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Destino

El Mirador: Crónica de un viaje hacia tu interior, a tu esencia


Ese momento me marcó. Humildad. Agradecimiento. Reflexión. Sentirse tan pequeño e irrelevante. Disfrutar el silencio. Ser un instante en el tiempo y la única persona en todo el planeta en ese momento y lugar. Tan frágil en esa bastedad. Fue realmente impactante. Vivirá conmigo siempre. 

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El despertador sonó a las 4:00 am interrumpiendo el silencio profundo de la selva petenera, excepto por las chicharras de la época seca que no paran ni un segundo, haciendo su chirrido muy particular con la esperanza de atraer a su pareja. Increíble el esfuerzo que impulsa la naturaleza reproductiva de todas las especies. Y como un instinto similar, la alarma fue innecesaria porque mi reloj biológico, motivado por la emoción y expectativa de la aventura que recién comenzaba, había hecho su labor 8 minutos antes. 

Me levanté callada y sigilosamente para evitar despertar a los demás huéspedes, removiendo con cuidado el mosquitero, caminando descalzo hacia la terraza exterior del cuarto, en donde había dejado mi mochila, bolsa de dormir, varios pachones de agua, comida, luz de cabeza, frazada de emergencia y demás equipo que me acompañaría por 6 días adentrándome a la selva profunda del norte de Petén, territorio poco explorado y conocido por pocos, tierra donde le llaman león al jaguar y tigre al puma, en búsqueda de esa mítica y esquiva ciudad maya que, por alguna u otra razón, circunstancias de la vida tal vez, me había evitado durante más de 10 años, hasta que su coqueteo fue demasiado, casi evidente, descarado, prácticamente irresistible, que me hizo decidirme para emprender este viaje sin retorno, porque quien regresa, no es el mismo que se fue.

A pesar de la luna llena, la noche entre tanta vegetación era muy oscura. Los insectos se alebrestaron inmediatamente después de prender mi luz. Regaderazo rápido y frío, ropa adecuada, calcetines de lana (posiblemente lo más recomendable del equipo), zapatos de trecking, sombrero (por supuesto), mochila al hombro. ¡Vamos! 

El representante de la empresa comunitaria Operadora de Turismo Carmelita me esperaba puntualmente en Flores a las 5:00 am. Unos días antes me había comunicado con él preguntándole si tenía que llevar algo en especial, agua, comida, carpa, antiveneno de culebras, o algún tipo de equipo necesario, a lo que me contestó: “Solamente lo estrictamente necesario, chito…”. Así que no me sorprendí cuando el día antes me dijo: “Vos tranquilo, ahí frente a las letras de YO AMO PETÉN nos juntamos, chito”. Practicidad y confianza absoluta. 

Salimos de Flores puntualmente con una pareja de franceses, Charlotte y Ben, ambos profesores de colegio, y Emely y Eric, norteamericanos, ella profesora también y él ingeniero en California. Atravesamos Santa Elena y San Benito, ambas urbes aún adormecidas en plena penumbra, empezando nuestro trayecto de dos horas y media hacia Carmelita, al norte de Petén, pueblo que en décadas pasadas tuvo su apogeo como capital del chicle, al ser allí donde se congregaba gran cantidad de chicleros que se adentraban a la selva durante semanas para recolectar este producto del árbol endémico de la región llamado chicozapote, cuya fruta es la favorita de los monos araña. 

Luego de una hora de trayecto en camino de terracería, previo a la entrada a la zona de usos múltiples de la Reserva de la Biósfera Maya, perdí señal de mi celular, lo cual, confieso, era una de mis mayores añoranzas del viaje. Que rico estar totalmente fuera del radar, incomunicado, sin la tentación de revisar mensajes, redes, emails y otras entretenciones banales, pensaba desde hacía semanas. Soltar. Desaparecer. Desintoxicarme. 

Perdí señal de mi celular, lo cual, confieso, era una de mis mayores añoranzas del viaje. Que rico estar totalmente fuera del radar, incomunicado, sin la tentación de revisar mensajes, redes, emails y otras entretenciones banales, pensaba desde hacía semanas. Soltar. Desaparecer. Desintoxicarme.

