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Vida inteligente

El movimiento ecofeminista ha llegado para quedarse


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“Estamos en la calle en el barrio y en la casa. Estas son nuestras trincheras para defendernos en la guerra que se ha declarado a la vida”

Aunque a raíz de la concienciación por la crisis climática se ha vuelto a hablar de ello, la lucha ecofeminista no es nueva. El término emergió a mediados de los años 70 y fue acuñado por la escritora francesa Françoise d´Eaubonne. El movimiento que creó pareció no tener muchas partidarias en París, pero sí consiguió un gran número de seguidoras en Estados Unidos. En nuestros días, y desde la perspectiva de la interseccionalidad, el ecofeminismo ha cobrado nuevamente protagonismo y se ha establecido como un discurso clave en la lucha contra el cambio climático.

El ecofeminismo no es un movimiento monolítico y existen varias corrientes dentro de él. La fuente más espiritualista, que se denomina esencialista, de alguna manera asegura que las mujeres estamos más conectadas con la naturaleza por esencia, sobre todo en relación con la maternidad. Otro tipo de ecofeminismo, el constructivista, defiende que este vínculo, cuando existe, existe como construcción patriarcal, por lo que este rol nos ha sido impuesto. Este segundo enfoque es el más extendido y mayoritario en las sociedades occidentales.

Según nos cuenta Marta Pascual, portavoz de Feministas por el Clima, el ecofeminismo es una corriente de pensamiento y una práctica política que denuncia la opresión paralela de las mujeres, las comunidades y la Tierra. El principal eje de lucha es contra la devastación de la Tierra y contra el desprecio y sometimiento de las mujeres y los pueblos vulnerabilizados.

“El ecofeminismo también visibiliza movimientos de resistencia de mujeres en toda la Tierra que plantan cara a negocios extractivistas de muchos tipos y al orden patriarcal que no las toma en cuenta y hace recaer sobre ellas los principales daños de la destrucción”, nos cuenta la activista.

Dina Garzón Pacheco, portavoz de la Red Ecofeminista nos asegura que existen muchos puntos de encuentro entre el feminismo y el ecologismo. “Sabemos que el cuerpo de las mujeres sufre más las consecuencias de la contaminación y que actualmente las mujeres de los países empobrecidos están asumiendo la resistencia ante las prácticas destructoras del extractivismo”.

Uno de los focos en los que se centra el ecofeminismo es el llamado de la sostenibilidad de la vida. Dina Garzón Pacheco explica que se trata de una aportación de la economía feminista, un nuevo enfoque frente al modelo neoliberal en el que la universalización de los cuidados es una pieza angular y en el que la economía social y solidaria juega un papel central.

De hecho, para Dina, la gran aportación del feminismo al ecologismo sería, en sus propias palabras, “ampliar la universalización de los cuidados a otros seres vivos y a la naturaleza, pues el ecologismo puede ser muy patriarcal en alguna de sus vertientes”.

“La economía feminista junto con la ecológica defienden que el valor debe fundarse en la posibilidad de que toda la humanidad tenga una vida digna en un medio natural sano. Por eso decimos que hay un conflicto entre el capital y la vida y exigimos sacar al capital y poner la vida en el centro”, explica Marta, quien asegura que la economía feminista lleva años denunciando una economía hegemónica que coloca el dinero como medida del valor y promueve actividades destructivas llamándolas riqueza.

“El ecofeminismo habla de los “qué” y de los “como”. El proceso de transición necesita de comunidades cohesionadas, cuidadoras y solidarias. Las mujeres podemos aportar mucho en esta práctica de crear vínculos y apoyo mutuo. También tenemos conocimientos sobre cómo proteger las vidas más vulnerables y cómo vivir decentemente y disfrutar con pocos recursos materiales y energía”, nos cuenta Marta.

“Sabemos que nuestras acciones a nivel individual son importantes tanto por lo que conseguimos como por el ejemplo que damos, pero no nos podemos engañar a nosotras mismas. Necesitamos de toda la inteligencia colectiva para modificar el modelo de desarrollo vigente, basado en una razón meramente instrumental y que, a corto alcance, acarrea la destrucción del ecosistema global. El ecofeminismo es una alternativa a esa globalización neoliberal androantropocéntrica”, explica Dina.

Para Marta llevar una vida coherente con el ecofeminismo tiene que ver con formas de alimentación, de transporte, de consumo y también de relación, acordes con la vida, pero también coincide en que las aportaciones individuales se quedan cortas. “Es imprescindible que nos organicemos y exijamos soluciones políticas radicales que pongan freno a todas las mecánicas de destrucción que están en marcha”, asegura.

Cuando Dina Garzón Pacheco junto con otras compañeras constituyeron la Red Ecofeminista, el termino era aún desconocido y su objetivo principal fue el de dar a conocer el ecofeminismo crítico, desarrollado por la filósofa Alicia Puleo. Pero ahora, la reciente popularización del movimiento ecofeminista es algo que, para Dina, supone una preocupación. “Actualmente, ante el auge del movimiento, nos preocupa que llegue el mensaje adecuado y que el ecofeminismo no sea descafeinado ni malinterpretado, a eso dirigimos nuestros esfuerzos”, nos dice.

Pero, por otro lado, también les ha permitido diversificarse y luchar desde distintos ámbitos desde una perspectiva radicalmente ecologista y de género: las hay trabajando contra la violencia machista, otras en la agroecología y otras en las energías renovables o trabajando por los animales.

Ante la pregunta de si se puede no tener cuerpo femenino y ser ecofeminista Dina contesta que no es que se pueda, es que es necesario. “Simplemente las mujeres ecofeministas, como feministas, reivindicamos nuestro espacio en la toma de decisiones que nos ha sido históricamente negado, pero la solución a la crisis global tiene que venir de la sociedad en su conjunto, sin excepciones”, nos dice.

Algunas de las reivindicaciones que se han hecho desde el colectivo, en el marco de la cumbre del COP25 celebrada en Madrid ha sido que el decrecimiento se haga de forma feminista, empática y según los principios de la EcoJusticia. Una enmienda a la totalidad al sistema actual. En este sentido, piden no solo establecer objetivos vinculantes a corto plazo de reducción de emisiones, así como alcanzar el nivel cero emisiones sino también piden a los gobiernos que incluyan a las mujeres feministas en este proceso en absoluta igualdad.

“Estamos en la calle en el barrio y en la casa”, me dice Marta. “Estas son nuestras trincheras para defendernos de la guerra que se ha declarado a la vida”.

Artículo por Vice

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