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Destino

El Paredón. El Paredonix. Le Paradis. Un poco de todo para todos


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Amanecer en El Paredón. Foto: Alejandro Cofiño.

Abril de 2021.

Amanecer en el mar siempre es especial en cualquier parte del planeta. La energía que emana, dormir a 0 msnm, saturación de oxígeno, recargar pilas, sentir los primeros rayos de sol que van, en su disputa interminable, reclamando de la noche y por escasas horas hasta que se revierta el proceso, todos los rincones y espacios con su luz y calor.

Pero amanecer en una playa rústica, tranquila, natural y chapina es un poquito mejor.

El Paredón Buena Vista, como es su nombre oficial, se ha convertido en un secreto a voces. He visitado este lugar por varios años y cosechado buenas amistades, la mayoría menores que yo, por lo que, al verlos, siempre me inyectan un poco más de energía, cariño y buena vibra que contagia este mágico paraíso a las orillas del Pacífico.

Caminata matutina en la playa. Foto: Ito Rodríguez.

La playa y sus bondades (i.e. la ola perfecta atrás). Foto: Cocorí.

Aproximadamente a 2 horas de la ciudad de Guatemala, suponiendo que la gloriosa Aguilar Batres pone de su parte, y a escasos 20 km de la aldea La Barrita, Escuintla, y 36 km de Puerto San José, con una carretera en perfectas condiciones, entre siembras de caña, florecientes y coquetos matilisguates, ceibas esplendorosas, ventas de mangos y cocos, sin olvidar los usuales túmulos de todos los trayectos de nuestro país, El Paredón es una aldea con encanto propio, con pequeños hoteles, hostales y opciones de hospedaje para todos los presupuestos y gustos, restaurantes sencillos, variados y buenos, una fabulosa heladería artesanal (empezando por su nombre –Pakalolo– los dejo que busquen su significado en hawaiano), emprendimientos “pop-up” y gente contenta y amable con la piel curtida por el sol y sal. Dichosos.

Este nuevo imán turístico colinda con la Reserva Natural del Parque Nacional Sipacate en el extremo oeste de la aldea, uno de sus secretos mejor guardados, la cual es un límite natural formada por una barra y cuantiosos manglares que son hogar de tortugas, pelícanos, garzas, loros, pericas, peces, crustáceos, culebras, anguilas, mantarrayas, nutrias y otras especies nativas. Quienes disfrutan de lugares abiertos, muy verdes, naturales y prácticamente vírgenes que la especie más destructora de nuestro planeta ha dejado, por el momento, casi intacto, encontrarán un templo a la calma y relajación, con playas muy tranquilas para refrescarse, paseos en kayak o lanchas sencillas del lugar. O simplemente caminar y disfrutar de su frondosa vegetación, agua de mar cristalina, suave y gentil corriente con el subir y bajar de la marea cada seis horas, y los ruidos naturales de su abundante fauna, sobre todo aves en época de migraciones y parlamas, hermosas y nobles tortugas marinas, cuando vuelven para desovar en el mismo lugar donde, años antes, ellas mismas nacieron. La naturaleza es sabia e increíble. Con suerte, en los meses finales del año, desde la playa de este edén terrenal se pueden avistar manadas de delfines y ballenas. La vida me ha permitido ser testigo de todo esto y es realmente fascinante y abrumador a la vez.

Parque Nacional Reserva de Sipacate. Foto: José Quiñones.

Entrada al Parque Nacional Sipacate. Foto: José Quiñones.

