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Deportes

Dos goles históricos de Maradona


Diego Maradona definiría a esa Argentina hecha a su medida, y llevaría a la Albiceleste -por segunda vez-, a ese santuario glorioso de los campeones del mundo en 1986.

 

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“Hambre, hambre de ganar todo”. Era Diego Armando Maradona a quien unos 50 medios lo escoltábamos de la Casa Club del América a la cancha de entrenamiento, entre empujones de reporteros, fotógrafos y camarógrafos.

Era ese el primer entrenamiento de Argentina en Coapa. La filosofía perfumada era de Jorge Valdano. La declaratoria de guerra era de Diego.

Estructurada, texturizada, concebida bajo un perfil muy distinto a la de su antecesora campeona, la de 1978, ahora con el sello de Carlos Salvador Bilardo, y los estigmas que eso implicaba, ha sido una de las dos mejores selecciones mundialistas campeonas de la historia.

Un equipo todo músculo y con un robusto chaparrón que engendraba genialidades a cada minuto en cada partido. Embelesaba tanto Diego el futbol que hasta embellecía las habilidades rudimentarias de sus escuderos.

Y Argentina agradaba, seducía. Era un equipo guapo para meterse a los trompones y trompicones con los italianos y los uruguayos, para poner de rodillas a Inglaterra y a una sorpresiva Bélgica, con la dosis de la personificación del nuevo futbolista perfecto, con la 10 albiceleste.

El marco ideal

Ciudad Universitaria. Abarrotado. Y Diego se apodera la escena. Corea del Sur es una jauría despiadada. Una veintena de faltas sobre el mismo hombre. El árbitro español Sánchez Arminio parecía solazarse: solo dos amarillas a los asiáticos.

El concierto de Maradona lo coronan Valdano, con dos anotaciones, y Ruggeri, quien al lado de Brown hacía olvidar a Passarella.

En puerta, una revancha que terminaría inconclusa: Italia. De la Ciudad de México a Puebla. Fresca estaba la cacería sobre Diego en el Mundial de 1982, martirizado las poco gentiles caricias de Gentile.

Italia puso doble candado y doble asedio sobre Maradona, quien empata en el 1-1 final. Y sin mucha congoja, después, 2-0 sobre Bulgaria. Lo mejor de Argentina se asomaba.

Primero, Uruguay. Ahí estaba Enzo Francéscoli, un crack, elegante, pero dentro de una generación empobrecida. Fue una batalla de UFC, legitimada por el silbante italiano Agnolin. Pasculli respondía a la fe de Bilardo con el 1-0 de la diferencia.

Y después la jornada de encumbramiento de Diego: Inglaterra. 22 de junio. Estadio Azteca. “Solo podemos ganar”, había dicho Maradona antes del juego con sangre en la mirada. Las Malvinas era un tema del que no se hablaba, pero se apersonaba.

El día del Diego ladino, de arrabal, de potrero, de trampa, de astucia. Salta y con el puño gana el balón a Shilton. 1-0. El árbitro tunecino viviría con pesadillas desde ese día. “La Mano de Dios”, diría el bribón de Villa Fiorito.

Pero estaba dispuesto a indemnizar al futbol, a limpiarle el rostro al juego. Y le ofrendó el gol más espectacular en la historia de los mundiales.

 

Toma en su propia cancha el balón y embiste. Los soldados de la Reina caían postrándose a sus pies. Una carrera frenética, con el balón enamorado aferrándose a su pie izquierdo.

La escolta de la Reina estaba vencida, entre amagues y recortes, Maradona dejaba sembrados a Hoddle, Reid, Sansom, Butcher y Fenwick, hasta llegar ante Peter Shilton, agigantado en el arco, y rabioso por la burla del 1-0.

Diego le tira un truco. Hamaca el cuerpo hacia la izquierda y serpentea sobre la derecha. Shilton sufre el segundo engaño de ese mediodía. La tribuna es un frenetismo absoluto. Todos de pie, azorados, asombrados, plenos, hasta que Maradona trompicándose empuja el balón. 2-0. Lineker haría el 2-1.

¿Y porqué candidatear a este equipo de solo un hombre a la mejor selección mundialista? Porque era Maradona, pero también los genios y obreros que le acompañaban: Valdano, Burruchaga, Enrique, Borghi, y todavía en la banca un emblema de Independiente, un genio absoluto, Ricardo Bochini, imposibilitado para jugar por la presencia de Diego.

Ante Bélgica, Argentina era ya plenitud de futbol, y Diego el verdugo. Dos golazos. El primero con el balón a su perfil derecho tuerce inimaginablemente el empeine izquierdo para cruzar el disparo. En el segundo, con vértigo y frenesí, enloquece a los belgas. Penetra al área y arrumba a cuatro maniquís escarlatas, para enseguida vencer a uno de los mejores arqueros de la historia, Jean Marie Pfaff.

Drama por el título

La Final era la cita con la glorificación. Para todos. Porque estaba Alemania, esa, la de Matthaeus, Rummenigge, Voeller, Schumacher. En la banca,Franz Beckenbauer.

La Albiceleste golpeó seco y rápido. El Tata Brown primero y Valdano después, tenían a Argentina 2-0, con un Maradona agobiado por una encarnizada y descarnada persecución alemana.

Los teutones sacaron el ADN guerrero. Rummenigge y Voeller, en siete minutos trastocaron la historia, con el Diego maniatado, perseguido, encarcelado.

La tribuna del Estadio Azteca había cambiado de camiseta. El fervor iba hacia los alemanes. Un sentimiento cómplice de hazaña. Pero…

Minuto 84. Finalmente, la eternidad de un segundo. La distancia suicida de un metro. Maradona tiene el balón. Ordena con la mirada a Burruchaga. En ese brevísimo descuido suicida de Alemania, mete el balón entre la cortina teutona, y Burru enfila y define. 3-2.

Argentina y Maradona son los reyes del mundo del fútbol…

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