defensa, Manuel López Ambrosio, y de Gobernación, Mauricio López Bonilla, partieron hacia República Dominicana. “Es una reunión de trabajo, mañana vuelvo”, diría a un dominicano López Bonilla, aunque su promesa sonaba más al “ya vengo, voy por cigarros” de un hombre que abandona su familia.

A través de las cámaras de vigilancia, el Presidente habrá visto aquella mezcla de guatemaltecos de variados estratos económicos, los de la “Guatemala profunda”, como él mismo les llamó. Para ese momento, quizás daba vueltas al discurso que pronunciaría horas más tarde, a través de la única radio que sabía no le cuestionaría. Su discurso, repetitivo, acentuó su mensaje en un punto específico: Renunciar al cargo es una posibilidad, pero también lo es esperar a que el Congreso de o no trámite al proceso de antejuicio. Eligió la segunda. Al parecer, el mandatario, que asegura afrontará la justicia “donde sea y donde me toque”, aún cree que puede ser salvado.

70 mil 
manifestantes se estima asistieron a la Plaza Central.

La privada de libertad 979

Juan Diego Oquendo • joquendo@elperiodico.com.gt – Cuando las cinco enfermeras del caso Pisa llegaron a la cárcel Santa Teresa, ya eran relativamente conocidas por la población de privadas de libertad. No tanto porque las noticias las hubieran destacado frente a los directivos del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) involucrados, sino por sus familiares que les llevaban comida a la carceleta de Torre de Tribunales. Entre cinco familias la comida era abundante, así que las enfermeras compartían con las demás reclusas a la espera de las audiencias.

A menos de dos kilómetros de distancia de la Torre de Tribunales, el chef de la Casa Presidencial había dejado ciertas especialidades fueran el menú. En particular, los ceviches de pollo para la Vicepresidenta, ya que no le gustaban de camarón. Desde la renuncia de Roxana Baldetti, las ollas y sartenes habían dejado de crear sus platos favoritos.

A diferencia de las enfermeras, Baldetti no tuvo la oportunidad de compartir la comida que recibía en Matamoros, al ser la primera privada de libertad del Cuartel. Ni de sentir las esposas frías sobre las muñecas ni compartir un picop del Sistema Penitenciario (SP) con otras reclusas, pero eso no impide que sus pares sepan quién es y por qué estará ahí con ellas en ese mismo espacio de la zona 18.

El calabozo VIP

A mediados del siglo XIX, en 1852, se inauguró el Fuerte San Rafael de Matamoros, a cargo del presidente Rafael Carrera. Entre toda la historia que ha visto pasar el actual cuartel, destacan dos puntos en particular: cuando fue tomado por los unionistas en los años veinte, con la caída del dictador Manuel Estrada Cabrera; y cuando se aprobó el Acuerdo 126 en 2010 a solicitud de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), para usar su calabozo como cárcel de seguridad para reos especiales.

Menos de un centenar de privados de libertad han contado las noches desde Matamoros, cuando fue inaugurado por los hermanos Francisco y Estuardo Valdés Paiz y Diego Moreno Botrán, señalados de ser los autores intelectuales del asesinato de Rodrigo Rosenberg. Luego llegó Alfonso Portillo, después de que la CICIG de Carlos Castresana advirtiera que la vida del expresidente acusado de peculado corría peligro en el Preventivo de la zona 18.

Desde entonces Matamoros ha sido esa cárcel tipo “VIP”, regentada por el Sistema Penitenciario pero cuyos accesos son supervisados por el Ministerio de la Defensa. El Decreto 126-2010 terminó por convertirse en una comodidad para los involucrados no tanto en delitos de alto impacto, sino para casos de cuello blanco.

Matamoros es un centro de privación de libertad acondicionado por quienes temen ir a parar ahí. Para Zoel Franco, del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales (ICCPG), esto evidencia el abandono que tiene el resto de la población privada de libertad y que no pertenece a cierto estrato económico.

El patito feo del Sistema de Justicia

A pesar de la anterior exclusión hacia las mujeres para poder ingresar a Matamoros –el lunes pasado el Ministerio de Gobernación emitió un comunicado para acondicionar el espacio para mujeres debido a la resolución del juez de enviar a Baldetti al Cuartel–, el Sistema Penitenciario ha demostrado que hay mujeres de casos de alto impacto que han guardado prisión preventiva en Santa Teresa.

Ahí estuvo la ex viceministra de Gobernación y exdirectora de la Policía Nacional Civil Marlene Blanco Lapola, quien fue sindicada de dirigir una estructura de agentes policiales que se dedicaban a eliminar presuntos extorsionistas de las unidades de transporte de Ciudad Quetzal. De igual forma, la expresidenta de la Corte Suprema de Justicia, Ofelia de León, pasó sus días en Santa Teresa, señalada de usar sus influencias políticas para que su hijo Roberto Barreda –principal sospechoso de la desaparición de Cristina Siekavizza– saliera del país de forma ilegal.

La reforma del Sistema Penitenciario se enmarca a todos los demás cambios que el país exige. Pero ese “talón de Aquiles” solo se vuelve de interés cuando, asegura Zoel Franco, determinados sectores voltean a ver a las cárceles porque funcionarios de alto impacto acaban en el sistema. “La reforma integral del Sistema Penitenciario no debe generar cárceles VIP, sino mejorar las condiciones de las cárceles”.

Los chocolates preferidos de Baldetti serán parte de la memoria de sus papilas gustativas en los próximos tres meses, cuando la interna 979 se siente a desayunar uno de los platos que le cuesta Q3.65 al Estado, mientras espera a que comience el juicio en su contra.


 

Q3.95 cuesta
un plato de comida para cada privada de libertad en la cárcel Santa Teresa.

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