En el lado opuesto, es decir en la zona este, por donde se entra al llegar a El Paredón por la carretera pavimentada, está el área turística y hotelera, en donde se han asentado varios emprendedores nacionales y extranjeros, algunos desde hace muchos años, como El Paredón Surf House, administrado por dos energéticos y muy platicadores españoles, con su grama verde, ranchos con hamacas frente al mar y búngalos muy cómodos que reciben a toda hora la fresca brisa del mar. También hay lugares con “más movimiento”, como el famoso Cocorí, frecuentado por surfers, hípsters, bohemios, jóvenes y chavorrucos buscando una ‘chela’ fría frente a la playa, ver a una que otra chica guapa en tanga, tomar clases de surf, realizar un paseo en SUP (tabla y remo)o en pontonera por el canal de la barra que conduce a la reserva, refrescarse en la ya famosa “panda pond” (los dejo que le pregunten a Wallace e Ito porqué se llama así…) o un poco de fiesta por la noche. Y entre los lugares más ingeniosos, resalta el restaurante casual Chef-in-Flip-Flops manejado por una pareja de alegres y amigables extranjeros, Sandra, alemana, quien es la ‘host’, ‘bartender’, mesera, cajera, consejera de menú y ‘entretainer’ total, y Greg, estadounidense, el chef encargado de la cocina (un ejemplo más de que no hay duda de cuál es el género mejor dotado para ‘multi-tasking’), quienes transmiten toda su energía con sus sonrisas y empatía que se refleja en su deliciosa, creativa y original comida, que cambia cada semana. Y así, varios otros lugares locales que tienen su propio sabor, historia, anécdotas y particularidades que hay que recorrer para sentir y entender el encanto del lugar.

Por si fuera poco, El Paredonix, como le dicen en ‘slang’ local surfer, ofrece un amplio menú de actividades sanas, opciones culinarias de todo tipo, desde caldo de gallina, auténticos tacos mexicanos, comida thai, pizza (que algunos dicen ser la mejor de Guate (con permiso de Ángelo en Las Orquídeas, El Remate, Petén, por supuesto), comida vegetariana y vegana, margaritas con mezcal, hasta el famoso pulmoncito con jocote en la tienda de la esquina. Solo espero que entre todos estos emprendedores que aman El Paredón, la comunidad local y autoridades, logren sinergias y entendimientos para que juntos definan el desarrollo sostenible y adecuado del lugar, evitando repetir otra tragedia como la que ya han sufrido lugares místicos como este en otros rincones del país, víctimas de poca visión, mala gestión, flujo de remesas y construcción desmedida sin ningún tipo de código arquitectónico o lineamientos para preservar su esencia y personalidad, resultado de la falta de liderazgo y la carencia de un plan de desarrollo ‘ad-hoc’ y a largo plazo.

Surfers a la espera del set. Foto: Ito Rodríguez.

Surfers a la espera del set. Foto: Ito Rodríguez.

Surfer chapín volando alto. Foto: Ito Rodríguez.

Este multifacético lugar, el cual es un polo de desarrollo para el área, atrayendo inversión, generando empleo, capacitando gente y brindado mejor calidad de vida a sus habitantes, ha desafiado la creencia urbana que en Guatemala no se puede surfear. El Paredón se ha convertido en el pueblo del surf (traducción literal de ‘surf town’, “sorri for may inglich”), atrayendo a todo tipo de entusiastas y amantes de las olas, desde los mejores del país y de otros lugares, como surfistas wannabe (“sorri aguein”) que quieren pasar unas horas luchando en el mar, siendo intrépidos y valientes, para intentar montar su primera ola y, sobretodo, tomarse la inolvidable selfie con su tabla bajo el brazo para presumir en redes. No es inusual encontrar en una mañana de sábado o domingo al menos 40 surfistas metidos en el mar. Estando allí, he conocido surfers de varios países, “gringos” como les llamamos, aunque no sean del país del norte, incluyendo Brasil, Panamá, Israel, Argentina, España, El Salvador, Japón, Francia, Costa Rica y demás latitudes lejanas a este pedacito de paraíso, le paradis como le llaman unos amigos franceses que viven en Antigua,que el geoposicionamiento nos regaló en 13°56′00″N 91°09′00″O.

Ya sean nacionales o extranjeros, avistadores de pájaros o fiesteros, exquisitos culinarios – ‘foodies’, que les dicen (“for de last taim”), surfers o más de tierra firme, añorando la selfie o el tubo perfecto, todos somos atraídos por ese magnetismo que tiene este bello lugar, que como su nombre oficial lo presume, invita a sentarse y disfrutar en sus playas una Buena Vista hacia la inmensidad del Océano Pacífico y sentir la majestuosidad de un atardecer con ese viento cálido de costa, aroma a mar y sensación de sal en la piel. Como dice el dicho:“Todos somos de mar y a él volvemos.

Y para terminar el día (o empezar la noche), ¡UN COCOLOCO!

Martín Pescador en la Reserva Natural El Paredón. Foto: María Neuweiler.

Martín Pescador en la Reserva Natural El Paredón. Foto: María Neuweiler.

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