Carmelita me asombró. Pueblo pequeño, pintoresco, muy verde, con gente muy sonriente y amable, cálido, tranquilo, limpio, a donde los camiones de bebidas que recorren todo el país, sólo llegan una vez de vez en cuando, con un parque infantil muy lindo (que impresionó a la francesa) y la típica cancha de futbol en medio de todo (que impresionó al francés). Allí conocimos a nuestra guía, Angélica, y a Ángel, nuestro encargado de carga (“fantástico” exclamé, “vamos en el grupo de los ángeles”), ambos oriundos de Carmelita y orgullosos miembros de la empresa comunitaria de turismo desde hace varios años. El papá de Angélica inclusive fue fundador de la cooperativa y pionero del concepto de ecoturismo sostenible en la región.  

Viendo lo que nos esperaba con Angélica, guía y amiga de la Comunidad Carmelita. Fotografía: Benjamin Galissard.

Desayunamos todos en un comedor de la comunidad dirigido por Doña Brenda y luego arrancamos a pie con destino a El Tintal, sitio arqueológico que cuenta con uno de los 3 campamentos en la ruta, los cuales albergaron en su momento a los chicleros del área. Nos esperaban aproximadamente 17 kilómetros penetrando la selva petenera, con rumbo al norte, la cual poco a poco se iba haciendo más densa y verde, ofreciéndonos su rica sombra y follaje. No hay más que una vereda totalmente rodeada de selva tropical, ruido del viento y muchas sorpresas agradables de las diferentes especies de la zona, como pizotes, venados, cotuzas, culebras, innumerables pájaros, jabalís, monos araña y saraguate, que se hacen acompañar de las mulas de carga de las expediciones que asemeja un viaje como los verdaderos exploradores de siglos atrás. 

Decidí hacerlos así, a pie, y no en helicóptero (son las dos únicas maneras de llegar a El Mirador) precisamente porque quería vivir y experimentar esto. El cambio de la selva, ingresar a sus entrañas intactas, rodearme de naturaleza, sentir sus olores, percibir sus colores, y encontrarme allí solo, alejado de la civilización, comodidad, ruido y demás distractores de las áreas urbanas o más habitadas. Como me comentó mi amiga Gaby Posadas hace algunos años, quien en buena parte me inspiró a realizar este viaje, “¡Es un lugar mágico! Sus verdes, sus cielos, su aire, su gente… todo se vuelve un rompecabezas que llena de luz las grietas del alma (así de romántico)”. 

Fotografía: Eric Kim

Viendo el mapa de un sitio arqueológico y la ruta de llegada.

En este primer trayecto hacia El Tintal, cuya ocupación abarcó aproximadamente dos milenios desde alrededor de 1000 a.C, visitamos una ciudad maya pequeña con un templo muy alto, La Florida, desde cuya cumbre logramos ver a lo lejos el templo Henequén, el más alto de la ciudad de El Tintal. La Florida alberga un campo de juego de pelota enorme, aproximadamente 45 metros de largo por 25 metros de ancho (casi del tamaño de una piscina olímpica), el más grande que se conoce de toda esta enorme área de la civilización maya. Es el Camp Nou del Reino Kan, la Dinastía de la Serpiente. Me imaginé a las versiones mayas de Messi, Iniesta, Xavi y Pujol jugando allí en presencia de la realeza, gobernantes y élite de la ciudad, pero en lugar de jugar por la Champions, jugaban por los dioses, para resolver alguna disputa entre reinos o por la dignidad de su ciudad, arriesgándose a ser sacrificados en caso de perder el partido (por eso las imágenes de los jugadores modernos llorando en sus camerinos luego de perder un partido parece chiste…). 

Llegamos a El Tintal a media tarde, con un calor intenso, pero aún manejable por la entrada de un frente fresco con viento constante. Allí descansamos, leímos, dormimos un rato en las hamacas colgadas en las inmediaciones del campamento en medio de la selva, usamos las bellas letrinas (bueno, siendo justos, creo que no existe una letrina agradable en el planeta, menos en medio de la selva), hice un pequeño tour con Don Calisto, encargado del campamento, quien me compartió su sabiduría sobre los árboles endémicos del lugar como caoba, yaya, cedro, pimiento, indio desnudo, malerio negro, jobillo, rosul y otros que quisiera aún recordar. Así pasé mi tiempo mientras nos preparamos para subir a ver la caída del sol al templo de Henequén. 

Vereda dentro de la RBM rumbo a El Tintal. Fotografía: Alejandro Cofiño.

