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Domingo

Una democracia corroída


Paul Boteo
Sociedad de Plumas

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¿Por qué no funciona nuestra democracia? No pregunto si funciona, porque a estas alturas debería ser obvio para todos que tenemos un sistema democrático fallido. Por más que los comicios para elegir gobernantes hayan sido validados en los últimos treinta años, es claro que esto no ha sido suficiente. Es un avance que ya no tengamos transiciones de poder violentas, a través de golpes de Estado, como sucedió en la mayor parte de la historia del país. Sin embargo, nuestro sistema tiene graves fallas que han sido explotadas al máximo por quienes nos han gobernado en las últimas décadas.

 

La discusión sobre las falencias de nuestra democracia muchas veces se ha reducido al tamaño del Estado que tenemos. Se dice que es un Estado demasiado pequeño y que esto dificulta que cumpla sus funciones básicas. O bien se dice que el modelo económico “neoliberal” que rige en el país es el culpable de todos nuestros males al exacerbar la desigualdad de ingresos y mantener en la pobreza a millones de guatemaltecos. Bajo esta lógica, muchos llaman a “refundar el Estado” para que este tenga un mayor tamaño y juegue un papel más protagónico en la vida de los guatemaltecos. En teoría, esto ayudaría a que la democracia funcione correctamente y se atiendan todas las necesidades del país.

 

Este análisis obvia un aspecto sumamente importante. El problema no es el tamaño del Estado, sino el diseño institucional inadecuado que facilita a las personas que llegan al gobierno, saquear de forma cínica y sistemática los recursos públicos a través de las más variadas formas: desde el robo burdo y directo, hasta esquemas sofisticados y sutiles de negocios con el Estado. Y todo, con la certeza que no habrá consecuencias porque están en el país de la eterna impunidad.

 

En ese sentido, los ciudadanos nos encontramos totalmente indefensos ante la clase política del país. Se hace fiesta con nuestros impuestos sin que podamos hacer mucho para detenerlo. Vemos como se enriquecen súbitamente alcaldes, diputados y altos funcionarios, pero no les pasa nada. Son intocables. Por más que se inicien procesos judiciales en su contra, en la mayoría de los casos terminan siendo absueltos. Han sido pocos los políticos que han “caído en desgracia” ante la justicia.

 

La clase política le ha jugado la vuelta al sistema. Ha encontrado los puntos vulnerables de nuestras instituciones y se han garantizado estar cubiertos bajo el manto de la impunidad. Las instituciones llamadas a fiscalizar para que los funcionarios públicos realicen adecuadamente sus funciones y no esquilmen los recursos públicos, han terminado bajo la influencia del poder político. Al final la clase política se ha quedado con casi todas las llaves del sistema. La frase célebre de Abraham Lincoln “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, se ha convertido en Guatemala en “el gobierno de los políticos, por los políticos y para los políticos”.

 

¿Qué podemos hacer ante esta realidad? La ventana que se ha abierto en la actual coyuntura no debiera ser desaprovechada. Es posiblemente la última oportunidad que tengamos como sociedad para evitar caer en un sistema abiertamente represivo. Debemos ser conscientes que las funciones del Estado se han desnaturalizado y si no se corrige esta situación, es posible que nos enfrentemos a una espiral descendente en materia democrática.

 

Por esta razón es urgente que discutamos a profundidad sobre cómo diseñar adecuadamente nuestras instituciones para evitar que sean fácilmente cooptadas. Y para ello es necesario repensar cómo darle auténtica independencia y funcionalidad a la Contraloría General de Cuentas, el Ministerio Público y al Organismo Judicial. Esas son las llaves que deben estar en poder de la ciudadanía para asegurar que el Estado no se convierta en un festín para quienes tengan acceso al mismo. Sin mecanismos de contrapeso, la democracia fácilmente deriva en una dictadura de facto.

 

Sociedad de Plumas es una red de colaboradores comprometidos con promover en las páginas editoriales el balance, el contraste y la propuesta constructiva.

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