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Domingo

La niña de Guatemala que sobrevivió al dolor


El siguiente relato parte de cuatro voces de mujeres que fueron producto de la trata de personas, la explotación sexual y la sociedad machista. La ciudad de Guatemala, San Marcos y Quiché forman los puntos de partida. Los nombres son ficticios, pero las historias y sucesos son reales.

 

Juan D. Oquendo • joquendo@elperiodico.com.gt – Cuando mi mamá habla de mi abuela, siempre comienza por la tierra. Ella no era de aquí, en todo caso vino para acá y acá decidió quedarse. O decidieron por ella, uno nunca sabe cuando se trata del destino. Mi abuela nació en Honduras y vivió ahí hasta los veinte años. Fernanda –su nombre es así, fuerte– nunca conoció a su papá y su mamá. Ella vivió con mi tatarabuela hasta los doce años. Solía contarle a su hija, muchos años después, que solo esa época fue feliz.

 

Era cansado ser niña –le decía mi abuela a mi mamá– me tocaba ir a traer el agua al río, y eso estaba como a unas horas de la casa. Mis hermanos no, ellos cortaban la leña ahí cerquita. Mi mamá contaba que solo podía imaginarse los piecitos de mi abuela cuando niña entre la tierra, bajando y subiendo varias veces al día con la tinaja de agua. Esos piecitos que cuando podían, saltaban junto a otros levantando el polvo del suelo. Era alegre porque cuando iba por el agua, iban otras niñas con ella, las hijas de los vecinos.

 

Nada más llegó a los doce años, la abuela de mi abuela la dio a una mujer, su madrina decían. Dejó de ir por el agua, ahora se quedaba en un espacio de tierra lavando tambos y tambos de ropa. El agua que saltaba del concreto por el movimiento de sus manos apaciguaba el polvo a su alrededor. Catorce meses más tarde Fernanda ya estaba desesperada y no quería lavar la ropa, se negaba y punto. “¿No querés trabajar? Entonces te me vas con unas señoras a ver si para eso sí sos buena”.

 

Vendieron a mi abuela. Tenía catorce años cuando la llevaron, vendada, a un “bar”. Cuando sus pupilas se ajustaron a la luz vio a varias mujeres que atendían a unos hombres sentados en sillones. Fernanda no entendía nada, solo lloraba en una esquina. Un par de golpes de La Señora la llevaron a su cuarto: aquí vivís ahora, bañate y andá a atender a los clientes porque si no, ¿cómo me vas a pagar la renta y la luz?

 

Tres días pasó mi abuela en el bar, una casa cerrada, hasta que una redada la sacó de ahí. Pero a ella la acababan de comprar y así no es rentable el negocio. Mientras Fernanda caminaba perdida por el monte, La Señora la encontró. Cuando la subieron al carro los guardaespaldas, mi abuela jamás pensó que pasarían seis años para que volviera a salir.

 

El infierno puede estar aquí a la par decía mi abuela a mi mamá. Un cuartito donde guardaba su maquillaje y su ropa, donde atendía a los clientes, donde le lanzaban chicotazos por no querer trabajar, por no llegar a la cuota suficiente. Diez, veinte, treinta hombres en un día. A veces la fiebre la acompañaba cada vez que las manos de otro desconocido apretaban sus senos, sus nalgas, cuando los dedos le penetraban la vagina, y el estómago hecho un erizo del hambre. Tres veces mi abuela resultó embarazada. Tres veces la hicieron abortar.

 

Una noche los disparos cortaron el aire en la casa de cincuenta cuartos. Fernanda estaba en el suyo, apretando las manos empuñadas sobre los oídos. Los gritos y las botas somatando el suelo en busca de la salida. Su único amigo en ese lugar, un hombre esclavizado como ella, la fue a sacar del cuarto.

 

– ¡Vonos Fernanda, vonos! Mataron al patrón.

 

– Mejor no, nos van a regañar. Yo me quedo.

 

– Fernanda, te juro que si no venís, voy a regresar ¡y te mato!

 

Diez mujeres y dos hombres, entre ellos mi abuela, deambularon por la espesura de la tierra hasta quedar agotados. No sabían dónde estaban. Al tercer día un campesino los encontró, señaló la dirección hacia la carretera y se fueron. Mi abuela estaba a media hora de su pueblo. Regresó a trabajar en un restaurante, pero solo pudo estar unos meses ahí. La gente la tildaba de puta, la insultaba y la humillaba. Con una amiga decidieron irse del país. Y a puro jalón llegaron a Tecún Umán, San Marcos, Guatemala.