El atardecer fue un espectáculo increíble y casi indescriptible, acompañado pocos minutos después por la salida en el lado opuesto de una grandiosa luna llena de abril. Allí, solos, en medio de la selva, rodeados de kilómetros de naturaleza hacia los cuatro puntos cardinales, contemplamos uno de los mejores espectáculos que nuestro planeta nos puede ofrecer, de esos que difícilmente una foto les hace justicia y que mejor te los guardas profundamente para el resto de tus días. Y poco antes del ocaso, desde la cima de este templo, vimos a kilómetros de distancia, La Danta, el más alto de El Mirador, retándonos, llamándonos, esperándonos… 

Luego de un baño a cubetazos en plena selva (delicioso baño, por cierto), una rica cena preparada por Claudia, nuestra fantástica cocinera, quien en cada plato impregnaba su cariño y eterna sonrisa a su comida, y una noche bastante buena en la carpa, madrugamos a las 4:30 am para emprender el segundo trayecto de 25 kilómetros con destino final El Mirador. Nos esperaban aproximadamente entre 8 a 9 horas de caminata en la selva. La motivación y expectativa iban llegando a su máximo. 

Esta fase del recorrido nos llevó al Parque Nacional Mirador – Río Azul dentro de la misma Reserva de la Biósfera Maya, visitando otros sitios arqueológicos y lugares del área que estuvieron bajo la influencia de El Mirador, tales como La Muerta, La Iglesia, El Sompopero y El Paraíso. Pero la ansiedad para llegar a nuestro destino crecía con cada kilómetro que pasaba. La joya de la corona nos esperaba. La guinda al pastel. 

Y poco antes del ocaso, desde la cima de este templo, vimos a kilómetros de distancia, La Danta, el más alto de El Mirador, retándonos, llamándonos, esperándonos…

Finalmente, luego de pasar a un lado de una inmensa caldera natural que se utilizó por los mayas para la producción de toda la materia prima para construir sus templos, lo cual motivó la deforestación del área y eventual abandono de la ciudad, recordé una escena muy impactante de la película El Señor de Los Anillos en donde deprendan el bosque de árboles milenarios para crear un ejercito de orcos, llegamos a la entrada de El Mirador.

Por la hora y cansancio, recorrimos un poco el sitio y vimos nuevamente un fantástico atardecer en la pirámide de El Tigre. La luna demoraría al menos una hora para salir, así que todos decidieron regresar al campamento; total, la noche anterior había sido fantástica y sería como repetir la función. Yo pedí permiso a uno de los guarda-bosques para quedarme un rato más. Me lo concedió y fue uno de los mejores momentos del viaje. Quedarme allí arriba, completamente solo, con una oscuridad total sin contaminación de luminosidad por muchos kilómetros a la redonda, sin ruido más que los sonidos nocturnos de la selva, ni prisa de nada, vi como poco a poco caía la noche sobre mi. Nunca en mi vida he visto un cielo tan estrellado, y eso que he visto varios. Las constelaciones se me hicieron exageradamente evidentes (sin ser un experto astrónomo), vi tantas estrellas fugaces que me quedé sin deseos qué pedir, planetas, satélites y la vía láctea sobre mí brillando distinguible a simple vista (y eso que soy medio choco). Ese momento me marcó. Humildad. Agradecimiento. Reflexión. Sentirse tan pequeño e irrelevante. Disfrutar el silencio. Ser un instante en el tiempo y la única persona en todo el planeta en ese momento y lugar. Tan frágil en esa bastedad. Fue realmente impactante. Vivirá conmigo siempre. 

Fotografía: Eric Kim

Frisos y Mascarón en el complejo Garra de Jaguar, El Mirador.

El volver al campamento, hacer la rutina similar a la noche anterior, y luego de una amena charla con otros visitantes, guías y guarda-recursos, incluyendo una interesante plática con el mítico Ronald Ventura, restaurador, preservador y guardabosques que me contó de su vida, retos y precarias condiciones de trabajo que compensa sin quejas y con mucha pasión, las luces de los quinqués y escasas bombillas solares del campamento se apagaron temprano, como si los espíritus ancestrales mayas te estuviesen diciendo “Noches. Descansa. Mañana será un día especial. Beso”.

