Martes 11 DE Diciembre DE 2018
Domingo

Le toca ¡¡a los jueces!!

José Luis Chea Urruela

Fecha de publicación: 19-07-15
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A partir de 1945, los gobiernos norteamericanos, inmersos en el obligado contexto de la “Guerra Fría” se despreocuparon de su “folklórica” frontera latinoamericana, salvo para enmarcarla en un tratado militar interamericano de asistencia recíproca que convertiría al hemisferio latinoamericano en un engranaje más, en la sórdida lucha norteamericana contra la Unión Soviética.

 

De esta cuenta, a mediados de los años cincuenta, toda una parvada de dictadores militares “aseguraba” la estabilidad y el anticomunismo tanto en el patio trasero de los Estados Unidos, como en otras áreas de América Latina y el Caribe. La atroz época de los Generales Hijos de Puta, redimidos y entronizados en el poder por los norteamericanos –hasta que les dejaron de ser útiles– por esa inverosímil consanguinidad que hizo de nuestros generales sus our son of a bitch, siendo, el hijo de puta mayor, el derrocado y posteriormente asesinado Tacho Somoza.

 

La temprana o tardía desaprobación de Washington, simplemente manifiesta o también esporádicamente activa, con intervenciones de las Embajadas norteamericanas, de las misiones militares y de la CIA fue vivida en carne propia por personajes tan disímiles como Árbenz, Batista, Trujillo, Perón, Allende y Fidel Castro y aprovechada por militares como el coronel Castillo Armas, la seguidilla de militares argentinos y el General Pinochet entre otros. Los militares locales como actores principales y de relleno del guion escrito por los servicios secretos norteamericanos.

 

Con el fin de la Guerra fría, la Glásnost, la disolución de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín, la derrota norteamericana en Vietnam y la consolidación de gobiernos electos democráticamente a lo largo y ancho de América Latina, los norteamericanos, frente al dilema moral surgido de las entrañas de la conciencia liberal de esa nación, comenzaron a reeditar para América Latina una nueva política del “Buen Vecino”, respetuosa de las decisiones y los derechos de los vecinos al sur del Hemisferio. Política que culmina con el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba en el transcurso de esta semana.

 

La desaparición de la amenaza comunista en la región, y el surgimiento de nuevos enemigos de la democracia como el narcotráfico, el terrorismo, el irrespeto a los derechos humanos, la corrupción y la impunidad obligan a los EE. UU. a diseñar una novedosa estrategia y a buscar nuevos actores, que sean capaces de poner en escena el renovado libreto escrito en Washington, para estar a la altura de los tiempos que corren.

 

De esta cuenta, los norteamericanos cuentan con nuevos actores menos sanguinarios, más eficaces y sobre todo políticamente correctos, para llevar a cabo políticas de intervención en contra de gobiernos que enfrentan su reprobación. Dentro de este contexto los norteamericanos han descubierto que es mucho más aceptable, menos sangrienta y mucho más efectiva la intervención de los jueces que de los militares, en la defenestración de gobiernos, presidentes y políticos corruptos.

 

La lista de expresidentes acusados y en ocasiones condenados por corrupción en América Latina cada vez se hace más larga, el aristocrático Calderón en Costa Rica, el prodigioso Menem en Argentina, Ricardo Soprano Martinelli en Panamá, el rocambolesco Portillo en Guatemala, el engreído Flores y el insoportable Funes, en El Salvador, Hernández en Honduras. En Guatemala la cacería de los jueces se ha extendido a los “señores” de la política local y a varios de los aspirantes a la Presidencia de la Republica.

 

Umberto Eco, en su última novela, Numero Cero considerada como “el manual de comunicación de nuestro tiempo” describe a través de uno de sus personajes la actual situación política en Italia diciendo “Di Pietro (El juez) poco a poco está sacando a la luz una red de corrupción política que interesa a todos los partidos y las primera consecuencia las hemos notado los días pasados. Llueven arrestos a raudales, los partidos se están desmoronando poco a poco y hay quien dice que, caído el muro de Berlín y disuelta la Unión Soviética, los americanos ya no necesitan esos partidos que podían manipular y los han dejado en manos de los jueces”. Cualquier parecido con Guatemala no es coincidencia.

 

Los impopulares, y a veces cruentos golpes de Estado en Guatemala ejecutados por inescrupulosos y ambiciosos militares de turno son cosa del pasado, la recaudación de pruebas, la posterior acusación y la eventual condena de los funcionarios y políticos corruptos es la nueva forma de los golpes de Estado, mucho más efectiva, menos intervencionista, más amigable, además de políticamente correcta y aceptable y sobre todo apoyada por la ciudadanía y la sociedad civil en su conjunto.

 

La firme presencia del Embajador de Estados Unidos en Guatemala Todd D. Robinson durante el último informe presentado por la CICIG, no deja ningún lugar para la especulación. En el reloj de la política, es la hora de los jueces.

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