 

Las cuerdas de Paquiná

Mi mamá apenas recuerda a su papá. Era un alcohólico de Tecún Umán que se juntó con Fernanda, le hizo tres hijos y después se colgó de una viga frente a los niños. Mi mamá, mi tía y mi tío nunca le perdonaron eso a mi abuela. Creen que fue por culpa de ella. Cuando supieron que mi abuelo tenía unas tierras en Quiché, dejaron a Fernanda en una casa hogar y se fueron. Mi abuela ahora habla consigo misma cuando cuelga la ropa en el lazo bajo el calor aplastante de la ciudad fronteriza donde se quedó.

 

Mario y Rita siguieron a mi mamá hacia Paquiná, Quiché, donde mi abuelo les había dejado unas cuantas cuerdas. A su vez, estas cuerdas se desprendían de un terreno que había sido heredado a mi abuelo y a sus dos hermanas. Candelaria, mi mamá, llegó al lugar sintiendo el frío en el rostro y los pies. La tierra de aquí no se comparaba con la de San Marcos. Ella con quince años, Rita uno menos y Mario de trece entre las montañas.

 

Candelaria comenzó a trabajar la milpa de las treinta y dos cuerdas. Pero su cuerpo menudo a penas alcanzaba para generar suficiente alimento. El azadón le astillaba las manos y la situación era crítica. La tía de mi mamá se apareció un día en la casa de adobe que mi abuelo les había dejado. Con insultos hacia mi mamá, se llevó a Mario, dijo que le compraría ropa y zapatos. Candelaria y Rita no vieron a su hermano hasta años después.

 

Sin saber cómo, mi mamá y mi tía lograron sobrevivir a los años. Candelaria tenía una venta de tomate en San Andrés Jocopilas y Rita se las apañaba en una tienda de Nebaj. Fue en San Andrés donde mi mamá conoció a un hombre que todos los días la pasaba saludando. Candelaria siempre recuerda la sonrisa del hombre, un poco mayor que ella. Un día de tantos, a sus veinte de años, él le preguntó si podía acompañarla a su casa.

 

En el camino mi mamá le contaba cómo había terminado en Paquiná, que podía dejarla por aquí, que ya estaba cerca. El hombre le dijo que lo besara, pero Candelaria se negó, que no quería. Mi mamá recuerda que fue con una fuerza bestial que el hombre la tiró al suelo, sobre el monte, a un lado del camino de tierra. La trenza de su pelo azabache se llenó de lodo y humedad. La boca de él se abría sobre su rostro, como si fuera a engullirla.

 

Uno de sus brazos la sostenía de la cintura, mientras la otra mano levantaba con agilidad la falda, apretaba sus muslos con fuerza y los dedos del hombre se clavaban en su carne. Candelaria, mi mamá, solo gemía del terror. La noche sin luna ocultaba el bulto sobre ella, y aunque no habla sobre eso, recuerda la oscuridad nada más, sin dolor, sin aroma, sin bulla, sin vida.

 

Cuatro días más tarde, el hombre apareció en la casa de Candelaria. Todo se repitió con la excepción de que esta vez ahí estaba mi tía Rita. Él solo la alejó de un golpe. Mi mamá estaba embarazada de unos cuantos meses cuando Mario regresó. Ya era un joven, alto, delgado, los brazos fornidos y una mirada que espantaba, recuerda Candelaria.

 

Había venido por su tierra, la que le pertenecía porque era el varón. Mi mamá dice que la tía que se llevó a Mario le envenenó el corazón. Le enseñó a odiar a su papá muerto, y a sus hermanas. Todo esto porque la tía de Candelaria, Rita y Mario había recibido solo dos cuerdas de herencia, y mi abuelo muchas más. El hermano de mi mamá creció lleno de odio.

 

¿Cómo dejó que le pasara eso? Usted se merece morir, fue lo que le dijo Mario a Candelaria cuando supo que estaba embarazada y sin haberse casado. Desde ese día mi tío comenzó a amenazar a mi mamá. Que la mataría, que le cortaría la cabeza de un tajo. Que si la encontraba sola la mataba. Mario trabajaba en la ciudad, pero nunca avisaba cuando llegaría.

