Viernes 14 DE Diciembre DE 2018
Domingo

“Laudato si”: una mirada al desarrollo en pro de la naturaleza

Lesly Véliz
Sociedad de Plumas

Fecha de publicación: 19-07-15
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Laudato si’, mi’ Signore eran las primeras palabras de un cántico que entonábamos en Juventud Franciscana, y que recordaban cómo San Francisco de Asís daba gracias a Dios por la creación. Jorge Mario Bergoglio escogió esa frase para nombrar a su Encíclica, la cual se constituye en el primer gran manifiesto ecológico de la historia de la Iglesia católica.

 

No sorprende que el papa argentino haya puesto sus ojos en el tema ambiental. En principio, porque Francisco ha sido coherente con el carisma del “pobrecillo de Asís”, el santo italiano de quien tomó su nombre, y luego, porque se trata de un problema que atañe a cada rincón del planeta. En su visión, Francisco expone que el desarrollo y la protección a la naturaleza no necesariamente son temas antagónicos; de hecho, sugiere que “se trata de abrir camino a oportunidades diferentes, que no implican detener la creatividad humana y su sueño de progreso, sino orientar esa energía con cauces nuevos”.

 

Quizá el ser humano ha fallado en los últimos 200 años en ese último punto, pues la ambición ha impedido ver con claridad ese balance armónico y, como cita la Encíclica, ha propiciado un crecimiento “voraz e irresponsable”.

 

El Obispo de Roma aporta un elemento interesante a este debate. A su criterio, la “diversificación productiva da amplísimas posibilidades a la inteligencia humana para crear e innovar, a la vez que protege el ambiente y crea más fuentes de trabajo”. En ningún momento cuestiona al desarrollo o a las actividades productivas, sino más bien a la forma en que el ser humano ha impuesto sus condiciones.

 

La fórmula para que ambos temas caminen de la mano es sencilla; basta crear condiciones de diálogo, ser transparentes y dejar atrás los intereses particulares o los liderazgos oportunistas. En un país como Guatemala, los consensos cada vez son más complicados, sobre todo porque en temas ambientales el Gobierno ha tenido una escasa o nula participación, o peor aún, ha visto a los recursos naturales como un camino llano para sus perversos actos de corrupción. Basta citar como ejemplo el caso del lago de Amatitlán, cuyo progresivo deceso ha sido excusa para el derroche y la improvisación.

 

Naciones Unidas, en la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, no excluye del tema al Estado; de hecho, apunta a que este debería “cooperar en el fortalecimiento de su propia capacidad de lograr el desarrollo sostenible, aumentando el saber científico mediante el intercambio de conocimientos científicos y tecnológicos, e intensificando el desarrollo”.

 

Precisamente porque el desarrollo es un derecho, en el citado documento suscrito por los Estados miembros en 1992, se deja claro que este debe ejercerse de tal forma que responda “equitativamente” a las necesidades, tanto ambientales como de desarrollo, para las generaciones presentes y futuras. De nuevo, hay una visión que une al progreso de las causas de protección a la naturaleza.

 

El sector productivo en diferentes países ha visto como una oportunidad esa unión y se ha atrevido a innovar en temas de reciclaje, plantas de tratamiento y tareas auténticas de creación de reservas naturales. Guatemala no ha sido la excepción. Grandes compañías, e incluso pequeñas cooperativas o comunidades de las áreas rurales, han hecho alianzas que traen consigo más oportunidades para ambos. El papa habla de “generar formas inteligentes y rentables de reutilización, refuncionalización y reciclado” que hagan “florecer nuevamente la nobleza del ser humano”. La clave está en trabajar de la mano y en que cada sector involucrado asuma con responsabilidad su papel.

 

Es cierto, religión, política y medioambiente son temas de conversación en los que no es fácil ponerse de acuerdo. En el primer caso, entre la ciencia y la divinidad se enfrasca la discusión, así como en la coherencia entre el hacer y el decir; en el segundo, no deja de haber componentes de lo anterior, pero entra en juego el factor de la perspectiva, así como del concepto que cada persona tiene de ejercer esta ciencia. Pero en el tercer punto, hay un detalle que es indiscutible para todos los actores: solo tenemos un mundo, ese espacio al que el pontífice llama “la casa común”.

 

El testimonio de San Francisco de Asís “muestra también que una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano”, detalla el papa Francisco.

 

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