Nuevamente temprano, pero sin madrugar tanto, desayunamos, nos alistamos y arrancamos con el segundo recorrido por El Mirador. Sus mascarones, sus palacios, sus frisos en proceso de ser descubiertos y restaurados, sus templos, el complejo Garra de Jaguar, el famoso patrón tríadico que prevaleció en esta ciudad y Nakbé, ciudad aún más antigua a 12 kilómetros de distancia de El Mirador, que amerita también una visita, sus ingeniosos canales y complejo sistema hídrico usando la gravedad como motor, y demás riquezas de esta maravillosa ciudad, validaron y justificaron plenamente el esfuerzo del viaje de los últimos días. Plenitud total. 

Sin embargo, Angélica, nuestra guía y amiga, a quien yo había confesado mi idilio de muchos años con El Mirador, se guardó lo mejor para lo último. Decidió regresar al campamento a almorzar, descansar un rato, para visitar por la tarde lo que posiblemente sea lo más impresionante y esplendoroso de la ciudad y ver el tercer ocaso de la aventura. Nos esperaba La Danta. 

A pesar de lo ansioso e impulsivo que soy, la espera se me hizo mucho más agradable de lo que pensé. Un buen libro, hamaca, sombra natural, lápiz y papel para mis notas del viaje, un traguito cortesía de mi amigo Ben, francés y experto en ron guatemalteco, algo de música y un sueñito liviano de unos minutos, hicieron pasar esas horas tempraneras de la tarde bastante bien. 

Escalinata hacia el primer nivel de La Danta. Fotografía: Alejandro Cofiño.

¡Y llegó el momento! Aún nos separaban 40 minutos de caminata dentro del sitio arqueológico para llegar a La Danta. Sí, así de grande es la ciudad. Impresionante. Salimos del campamento caminando con la ilusión de niños cuando salen de excursión de la escuela, platicando de lo habíamos recorrido hasta ahora. Yo dejé al grupo adelantarse, quería vivir esto solo, tomarme mi tiempo, absorberlo profundo. Contemplé el camino, la muralla defensiva que protegía esta parte de la ciudad, la gran variedad de árboles y plantas, una bellísima zorra de cola gris que me observó con sus ojos profundos como validando mi presencia, y sin sentirlo, así de repente, estaba allí. Frente a mi, La Danta. “Al fin nos conocemos”, pensé.  

La Danta, el sagrado templo hierático e imponente del Reino Kan, la Dinastía de la Serpiente, es un complejo gigantesco de cuatro niveles. Solo la base del primer nivel tiene el área equivalente a 17 campos de futbol. El asenso es por varias escalinatas de madera, contemplando su grandiosidad y robustez. Imagínense, un templo con más de 2 milenios de haber sido construido y allí sigue. Imposible pensarlo para uno de nuestros edificios modernos. 

 

Fotografía: Benjamin Galissard

Viendo hacia el Este desde la mega pirámide de La Danta.

La vista desde la cima de La Danta es como pocas que he observado. Un mar completamente verde, solamente interrumpido por otros templos y los sacbés, caminos que construyeron los mayas para conectar los sitios dentro de la ciudad y con otras ciudades del área. Es un lugar mágico, totalmente alejado de la civilización, a escasos 6 kilómetros de la frontera con México, repleto de flora y fauna, incluyendo monos, tucanes, pavos, tigrillos y otros animales libres que, no estando acostumbrados al humano, interactúan un poco más por no sentir ese miedo e intimidación que causamos en otros que ya nos conocen. Y todo esto hace de este místico lugar aún más especial, recóndito, puro. Estar allí, cansado, sucio, incómodo, maloliente, ¡pero vivo, MUY VIVO! Como dijo Marco Aurelio: “Uno de los mayores lujos es no sentir la necesidad de ellos cuando hacen falta.” No intentaré describir ese sentimiento y sensación. Prefiero dejar que cada lector imagine este escenario para obtener la motivación de vivirlo en persona.

Al volver al campamento, ya con la adrenalina bastante más baja, pero con una satisfacción enorme, y luego de la rutina nocturna, incluyendo la habitual visita a la letrina, refrescarme con un baño a guacalazos, chequeo de garrapatas (me quité 14 esa noche), alistar la carpa, preparar la mochila para madrugar al día siguiente, cenar en una gran mesa comunal con otras expediciones y una breve lectura, nos empezamos a preparar para nuestro retorno a pie hacia Carmelita por la misma ruta por la que llegamos, despidiéndonos de un viaje especial lleno de misticismo, energía y humildad que seguro franceses, americanos y un chapín jamás olvidaremos. Guatemala es bella y nos ofrece tanto. 

Este no fue un viaje. Fue una experiencia de vida. ¡Amerita vivirla!

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