 

Rita se había ido a vivir cerca del camino, tuvo una hija con su esposo, pero este se fue a Estados Unidos y no regresó jamás. Cuándo Mario volvía, Rita alertaba a mi mamá y esta se iba a esconder. Así fue hasta que mi tío regresó de la capital con el cuello y el pecho de color morado. El púrpura se extendía, recuerda mi mamá, como pintura sobre la piel de Mario. Lo llevaron al centro de salud, le dieron dos pastillas y murió al día siguiente.

 

El filo del machete

Soy la hermana más grande de mi familia, y tengo dieciocho años. Yo estaba estudiando en la escuela hasta hace un par de años. A pesar de la situación del dinero, mis papás se han esforzado para mantenernos. Pero las cosas estaban tan mal que tuve que dejar mis estudios y me fui a trabajar a Cunén. Ahí conocí a Julio.

 

Era un hombre muy guapo, con el pelo corto y negro. La verdad es que terminé por enamorarme de él. Vivía en la casa de su tía, en Cunén. Comenzamos a salir. Luego de un mes, él fue con mi mamá y mi papá. Pero mi papá de verdad no es él, es otro que yo no conocí. Mi papá se casó con mi mamá, Candelaria. Julio les dijo que se quería casar conmigo y que quería llevarme a conocer a su mamá en su casa, en Ilom.

 

Mi papá dijo que estaba bien, que me daba permiso. Fuimos con Julio hasta su casa. Yo solo tenía cuatro días de permiso, después me tenía que regresar. Pero cuando llegamos, él cambió, cambió tanto. Yo lo quería mucho, a pesar del poco amor que me tenía, que no era el mismo que yo le tenía. Nada más llegamos me quitó el celular y me encerró en un cuarto de adobe con una sola cama y sin ventanas. Atrancó la puerta y se fue.

 

Su mamá me vigilaba y no me dejaba salir. Cuando él regresó agarró un palo de escoba y me golpeó en la espalda y arriba de las nalgas. Me dolía tanto, pero yo trataba de pensar en otras cosas. Solo extrañaba mi casa. Él no paraba hasta que se cansaba. Yo lloraba y deseaba salir, ver el cielo. Y si yo le decía algo me pateaba.

 

Otras veces me pegaba con un leño en la cabeza y yo me caía al suelo, y tenía hinchada la cabeza. A veces solo me decía que se iba a ver otras mujeres y que cuando regresara, si yo intentaba salir me iba a golpear. No me dejaba hacer nada. Solo me podía bañar en las noches, cuando él ya estaba ahí.

 

No entiendo porqué Julio cambió tanto. Hasta se tiñó el pelo de naranja, comenzó a usar aretes en las orejas y pulseras en la muñeca. Yo le tenía mucho miedo. Cuando se quedaba en la casa, me dejaba encerrada y salía a sacarle filo al machete. ¿Me tenés miedo? me preguntaba, con esto te voy a matar mirá.

 

Una vez entró al cuarto con un alambre caliente. Lo había puesto sobre el fuego. Se acercó y me lo pegó en el brazo. Siempre hacía eso. Me quemaba con el alambre. Ahora ya no se ven las cicatrices. Pero antes sí las tenía. Yo no quería que me pegara. A veces me obligaba a tener relaciones, y como no quería que me lastimara me dejaba. El dolor era demasiado. Mi papá nunca fue así conmigo.

 

Un día su mamá se fue de la casa. Le dijo que iba a ver a su hermana, que vive en Cunén, pero se fue a ver a mi papá y le contó todo, cómo él me tenía encerrada desde hace cuatro meses. Cuando mi papá supo todo lo que este hombre me hacía alquiló un carro y me fue a sacar de ahí. Cuando regresé a mi casa estaba toda lastimada, pero mi tía Rita ayudó a pagar al doctor y me curaron.

 

Cuando estaba con el doctor, me dijo que estaba embarazada. Tenía tres meses. Yo tenía miedo de que mi nena fuera a nacer mal, porque él me había pateado varias veces en el estómago y yo ya estaba embarazada. Yo no quiero saber nada de él. Destruyó mucho de mi vida. Ya no es como antes. Tantos golpes. Ahora mi papá me mantiene, pero no alcanza el dinero. Estoy esperando que mi nena sea más grande para ir a trabajar y comprarle ropa, tal vez poner un negocio.

 

Quiero tiempo a solas con mi nena, sin que nadie me vigile. Estar libre. Si Dios me da un hombre con quien ser feliz voy a tener una vida mejor. Solo le pediría a Dios no volver a pasar por todo eso y sacar a mi nena adelante.

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